El puente internacional Simón Bolívar, principal punto de paso entre Colombia y Venezuela, es por estos días testigo de las historias de miles de personas...
- 05/01/2026 00:00
La mañana siguiente a la salida de Nicolás Maduro del país despertó en silencio. Entre la memoria de crisis pasadas y la incertidumbre sobre lo que vendrá, Venezuela continuó su curso, y con ella su gente, avanzando con cautela ante un hecho que marca un quiebre en su historia reciente.
La operación ejecutada por Estados Unidos, que culminó con la salida de Maduro del territorio venezolano, marcó un quiebre histórico en el prolongado conflicto político del país. Durante años, su figura concentró el poder, la confrontación internacional y el control interno.
La salida de Maduro del territorio venezolano sacudió el tablero político regional y de acuerdo a algunas personas consultadas por La Estrella de Panamá, le dio a Venezuela lo que durante años se le fue privado: libertad y esperanza. Durante horas, el país contuvo la respiración, y solo una pregunta ha circulado en el aire: ¿qué pasará ahora?
En las primeras horas tras conocerse la noticia, la reacción fue inmediata, aunque breve. Supermercados y farmacias vieron un aumento inusual de compradores que buscaron asegurar productos básicos. Harina de maíz precocida, papel higiénico, arroz y enlatados como el atún fueron los primeros en desaparecer de algunos anaqueles. No fue un colapso, pero sí un reflejo automático de una sociedad marcada por la memoria del desabastecimiento.
“Evidentemente la gente ayer fue a comprar un poco más”, relata una fuente anónima, quien conversó para La Estrella de Panamá, y señaló que decidió recorrer distintos sectores de ciudadaes como Caracas y Guatire para observar de primera mano lo que estaba ocurriendo. Los comercios, explica, reaccionaron con cautela. Redujeron el ritmo de venta para no agotar inventarios mientras esperan la reposición habitual de alimentos y medicinas, que suele llegar los lunes. Ese desabastecimiento puntual no se convirtió en colapso.
Las colas existieron, pero fueron cortas, contenidas, casi tímidas frente a los recuerdos de otras crisis. “No son nada que ver con larguísimas que hemos vivido aquí”, insiste. Tanto en Caracas como en zonas aledañas, las filas fueron cortas, manejables, casi simbólicas frente al pasado.
La ciudad siguió moviéndose. El transporte público continuó operando, el Metro de Caracas está abierto y los vuelos nacionales fueron reanudados. Para este lunes, incluso, se anunció la reactivación de vuelos internacionales, una señal de normalidad que contrastó con la magnitud del hecho político ocurrido horas antes.
Pero si algo marcó la jornada fue la actitud de la gente. “Es impresionante, primero, la reacción cívica de la gente, y segundo, el control”, dice. En las calles, la presencia policial es mínima. No hay despliegues visibles ni controles masivos. “Casi ni siquiera hay policías en la calle, lo mínimo”, señala. La ciudad amaneció en total silencio y vacío.
El sábado, reconoce la fuente, hubo más movimiento. Más personas salieron, compraron, observaron. La incertidumbre inicial pesaba. Pero el domingo trajo otra sensación. “La gente como se ha dado cuenta que no ha pasado nada, que todo sigue, que está tranquilo, y la gente está tranquila también”, explica. Con esa percepción, muchos comenzaron a retomar sus trabajos y rutinas.
En las conversaciones cotidianas, en las filas breves y en los trayectos urbanos, emergió un sentimiento difícil de ignorar: alivio. Para algunos, incluso agradecimiento. “El venezolano común agradece lo que hizo Trump”, comenta, reflejando una percepción presente en parte de la población, aunque lejos de ser uniforme.
Políticamente, el país entra en un terreno desconocido. La ausencia de Maduro no despeja de inmediato el horizonte. Al contrario, abre múltiples interrogantes sobre el rumbo del poder, la transición y el papel de los actores internos e internacionales. La calma de las calles es el resultado de una nueva realidad palpable por los años de tormenta.
Ciudadanos venezolanos celebran el panorama de un país que estuvo preso por un régimen. La gente ya está retomando sus trabajos con tranquilidad, pero sobre un presente que todavía no termina de entenderse. El país atraviesa así un momento suspendido, entre el peso de un hecho histórico y una normalidad que se resiste a romperse. Esta pausa es una puerta entreabierta. En medio de la cautela, asoma una esperanza largamente postergada. Los cuidadanos dejan atrás el desafío más complejo, y ahora el panorama es transformar el vacío de poder en una transición que no reproduzca las fracturas del pasado. Venezuela avanza sin certezas, pero con una conciencia clara: el silencio de hoy no es olvido, es espera. Y, en esa espera, la historia vuelve a escribirse.