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18 de Sep de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Genio e inmortalidad

Se ha dicho, y con sobrada razón, que es más fácil morir que nacer. Para bajar al sepulcro basta un paro del corazón, el impacto de un p...

Se ha dicho, y con sobrada razón, que es más fácil morir que nacer. Para bajar al sepulcro basta un paro del corazón, el impacto de un proyectil, un accidente de automóvil o aviación, la falta de un poco de oxígeno o la simple ruptura de los vasos que irrigan al cerebro. ¡Qué lento y difícil, en cambio, el proceso para traer al mundo un ser humano! Hasta después de abrir sus ojos, la incertidumbre rodea aquella vida. Cuando ya ha crecido, bajo sus pies se abre un ancho, pero incierto, camino.

La vida que tantos esfuerzos ha necesitado, primero para germinar y luego para romper el velo que la separa del mundo, sigue pendiente de un hilo: basta un soplo de viento o un golpe propinado al azar para que lo que ha exigido tanto afán y ha costado tantos desvelos se extinga. Una obra de arte puede perdurar indefinidamente, puede ser admirada y aplaudida por muchas generaciones. En cambio, la mujer que sirvió de modelo a Fidias para esculpir el rostro de Afrodita o la que inspiró a Rafael el lienzo de alguna de sus madonas desapareció sin dejar el más leve rastro de su paso por la tierra.

El libro en cuyas páginas el genio ha plasmado sus ideas, puede sobrevivir por centurias al cerebro que generó esa luz, convirtiéndolo en lumbre imperecedera. Un resplandor que recibimos, y que en noches cálidas deslumbra nuestros ojos, procede tal vez de una estrella que hace ya miles de años desapareció. El hombre, al igual que un astro, vale menos que la luz que genera y con la cual puede deslumbrar a muchedumbres enteras y a varias generaciones humanas.

El mito, si es en verdad un mito, de la inmortalidad, consuelo ofrecido por la religión al hombre, para saciar su ansia de vivir o para satisfacer su orgullo, en el plano terreno es privilegio exclusivo quizás de un grupo de seres elegidos, como Shakespeare, Sófocles, Pascal, o Miguel Ángel, cuya gloria se ha mantenido incólume. Dios reservó la gloria de perdurar mucho más allá de la tumba a estos imperecederos genios universales.

El poder de esos hombres va aún más lejos y se iguala casi al de los dioses, no sólo les es dable conquistar para sí mismos la inmortalidad, sino también transmitirla a otras criaturas nacidas de su genio. Los personajes que pueblan el teatro de Shakespeare han pasado de las tablas de los escenarios al mundo real, hasta el punto que Otelo y Hamlet forman parte de la sociedad en cuyo seno nos movemos diariamente. Hasta figuras inferiores como las de Yago y Nicias tienen tanta realidad como su propio creador. Así como sentimos la presencia de Dios en la naturaleza, palpamos también, en la mente, la de los grandes inventores de criaturas pertenecientes al maravilloso mundo de la ficción.

El genio comunica inmortalidad aún a los sitios elegidos para servir de escenario a sus creaciones. Cuando se pronuncia el nombre de Verona se piensa inevitablemente en el más bello romance de todos los tiempos. El viajero que recorre las llanuras de La Mancha siente cabalgar a su lado al Ingenioso Hidalgo y el que penetra en una iglesia de Ávila oye en algún rincón del atrio o en alguna capilla invadida por la sombra, la voz de Santa Teresa. No se puede pensar en un avaro sin identificarlo con el Harpagón de Moliere, ni en algún galán que juega con el amor sin traer a la memoria al Don Juan de “El burlador de Sevilla”. No cabe duda: ¡El genio es sinónimo de la inmortalidad!