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30 de May de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Carta al Niño Dios

Cuando era un niño de corta edad y se aproximaba la Navidad, como aún no sabía escribir, le solicitaba a mi hermano mayor o a mi mamá qu...

Cuando era un niño de corta edad y se aproximaba la Navidad, como aún no sabía escribir, le solicitaba a mi hermano mayor o a mi mamá que me hicieran una carta para el Niño Dios pidiéndole juguetes y muchas cosas más.

En la mañana del 25 de diciembre saltaba de alegría viendo lo requerido al pie de mi cama o al lado del nacimiento alumbrado por velas votivas, porque las extensiones eléctricas de foquitos multicolores eran muy costosas.

Nuestro humilde cuarto semejaba cosa de otro mundo ante mis maravillados ojos. Además aparecían otros regalos para el resto de los integrantes del hogar. Al instante, sin asearme, salía al patio del caserón de piezas de alquiler donde residíamos, para encontrar a otros pequeños retozando con los aguinaldos de aquella ocasión inolvidable.

Pelotas, soldaditos de plomo, sogas para saltar, patines de hierro, trenes y carritos de cuerda eran parte de los presentes para los chiquillos que durante el año habíamos guardado buena conducta.

A medida que iba creciendo, ciertos amiguitos mayores se burlaban de mis creencias diciéndome que era mi madre quien compraba los obsequios dejados junto al pesebre navideño. Al comienzo, enojado por las palabras en contra de los principios cristianos enseñados por la gestora de mi vida, hasta llegué a pelear con aquellos muchachos, a quienes consideraba profanadores de la conmemoración de la llegada al mundo del hijo de El Señor. La costumbre de la mencionada misiva se ha ido perdiendo, y ahora los padres de familia le inculcan a sus retoños que es Santa Claus quien trae los presentes de Nochebuena.

Asimismo los comerciantes, en su gran mayoría judíos, desde las postrimerías del mes de octubre engalanan sus comercios con enormes figuras del barbudo gordito vestido de rojo y sonora carcajada. También lo encaraman en trineos tirados por descomunales renos animados No se ve por ninguna parte la Sagrada Familia en el establo de Belén. No podemos dejar de reconocer que el agringado Papá Noel es un excelente promovedor de las ventas de fin de año. Ahora, siendo un septuagenario redacto mi cartita para el recordado hijo de María y José, nacido entre pajas y rodeado de animales. Si vieran mis antiguos compañeritos, algunos en el más allá, que la tinta utilizada son lágrimas de tristeza y añoranza por mi lejana infancia donde el bien, la honradez, la sabiduría y otras virtudes humanas imperaban en Panamá.

Asimismo, estoy orando de rodillas para que termine la delincuencia juvenil, la drogadicción, los asesinatos, el maltrato a niños y mujeres, etcétera. También clamo por el amor a la justicia divina y terrenal. En pocas palabras, para que alumbre las mentes panameñas y regrese para siempre la imprescindible paz social.

Sé que no depende de quien me trajo mis juguetes en aquellas lejanas navidades de la época de la Segunda Guerra Mundial, porque si la mayoría no aporta su granito de arena en la consecución de lo reclamado al Niño de Belén mis súplicas serán en vano.

Por eso recurro a esta misiva con la finalidad de que llegue a los corazones de la totalidad de mis conciudadanos. Todavía estamos a tiempo de volver a nuestro bello pasado.

*Fotógrafo.bravo.aristides@hotmail.com