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07 de Apr de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Changuinola, la primera derrota

‘ La matanza de sus conciudadanos, la traición de sus amigos, su absoluta falta de fe, de humanidad y religión, son ciertamente medios c...

‘ La matanza de sus conciudadanos, la traición de sus amigos, su absoluta falta de fe, de humanidad y religión, son ciertamente medios con los que uno puede adquirir el imperio, pero no adquiere con ellos ninguna gloria’. Maquiavelo.

Los campesinos e indígenas bocatoreños dieron un ejemplo de dignidad y valentía a todo el país y lograron derrotar el engaño y el miedo que emplea el presidente Ricardo Martinelli como instrumentos para ejercer el poder. En un balance político, la masacre de Changuinola significó una derrota, la noche negra, del gobernante panameño. Ofuscado, sin poder salir de su estupor, Martinelli fue testigo de una descarnada realidad que jamás imaginó.

El admirable sueño de cinco años de gobierno, que inició con un aplastante triunfo electoral, comienza a eclipsarse, a extinguirse en forma prematura. Martinelli vive su mala hora, su derrota política a manos de quienes su gobierno calificó como indios ignorantes, borrachos, vagos y malhechores.

Más allá del carácter cínico de su visita a Changuinola, Martinelli le debe una explicación sincera y sin ambages al país. La Asamblea Ciudadana, conformada por 80 organizaciones civiles, la Defensoría del Pueblo, organismos de derechos humanos nacionales e interamericanos han documentado las atrocidades cometidas por el gobierno contra los bocatoreños. Los hechos demuestran que la Policía recibió órdenes de disparar con saña, contra todo lo que se movía, incluyendo niños, mujeres y ciudadanos indefensos. Lo ocurrido no tiene nada de accidental. Fue planificado como un castigo ejemplar para atemorizar al movimiento sindical. Una comisión independiente que establezca las responsabilidades penales y civiles, incluyendo posibles delitos de lesa humanidad, debe investigar los hechos y entregar un informe imparcial en un plazo perentorio.

Con lo ocurrido en Changuinola la sociedad panameña se ha despertado del falso exitismo de la multimillonaria propaganda oficial que satura y abruma. Ese mismo colectivo nacional reconoce que la Ley 30, contra la que lucharon los bocatoreños, es un adefesio inconstitucional que debe ser derogado, porque atenta contra derechos humanos fundamentales.

Líderes sindicales lo han llamado ‘el carnicero de Changuinola’ y son pocos los que creen en la sinceridad del mea culpa de Martinelli. Solo hay que recordar que en forma locuaz dijo que ‘se le fue la mano en pollo’, banalizando así hechos tan dramáticos como desgarradores. Y desnudando el racismo, la discriminación y la intolerancia hacia la población bocatoreña.

Ni los bocatoreños, ni el colectivo nacional, aceptan las declaraciones de arrepentimiento de Martinelli, porque no van acompañadas de una renuncia a sus expresiones y gestos de odio y rencor. Su cinismo se encierra en cosas elementales.

Le es imposible abandonar el doble discurso y el falseamiento de la realidad, pues son las herramientas predilectas con las que adultera los hechos. Esperar que respete los derechos humanos y las libertares cívicas, es otro imposible, porque ha hecho de su violación sistemática una de sus banderas.

Martinelli ha sumido al país en una especie de montaña rusa. Ha impregnado el ambiente de un ánimo variable con una velocidad tal que lo que hoy son promesas del paraíso, mañana se convierten en un infierno. Las subidas y bajadas vertiginosas provocan más decepciones que expectativas.

Tras la represión y muerte en Changuinola, la estabilidad social ha saltado por los aires. Es una tragedia para el país que la voluntad cambiante de Martinelli sea la que conduzca sus acciones políticas. En la noche ordena represión y en la mañana promete indemnizar a las víctimas. Habla públicamente de diálogo y mantiene la persecución judicial, fiscal y policial contra sus adversarios.

Martinelli puede ordenar reprimir a manifestantes, con saldo de muertos y heridos, muchos ciegos de por vida, puede perseguir y espiar a sus adversarios sin orden judicial, puede mentir y engañar a la población, pero de ahora en adelante deberá sopesar cada uno de sus actos, si no quiere colocarse en la mira de nuevas derrotas políticas con su secuela de descrédito e impopularidad.

En días pasados el Panamá América se preguntaba en uno de sus editoriales: ‘¿Tiene el presidente la capacidad de corregir errores, de enmendar prácticas contrarias a la Constitución, instalar un discurso democrático de respeto a los adversarios y opositores, y retomar la senda que le marcó el electorado el año pasado? ¿O seguirá la democracia panameña a la deriva?’.

Esas preguntas interpelan a un gobierno que carece de respuestas, condenado a vivir cada vez con márgenes más cuestionados de poder y confinado al recurso último de agredir, reprimir, encarcelar y asesinar a sus adversarios, medios que históricamente solo conducen a mayores derrotas.

*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.