Temas Especiales

16 de Jan de 2021

Manuel Hinds

Columnistas

El final del poder (**)

‘El poder es prestado, y es para hacer el bien. Si no se usa así, o si se piensa que es para siempre, el precio que cobra es terrible’

El final es el momento más difícil para quienes detentan el poder. Cuando el fin se ve venir, la imagen que ellos habían formado de sí mismos durante sus años en el poder deja de coincidir con la realidad. Luego, poco a poco, comienza a filtrarse la comprensión de que no es que esa imagen dejara de coincidir con la realidad, sino que nunca coincidió con ella; que el poder —todo poder— es efímero y breve para quien lo ha detentado. Aquellos que llegan a creer que el poder está en ellos, de pronto ven que no es que el poder se haya terminado. Sigue, pero los ha abandonado a ellos.

Las decenas de guardaespaldas ya no corren al menor movimiento del que ha sido abandonado por el poder, las grandes caravanas de carros, motos, sirvientes y subsirvientes ya no se apuran a sonar sirenas y a apartar de mala manera a carros y peatones para que ellos pasen. Lo siguen haciendo, pero para otro.

Con estas realizaciones viene la percepción de que las adulaciones, las declaraciones de admiración y eterna fidelidad eran todas falsas y que ahora las personas que se las brindaban se han volteado en contra suya, o, al menos, se han vuelto indiferentes y se desviven por otros.

Esto le pasa aun a los gobernantes que realmente han sido grandes, que saben que sus años de mando cambiaron la historia. En ellos la exaltada imagen propia se ha formado solo en parte por las adulaciones. Otra parte se ha formado por la consciencia de sus logros reales, no inventados. Le pasa muchísimo más a los mediocres, que han formado una imagen exaltada de sí mismos, basados solo en la adulación de los que querían que les hicieran favores o dieran privilegios, y en las ceremonias también aduladoras, en las caravanas de carros de lujo y en las botellas de whisky caro.

Este proceso comenzó para Napoleón el 25 de junio de 1815, cuando dejó el Palacio de las Tullerías por última vez y se encaminó a Malmaison, la mansión que había compartido con Josefina, de la que se divorció para casarse con una princesa de sangre real, María Luisa de Austria, creyendo que eso le daría legitimidad y caché ante su pueblo y ante los demás soberanos europeos. Pero con él en la ruta a Malmaison solo iban los sirvientes.

No iban María Luisa ni su hijo, el Rey de Roma, ni sus cuatro hermanos a los que había hecho reyes de varios países en Europa, ni los generales y mariscales y funcionarios que él había cubierto de honores y dinero, ni sus tres hermanas, que él había hecho princesas y reinas. En Malmaison lo estaba esperando solo Hortensia, hija de Josefina y esposa de José Bonaparte. Josefina no podía esperarlo, porque estaba muerta.

La mayor parte de los otros no lo esperaba, porque estaba viendo cómo conservaba sus posiciones con el nuevo gobierno y con las potencias que habían derrotado a Napoleón.

Pocos días después, Napoleón huyó a la costa atlántica, en donde se refugió en un buque británico. Los ingleses lo mandaron a Santa Helena, donde murió sin que ninguno de su familia y ninguno de los que él beneficiara en el poder lo visitara en los seis años que le quedaron de vida. Y ese era Napoleón.

Por supuesto, el infierno es mucho peor para quienes han sido más soberbios y no hicieron nada más con el poder que buscar sentirse superiores. Los entrantes y salientes del poder, este año, en Centroamérica deberían meditar sobre esto.

El poder es prestado, y es para hacer el bien. Si no se usa así, o si se piensa que es para siempre, el precio que cobra es terrible.

COLUMNISTA E&N.

(*) EX MINISTRO DE FINANZAS DE EL SALVADOR Y DIRECTOR DE LATIN HUB.

(**) ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA E&N.