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24 de Nov de 2020

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Guillermo A. Cochez

Columnistas

El drama de los líderes enfermos

Ningún país ... puede funcionar si la cabeza del gobierno o el reinado no se encuentra en todos sus cabales.

Este artículo lo escribí el 4 de julio de 2012 en El Universal de Caracas. En él me refería específicamente al enfermo Presidente Chávez. Bien podía haberse aplicado a cualquier otro presidente latinoamericano que gobernaba en ese momento.

Ningún país del mundo puede funcionar si la cabeza del gobierno o el reinado no se encuentra en todos sus cabales. Gobernar requiere presencia y atención permanente; por supuesto que estabilidad emocional.Exige mucho trabajo a deshora y mucho sacrificio personal. Demanda mucho estudio y preparación. Las decisiones que se tienen que tomar y que afectan a grandes sectores de la sociedad en la mayoría de los casos no pueden esperar.

Una de las razones del final de la Unión Soviética se debió a la enfermedad de su penúltimo Primer Ministro, Leoniv Brezhnev. Luego de sufrir un ataque cardiaco, dejó de ser el mismo deteriorándose su salud al lado de una generalizada arterosclerosis. Sus compañeros de mando, en parecidas condiciones que él motivaron una especie de paralización del liderazgo soviético ante la creciente incapacidad de Brezhnev. Todo se lo preparaban y se lo ponían enfrente para que firmara; minutos después se olvidaba de lo que había firmado.

Estado psíquico

El sucesor de Winston Churchill, Sir Anthony Eden, tras una operación, quedó adicto a la benzedrina y a la morfina. Sus decisiones internacionales se vieron afectadas por su estado psíquico, lo que motivó que sus médicos le prohibieran estimulantes como la benzedrina.

Afectaba su ánimo y comportamiento; vivía permanentemente exaltado. Su estado anímico no era lo más indicado para gobernar una poderosa nación en una conflagración bélica.

John F. Kennedy también abusó de medicamentos por los problemas renales que le aquejaban y por problemas en la espalda durante su servicio militar. Abusaba de las anfetaminas las cuales obtenía casi ilícitamente, evadiendo los consejos de su médico de cabecera; el que se las facilitaba a través de un amigo. Poco después le revocaron su licencia para ejercer.

73 medicamentos

Adolph Hitler, fue usuario de 73 medicamentos y hasta cocaína. El presidente francés, Francois Mitterrand, ocultó su cáncer de próstata hasta casi el final de su mandato. Josef Stalin, al final de su brutal mandato, desarrolló una patológica paranoia; creaba enemigos inexistentes.

El presidente gringo Calvin Coolidge, desarrolló una profunda depresión tras la muerte de su hijo y en sus últimos años de su segundo mandato estuvo prácticamente ausente en la conducción del país. Su colega Franklin Delano Roosevelt, al inicio de su cuarto mandato, se le agravó el efecto de su parálisis por poliomielitis por problemas cardiacos y pulmones; su hijo, James, su principal asesor, se preguntó sobre el por qué sus médicos no le prohibieron aspirar a un cuarto mandato: murió a los tres meses de iniciado su último periodo convirtiéndose en Presidente el Vicepresidente electo Harry Truman.

La historia está llena de estas tragedias que tanto afectan la salud de los pueblos. Quizás en un futuro cercano las democracias encontrarán mecanismos para impedir que líderes enfermizos y con problemas mentales sigan ejerciendo el poder y no pase como en Ecuador que los diputados —convertidos en médicos psiquiatras— para deshacerse de él, terminaron declarando ‘loco’ al presidente Abdalá Bucaram (1997) para separarlo del cargo.

Sería una buena tarea para la OEA que tantas convenciones interamericanas ha propiciado, que impulse una para evitar que alguien que se desquicie pueda continuar en el poder. Me imagino que los de siempre se opondrán.

*ABOGADO Y DIPLOMÁTICO