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11 de May de 2021

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Orlando Acosta Patiño

Columnistas

El cierre del Teatro Nacional: vergüenza patrimonial

Se inaugura en 1908 y es un elemento reconocido como parte de Conjunto Monumental Histórico del Casco Antiguo

El cierre del Teatro Nacional: vergüenza patrimonial
El cierre del Teatro Nacional: vergüenza patrimonial

Hace una semana, los medios locales de prensa escritos de radio y televisión anunciaron el cierre preventivo e indefinido del Teatro Nacional. La nota oficial del Instituto Nacional de Cultura (INAC) justificó el cierre bajo la condición estructural del inmueble, certificada por la Universidad Tecnológica y miembros del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc). El deterioro del Teatro representa un riesgo potencial para la operación del espacio cultural. Su construcción fue ordenada mediante la Ley 52 de 20 de mayo de 1904 por la Junta Provisional de Gobierno, para lo cual compró un solar por B/10 000.00. Su diseño fue encargado a Gennaro Nicola Ruggieri, arquitecto italiano, quien además diseña otros importantes edificios dentro del Casco Viejo. Se inaugura en 1908 y es un elemento reconocido como parte de Conjunto Monumental Histórico del Casco Antiguo y como tal, desde 1997, parte de la lista de patrimonio mundial.

Su importancia, entre otras, se destaca como proyecto ideológico. La institución cultural, apoyada por Narciso Garay se valora en la necesidad de establecer un proyecto cultural nacional en el contexto de la naciente República —que simultáneamente veía nacer al otro lado del Ancón— en la nueva Zona del Canal, la propuesta cultural de los Estados Unidos bajo el proyecto colonial de la Zona del Canal. El Teatro sería la institución encargada de formular, fortalecer y promover la propuesta cultural en materia de la música y las artes en Panamá. Fue la primera sede de la Escuela Nacional de Música y Declamación que ve surgir a figuras notables como Alfredo St. Malo; entre otros maestros de la música panameña del siglo XX.

Además del arte de sus interiores, estrena la tecnología de la energía eléctrica para la iluminación de sus salas y sus escenarios con más de 300 bombillas hechas a mano. Utiliza la tecnología de concreto armado y vigas de acero, lo que fue una novedad en Panamá, así como temas preventivos de fuego. La construcción tarda varios años, coronando el esfuerzo con obras pictóricas de otro notable artista panameño, Roberto Lewis; primer connacional admitido y egresado de la Escuela de Bellas Arte de París. La obra del plafón y de foyer fueron realizados íntegramente por el pintor en Paris, inspirados y utilizando los motivos y técnicas aplicadas a los grandes teatros europeos. Su acervo pictórico no tiene referente en toda la región latinoamericana en criterio de Anton Rajer (q. e. p. d.), Fulbrighter que se encargó de la restauración del plafón, cuando se desprendió del techo; evento que anunció el deterioro creciente de su estructura y que hoy justifica su cierre.

El Teatro en sus más de cien años pasa por procesos de decadencia y deterioro, tiempos de telones rotos que le llevaron desde el esplendor de su inauguración con la opera Aida, a los espectáculos populacheros de circo a mediados del siglo XX. Alberga la reunión de la Constituyente de 1945-46 y es rescatado de su ruina a fines de la década de los años setenta por la administración de Omar Torrijos. Su última intervención —que supuso una evaluación integral— fue en el año 2003 bajo la administración de Mireya Moscoso. Los temas estructurales fueron exhibidos en el año de 2008 bajo el alcance de otro contrato hecho a un grupo de expertos restauradores y arquitectos de trayectoria local y vinculados con restauraciones en el Casco Viejo. En los años 2008 se intervino el techo y las estructuras que hoy parecen dañadas y que —pareciera— quedaron fuera del alcance correctivo o bien no ejecutado. El deterioro identificado en los años de 2008 fue ignorado por los profesionales contratados, o bien no fiscalizado por el INAC. Este asunto debería ser, además hoy fiscalizado.

La falta de presupuesto anunciada por el INAC para realizar las obras que logren detener el deterioro pareciera pasar por la desidia de quienes lo intervinieron o a la falta de seguimiento. El cierre del Teatro se pierde entre la paradoja de corrupción de la administración de Gobierno que acabó en arrasar en el último quinquenio de las arcas de los dineros públicos y el desprecio por la cultura. Un par de millones bien hubieran podido ser utilizados en su restauración, en vez de verlos disolverse en bolsillos de funcionarios en forma de comisiones y sobrecostos en las obras de vialidad —por ejemplo— de la Cinta Costera III.

El Estado y la administración de los bienes patrimoniales están siendo irresponsables. El presente y futuro del Teatro Nacional es una vergüenza nacional, donde las razones que justifican su cierre indefinido y la ausencia de recursos presupuestarios para dar continuidad a su función y simbolismo no tienen justificación. El asunto toma otro giro con la renuncia anunciada de la directora del INAC, quien se enfrenta a conflictos internos y posibles conflictos de intereses en la gestión del patrimonio cultural bajo su responsabilidad.

HUBERT HUMPHREY FELLOW.