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17 de Jan de 2021

Mario A. Rognoni (Q.E.P.D.)

Columnistas

¡Cómo hemos cambiado!

Era el Panamá nuestro, donde en las grandes ligas jugaba Héctor López y en Nueva York montaba Mañe Ycaza.

¡Cómo hemos cambiado!
¡Cómo hemos cambiado!

Recuerdo cuando los ricos de Panamá eran panameños, cuando las grandes industrias eran de panameños, cuando nuestro mundo comercial era Panamá y Estados Unidos, cuando con 6000 policías se mantenía la seguridad donde más eran los hurtos que los robos. Era el Panamá nuestro, donde en las grandes ligas jugaba Héctor López y en Nueva York montaba Mañe Ycaza. Ese era el Panamá sencillo y feliz, con periódicos sin crónica roja y donde leíamos de los problemas sociales de otros países, con guerrilla, revoluciones sociales, violencia.

Pero apareció la globalización, y de repente el capital aprendió a emigrar. Para el inversionista, su dinero debía estar donde tuviese más rendimiento y más seguridad. Para países como Colombia, con un peso que se devaluaba, donde la guerrilla le restaba seguridad a las ciudades, donde se iniciaba el negocio del secuestro, de pronto Panamá era atractivo para invertir. Cierto que nunca nos consideraron mucho por lo limitado del mercado interno, pero la globalización hizo el resto, nuevos tratados comerciales, nuevas posibilidades de exportar y de pronto, como naipes empezaron a caer nuestras empresas en manos extranjeras. Cemento panamá, Cemento Bayano, Industrias Pascual, Coca Cola de Panamá, Bonlac, Café Duran, Estrella Azul, Cervecería Nacional y tantas otras en manos ahora de sudafricanos, colombianos, venezolanos, mexicanos. No importa de dónde venía el capital, los panameños vendían, los extranjeros compraban.

Primero fue la afluencia de estos extranjeros inversionistas, sus ejecutivos y empleados de confianza, pero luego se corrió la voz a los pueblos vecinos de que nuestro país recibía con brazos abiertos al extranjero. Cierto que habíamos tenido una migración de cubanos que se asimilaron rápidamente a nuestras costumbres y aprendimos de ellos, eran cubanos trabajadores, desde el que llegó para invertir hasta el que llegó y para subsistir nos enseñó que se podían vender vegetales en las esquinas, lo que luego proliferamos a vender discos compactos, películas, cargadores de celulares, etc. Panamá seguía, sin embargo, sin cambiar mucho.

El fenómeno empeoró luego. Cuando empezaron a llegar venezolanos que no eran de las mejores costumbres, más tirados a maleantes. Por un lado, los ricos que llegaron huyendo a Chávez nos dispararon los precios de la tierra, apartamentos, comida, los malandros llegaron igual y empezaron a robar bancos, clonar tarjetas, secuestrar. De pronto, porque en el bajo mundo todo se comenta, se corrió la voz y llegaron maleantes colombianos, pandilleros mexicanos y hasta las maras de Centroamérica. Panamá, después de la invasión no tenía una fuerza publica eficiente, no había inteligencia policial, era territorio fértil para los narcos, pandilleros y facinerosos.

Hoy, el cambio nos ha transformado en forma dramática. Empezamos a ver carros blindados, niños con escoltas, ejecutivos con escoltas, casas con guardias de seguridad. Crecemos a un ritmo económico envidiable, pero la calidad de vida ha caído considerablemente. La vida se ha encarecido, la mala distribución de riqueza es más evidente cada día. Las iglesias tienen cada día más feligreses, los pobres y necesitados acuden a Dios donde no ven soluciones en los Gobiernos, la propia clase media busca apoyo en la oración. El panameño, el hombre más propenso a aceptar su circunstancia, simplemente acepta los cambios que se han dado y solo espera que la violencia no lo alcance a él o a alguno de su familia.

El Gobierno ahora solo miente: ‘Hemos mejorado en la seguridad', ‘hemos controlado los precios de la canasta', ‘estamos próximos a resolver el tema del agua y el transporte'. Solo que el pueblo ya no le cree, como no le cree a ningún político. Pero el pueblo sigue pasivo, aceptando su realidad, dejando que las noticias le traten de moldear su opinión. Poco a poco nos vamos olvidando del Panamá de ayer. Hoy quieres vender tu casa y comprar un apartamento, es más seguro. Hoy las casas tienen murallas altas que ni permiten ver hacia la casa, los autos los trancas apenas te sientas en ellos, manejas pendiente de ver si te siguen, y si ves un auto raro no te estacionas allí.

Curiosamente, los únicos tranquilos son los extranjeros que vinieron en la fiesta de compra de nuestras empresas, su país de origen era como el nuestro ahora, ellos ya conocen el tema de los secuestros, asaltos, etc. Lo que es nuevo para nosotros era normal en su país original. Los panameños, los que conocimos el Panamá de ayer, somos los más afectados. Sabemos que no podemos volver al pasado, pero duele saber lo que hemos perdido.

ANALISTA POLÍTICO.