25 de Feb de 2020

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Guillermo A. Cochez

Columnistas

¡Doy gracias a Dios!

En esta sociedad con sus valores tan mercantilistas y superficiales, nos es común decir que si algo nos sale bien es porque tuvimos mucha suerte

En esta sociedad con sus valores tan mercantilistas y superficiales, nos es común decir que si algo nos sale bien es porque tuvimos mucha suerte o que los astros estaban alineados a nuestro favor, o simplemente somos muy inteligentes y astutos. Al contrario, cuando algo nos sale mal, o no como esperábamos, corremos a culpar y hasta maldecir a Dios por lo ocurrido. La realidad es que vivimos bendecidos por el Padre desde el día que nacemos. El Don de la Vida, que Él nos brinda, es tan precioso y tan especial que no tiene comparación con ninguno otro; por eso se hace necesario que diariamente demos gracias a Dios por la bendición de estar vivos y poder seguir disfrutando de la vida, por más difícil que nos pueda resultar.

Nací en la ciudad de Panamá el 21 de septiembre de 1945, final de la Segunda Guerra Mundial (alguien dijo que el olor a pólvora que todavía quedaba en el mundo me hizo un poco ‘peleón'; yo le llamaría combativo). Al día siguiente, día de Santo Tomás de Guzmán, hubo fiesta en el hospital que me vio llegar al mundo. Mis padres, Willie, un banquero que aprendió a la brava, ya que nunca culminó su escuela secundaria, y Doris, una hacendosa secretaria bilingüe y dedicada madre que nunca dejó de trabajar. De ellos aprendí a dar todo de mí, a hacer el bien cada vez que esté en mis manos, tener altos valores cívicos. Fueron unos padres ejemplares.

Gracias a Dios que tuve la oportunidad de asistir toda mi vida estudiantil al Colegio La Salle, de donde me gradúe de bachiller en 1963; igual privilegio que gozaron mis tres hermanos menores. Los hermanos cristianos y posteriormente los claretianos y jesuitas en tiempos de universidad me formaron en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, los que me hicieron a temprana edad abrazar el humanismo cristiano que pregonaba la Democracia Cristiana.

Mis estudios superiores como abogado los hice en la Universidad de Panamá, donde estudié en turno nocturno interrumpido por el cierre dictatorial de la Universidad. Mis padres no tenían para mandarme al exterior. Terminé en Tulane University, donde obtuve una Maestría en Derecho Civil, donde llegué patrocinado por una beca y ayudado por un préstamo del IFARHU. Allá en Nueva Orleans, fue el único tiempo en mi vida que por completo me dediqué al estudio.

Con el favor de Dios, he tenido una vida pública provechosa: 33 años de profesor en mi Alma Mater; 15 meses de alcalde la ciudad de Panamá, 9 años como legislador de la República y tres y medio como embajador de mi país en la OEA. ¿Me puedo quejar? ¿O por el contrario debo dar permanentemente gracias a Dios?

A nivel familiar he sido bendecido con cuatro cariñosos hijos, todos maravillosos y seis bellos nietos, a quienes trato de tú a tú, prohibiéndoles llamarme abuelo, orden que ellos adoran acatar. El mayor de los varones, Alec, me acompaña frecuentemente a misa y disfruto sus consultas sobre lo que acontece en la liturgia. En una ocasión, a regañadientes acudió conmigo a una misa que celebraba monseñor Baltasar Porras, arzobispo de Mérida, Venezuela. Solo al contar Baltasar una anécdota con el papa Francisco, me dijo Alec que había cambiado de opinión sobre la ceremonia. ‘Willy: el cura ese debe ser importante, es amigo del papa'.

La vida es una. Hay que disfrutarla en paz. Hay que aceptar lo bueno, como una bendición y lo malo de ella, como una enseñanza. Todo lo que hagamos debe estar dirigido a hacer el bien. El odio hacia alguien es como una braza ardiente que para que llegue a su destinatario, te tienes que quemar primero. Nos debemos perdonar a nosotros mismos antes de pedir perdón a los demás que hayamos ofendido. El pasado eso es: pasado. Vivir el presente confiando en un mejor futuro.

Fui perseguido por el Gobierno liberal de Marco Robles, quien me encarceló hace 50 años. Fui preso por los militares, quienes además fastidiaban permanentemente a mi familia y a mí. Nunca me exilé y luché de frente a los gorilas hasta que cayeron. He sido otra clase de preso: por la verdad y contra la corrupción. Por ello, no me queda más que hasta el final de los días darle gracias a Dios. Estar vivo es una permanente bendición.

ABOGADO Y POLÍTICO.