26 de Feb de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

Un servicio brindado con amor y eficiencia

No la vi llegar, de modo que en realidad no sé cuánto tiempo estuvo parada en el umbral.

No la vi llegar, de modo que en realidad no sé cuánto tiempo estuvo parada en el umbral, indecisa sobre la dirección de los siguientes pasos que debía dar. Era una señora mayor, evidentemente de la tercera edad, subida de peso, de una cabeza adornada con una inmaculada blanca cabellera, unos anteojos que apenas se sostenían en su nariz. Se apoyaba en un bastón mientras daba algunos pasitos cortos, avanzando y retrocediendo sin dirección definida. Trataba de atisbar hacia dentro del área de la recepción, con una expresión de angustia por no saber a ciencia cierta hacia dónde dirigirse y viendo que la mayoría de los asientos estaban ocupados por personas que habían llegado con anterioridad. Su incertidumbre llamó nuestra atención y estuvimos a punto de levantarnos de nuestro asiento para ofrecerle ayuda.

Pero no fue necesario porque un joven, con paso rápido y seguro, se nos adelantó. Con tono amable, le preguntó: ‘Señora, ¿en qué podría ayudarla? '. La expresión de la recién llegada no cambió mucho, pues aparentemente su angustia persistía: le dijo que no sabía exactamente lo que estaba buscando, excepto solo ‘algo como un cheque '. El joven la condujo a un asiento libre y la invitó a sentarse, al tiempo que le pidió algún documento que le pudiera indicar lo que buscaba en esa empresa.

Nuestra señora, azorada y nerviosa, le respondió que creía no tenerlo; lo único que tenía era el teléfono de su hija que se lo había escrito en un papelito para que la llamara en caso de necesidad. Sabía que el papelito con el número del teléfono lo tenía en la cartera, un bolso de buen tamaño que contenía ‘muchas cosas necesarias ' a su edad. Ante la actitud paciente del joven que la asistía, empezó a rebuscar en el interior del bolso hasta que al fin encontró el dichoso papelito. ‘Aquí está, este es el celular de mi hija ', dijo con aliento de esperanza.

El joven llamó a la hija. Nosotros solo podíamos oír su voz: ‘Sí, perfecto, aquí está conmigo, Como no, despreocúpese, nosotros nos encargamos '. Al final, le devolvió el papelito a la señora, y le entregó otro con un número para que estuviera pendiente de su turno y esperara a que la llamaran. Entonces le ofreció y le trajo un vaso de agua fría. Cuando le tocó su turno, el joven regresó, pero no intervino en nada más que en acompañar a la señora y permanecer a su lado mientras ella explicaba el motivo de su visita. Culminada la gestión, aparentemente satisfecha nuestra señora, ella se retiró y el joven la acompañó hasta la puerta de salida. ‘Siempre para servirle, cuando lo necesite, a sus órdenes, señora '.

Nosotros fuimos testigos de ese episodio, porque habíamos concurrido a la misma oficina a acompañar a nuestro padre, pero nos parecía que estábamos viviendo un sueño o una realidad en otro país. Qué lástima que debamos dudar de esa manera. ¿Por qué en la Caja de Seguro Social, que tanto énfasis despliega en una campaña por humanizar sus atenciones, no sucede lo mismo? ¿Qué dificultad existe si todos somos panameños, tanto en el episodio que he relatado como en la Caja? ¿Qué se necesita para que el tratamiento sea cortés, amable, respetuoso, solidario? ¿Es algo que se cultiva desde el hogar y se refuerza en las escuelas? ¿El respeto y la consideración por la tercera edad, la experiencia y las canas es parte de nuestra cultura? ¿O, sencillamente, no cuentan?

Tenemos mucho que aprender de los griegos de antaño y de los orientales de hoy.

EXDIPUTADA