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29 de Nov de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

El rompecabezas del oro negro

El litro de gasolina de 95 nos cuesta hoy cerca de B/.0.63 —B/.2.23 por galón—, pero hasta hace unos años costaba más del doble

El litro de gasolina de 95 nos cuesta hoy cerca de B/.0.63 —B/.2.23 por galón—, pero hasta hace unos años costaba más del doble. Evidentemente la diferencia está en el precio del barril de petróleo, que bajó de más de cien dólares a menos de treinta hoy. Estamos felices porque nos cuesta menos conducir nuestros automóviles y porque el costo de la energía debería también reducirse. Por lo menos, así parece. Pero no todos están alegres porque la reducción de nuestros costos es el resultado de medidas incongruentes tomadas en una telaraña de intereses comerciales extendida por todo el mundo. Ante la reducción de precios, la ‘liebre salta' por donde menos se esperaría: ricos países productores sin fondos suficientes, empresas petroleras en bancarrota, desempleo, inseguridad financiera de la gente, caída de valores en las bolsas. Es lo que se lee y se oye en los medios de comunicación, de modo que esa felicidad, que de momento nos alegra al pie de la bomba de combustible, puede resultar un engaño a la postre, porque podría esconder un costo que acabaríamos pagando de otra forma. Los venezolanos lo sufren, aunque solo pagan US$0.03 por litro de gasolina, menos de US$0.12 por galón.

El problema es que en el mercado mundial hay demasiado oro negro producido por los países petroleros, que se acumula porque el resto de los países no puede o no desea consumir. La solución evidente sería limitar la producción, pero países como Arabia Saudita rehúsan hacerlo unilateralmente, porque podrían perder su actual clientela. Aspiran forzar precios bajos del petróleo para eliminar la competencia de otros países petroleros y de pequeñas empresas para quienes los precios de venta no compensan el costo de búsqueda y explotación de un recurso no rentable. Un ejemplo reciente: una de ellas anunció el cierre de operaciones y el despido de 22 000 empleados por falta de fondos.

Por otro lado, países petroleros, como Rusia con una producción de 11 000 millones de barriles diarios y Venezuela con grandes reservas, sufren una crisis en sus finanzas cuando sus rentas petroleras descienden vertiginosamente y se les reduce la capacidad de satisfacer las demandas sociales de su población. La consigna de no perder clientes, aunque signifique bajar precios, se consolida en una guerra de sobrevivencia y sacrificios.

Entonces sobreviene otro efecto nefasto: las calificadoras de riesgos bajan la calificación de esos países, con la consecuencia de que los créditos públicos y privados resultan más onerosos, a fin de cubrir el mayor riesgo de incumplimiento. Las bolsas de valores de Nueva York o Europa reaccionan y los inversionistas corren a despojarse de sus acciones riesgosas a precios reducidos con la desafortunada pérdida de valor de esos activos. Aquí también pierden valor tanto los bonos públicos de los propios países petroleros como las acciones de empresas privadas de esos países que se coticen en bolsa.

Entonces mi felicidad porque me ahorro unos cuantos dólares cuando lleno el tanque de gasolina, se transforma en una pérdida mayor cuando lo que pierdo en la bolsa excede del valor de ese ahorro o cuando el banco me cobra un interés más alto por un préstamo.

Preferiría entonces que el galón de gasolina no fuera tan barato para evitar el bumerán y lograr un balance adecuando entre todos los intereses involucrados. Hasta los ingresos del Canal de Panamá podrían verse reducidos, si el precio del combustible marino fuera tal que resultara más económico dar la vuelta por Tierra del Fuego. Es el rompecabezas que presenta el comercio mundial, en una época de relaciones interdependientes que se afectan recíprocamente.

EXDIPUTADA