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24 de Nov de 2020

Luis Carlos Muñoz

Columnistas

El divorcio sucio...

Un ‘divorcio sucio', al final, afecta a todos los involucrados, es una carrera de perder-perder

En Panamá ya es cosa de todos los días ver casos de divorcios sin acuerdo, en los que alguna de las partes hace ‘lo necesario' para quedarse con la custodia de los hijos y con la mayor cantidad de dinero y bienes posibles. Como si no fuera suficiente ver partida en dos su familia, muchas personas pasan por tormentos adicionales a los propios de una ruptura, cuando la expareja recurre a una serie de golpes bajos, siempre con asesoría legal. Por lo común que se presentan estos casos, se pueden entender patrones de lo que ya se denomina ‘divorcio sucio', en los que se usan técnicas ilegales.

La difamación es el arma más utilizada en un ‘divorcio sucio', muchas veces fundamentada en denuncias formales de violencia doméstica y/o abuso psicológico ante corregidurías o fiscalías. Sería una necedad negar que hay muchos casos de violencia doméstica que justifican un divorcio y sanciones ejemplares para el abusador, pero igual sería de necios ignorar que hay personas que nunca han sido víctima de maltrato que mienten para lograr lo que quieren en una separación.

Hay colegas abogados sin escrúpulos que lo primero que recomiendan a sus clientes (casi siempre mujeres) es que denuncien violencia doméstica, pues esto les permite, de manera expedita, sacar a la expareja de su casa y llegar al punto de asustarlo para conseguir más dinero y/o más control sobre los niños. Lo que pocas veces dicen esos abogados a sus representadas es que mentir en un proceso judicial es un delito, que acarrea penas hasta de prisión.

Un divorcio casi siempre significa que el amor acabó y muchas veces ese sentimiento es reemplazado por las ganas de hacer sufrir a la otra persona, situación que lleva a muchas personas a mentir y lo hacen porque las domina más la emoción que la razón y saben que una denuncia de maltrato doméstico asesta un golpe demoledor a la imagen de su exesposo. Algunas, incluso, con el fin de ver destruido a su exmarido, son capaces de llevar el tema a los medios de comunicación.

Como una acusación formal de violencia doméstica debe sustentarse en pruebas como fotografías, radiografías, testimonios, etc., en algunos de estos casos la falsa víctima se anima a fabricarlas, aunque otras sencillamente no lo hacen porque se conforman con la difamación a través redes sociales, mensajes de correos electrónicos y comentarios ante el círculo de amistades, compañeros de trabajos, socios y clientes de su expareja. La denunciante sabe que quizá nadie le dé seguimiento al caso, o nunca se sepan las interioridades del mismo, por eso se siente satisfecha solo con hacer público el engaño de la violencia doméstica y/o abuso psicológico, porque para difamar solo se requiere hacer pública la denuncia, no probarla. ¡El daño está hecho!

Pero nunca es tarde para reflexionar: un divorcio implica siempre una crisis, principalmente para los niños, que son los que más sufren cuando sus padres se ven enfrascados en un pleito sin cuartel, que les significa sufrir depresiones y la vergüenza de que la contienda se haga pública. Si no hay posibilidades de seguir la relación, lo más sensato es un arreglo y si esto es imposible, pues que se presenten las demandas, pero sin recurrir a la mentira y a las falsas pruebas, que son castigadas por nuestra normativa jurídica. Un ‘divorcio sucio', al final, afecta a todos los involucrados, es una carrera de perder-perder.

ABOGADO