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26 de May de 2020

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Guillermo A. Cochez

Columnistas

A 10 años del 23 de octubre

Apenas llegué a la oficina le hablé a Víctor, quien poco tardó en decirme que sí y que comenzáramos a buscar información sobre el caso

En vísperas del décimo aniversario del fatídico accidente del bus 8B-06 aquel 23 de octubre, nos congregamos para presentar un libro de Víctor Martínez dedicado con muchos detalles a lo que ocurrió ese día.

Creo en la Mano de Dios y en sus designios. Sin Él, nada se puede. ¿Cómo llegaron a nuestras oficinas quienes como sobrevivientes de la tragedia pasaron por ese calvario con gran parte de su cuerpo?

Quedaron expuestos durante todo este tiempo a la negligencia y desidia de las autoridades, al afán de algunos empresarios de hacer negocios sin importarles los demás, a la infamia de los jueces que atendieron el caso criminal que se interpuso y a la lentitud como todo se maneja en nuestro país.

‘SI BIEN NO ENCONTRAMOS JUSTICIA EN NUESTRO PAÍS, ESPERAMOS LOGRARLA EN EUA ANTE LOS FABRICANTES DE UN GAS INFLAMABLE, CAUSANTE DEL INCENDIO, CUYA VENTA ESTÁ PROHIBIDA EN SU PAÍS DE ORIGEN'

¿Cómo Cochez Martínez comenzó a conocer este caso? Como a todos en Panamá, tanto a mi socio, Víctor Martínez, como a mí, el suceso nos impactó muchísimo. Veíamos cómo nuestro deteriorado sistema público de transporte producía nuevas víctimas por el desorden imperante en el mismo.

Semanas después, en una de mis habituales mañanas cafeteras con el amigo Jaime Fernández, me habló de su relación con la madre de una de las víctima, Judith Valdés, quien desde hace años trabajaba en su casa como planchadora. Era la madre de Luis Contreras, uno de los sobrevivientes y estaba muy consternada con lo que pasaba. Su esposa, Elsa Rodríguez, le sugirió que hablara conmigo para ver si nosotros podíamos atender el caso en forma gratuita, porque ellos carecían de recursos económicos.

Apenas llegué a la oficina le hablé a Víctor, quien poco tardó en decirme que sí y que comenzáramos a buscar información sobre el caso. No era la primera vez que nuestra oficina atendía casos así sin esperar honorario alguno. Tanto Víctor, por sus cuatro años en un seminario religioso, como yo, por mi formación socialcristiana, hemos tenido claro que lo que nosotros buenamente recibimos del Señor, como lo es nuestra educación, debemos compartirlo con quien requiere de nosotros en momentos difíciles. Así fue, con la recomendación de los esposos Fernández Rodríguez, que llegamos a atender este caso.

Ahora correspondía ganarnos la confianza de las sufridas víctimas. La señora Judith le comentó a los Fernández que Luis temía que, por esa mala fama que nos hemos ganado los abogados, en medio camino los abandonáramos, ya sea porque nos cansaremos o porque alguien nos comprará. Conociéndome Jaime desde que compartimos curules en la Asamblea Legislativa en 1984, les dijo que él estaba seguro de que eso no ocurriría. Así pasó y en este largo peregrinar, siempre hemos estado a su lado.

A pesar de las tajantes evidencias de la negligencia del Banco Nacional en no supervisar los buses que el Gobierno de Mireya Moscoso había traído a Panamá financiados por dicho banco, a pesar de que los buses no eran nuevos, ya que sus partes delanteras habían sido traídas de Guatemala, que su chasis había sido instalado aquí, así como su aire acondicionado, el juez primero del Circuito, Rolando Quesada Vallespi, irresponsablemente consideró que nadie en Panamá tenía culpa de nada.

Igual ocurrió en el Primer Tribunal Superior de Justicia. Al llegar a la Corte, al despacho de Alejandro Moncada Luna, tenía que cumplir las órdenes del Ejecutivo, al nombrarlo en ese cargo cuando ni siquiera estaba en la lista de los elegibles para llenar la vacante dejada por el competente Adán A. Arjona. Simplemente las instrucciones recibidas eran no culpar al Estado de responsabilidad alguna.

Estos diez años han sido los que hemos vivido al lado de Luis Contreras y de Lidia Atencio, particularmente Víctor que en nuestra oficina se encargó de todos los pormenores del caso. Han sido muchísimas horas e infinitos desvelos los que en nuestra oficina hemos vivido, sobre todo de Víctor y los dos abogados que han estado con él gran parte del tiempo, Luis Baruco y Joana Agurto, pero con el sentido, todos, del deber cumplido por una causa que lo ha merecido. Si bien no encontramos justicia en nuestro país, esperamos lograrla en EUA ante los fabricantes de un gas inflamable, causante del incendio, cuya venta está prohibida en su país de origen.

En este caminar, más que los conocimientos de los abogados, ha imperado el sacrificio de todas las víctimas del 8B-06, particularmente de los sobrevivientes de ese fatídico accidente, Luis Contreras y Lidia Atencio, y las 17 personas que sucumbieron ante el fuego de ese día, que aún claman por un mejor sistema de transporte en Panamá, más seguro y más humano. Si bien es poco lo que yo he tenido que hacer con el caso, doy gracias al Señor porque nuestra oficina, a través de Víctor Manuel Martínez, ha sido parte de esta historia tan trágica para muchas familias panameñas.

Al cabo de 10 años, aunque prometieron que todo sería cambiado y modernizado, aún vemos a una Autoridad de Tránsito en manos inexpertas, especie de botín político, que poco le importa si los panameños logran tener un mejor sistema de transporte. Dios bendiga a todas las víctima del terrible accidente que hoy en su décimo aniversario conmemoramos; así como también damos gracias a Dios por permitirnos estar del lado de sus víctimas ayudándoles con nuestros conocimientos.

ABOGADO Y POLÍTICO.