Temas Especiales

26 de May de 2020

John A. Bennett N.

Columnistas

El comercio de la naturaleza

El éxito de la empresa no solo depende del respeto a un buen Estado de derecho, sino en tener lentes largos, que mal existen en la politiquería

El comercio de la naturaleza
El comercio de la naturaleza

‘Comerciar', que es intercambiar bienes y servicios, es esencial no solo a los humanos sino al resto de las especies, incluyendo las vegetales que nos acompañan en esta nave sideral que gira alrededor del Sol; el cual, a su vez, viaja a través del universo a inmensa velocidad. Pero si el comercio no es libre y desembarazado de intervenciones excesivas y abusivas, nada prospera; y, como todo en la vida, bien se peca de defecto como de exceso, de manera que el secreto está en saber dimensionar las cosas.

Ahora que los panameños nos encontramos en otoño, época en la cual el período diario de luz solar disminuye; ello manda mensajes químico a las hojas de muchos árboles para que detengan su producción alimenticia. Con ello las hojas de muchos árboles tornarán a gama de pardos colores y caen, en anticipación a la estación invernal que se aproxima. Sí, lo que viene es nuestro invierno, que llamamos verano. ¿Y para qué sorprendernos si en las escuelas no lo enseñaron? No solo trastocaron las estaciones del año sino nos robaron las primaveras y los otoños.

Científicos, como Suzanne Simard, en su obra We Discover , nos relatan sus descubrimientos acerca del comercio entre plantas y árboles. De cómo el abeto y el abedul sostienen íntimo intercambio en una red de interconexión en su rizósfera micótica. Aún más, reportaron que el carbón de la fotosíntesis se mueve entre las dos especies por intermedio de su rizósfera. Pero este intercambio va variando durante las distintas épocas del año, lo cual da ventajas de ganar-ganar. También se vio que los árboles viejos transmiten nitrógeno a los plantones, lo cual mejora sus posibilidades de sobrevivencia y crecimiento. En fin, cada día vamos descubriendo un mundo más complejo de intercambios esenciales, que no requieren ni gobiernos ni sistemas políticos.

Lástima que temas tan fascinantes y entretenidos llegan a nuestros hijos en esos centros de deficiente educación gubernamental, cuyos propósitos no guardan relación con la naturaleza del mundo. Pero lo esencial en todo esto es ver que la naturaleza gira y depende de una extraordinaria y compleja red de intercambios voluntarios que también podemos llamar, ‘comercio'; y que todo ello ocurre a través de esa odiada ‘mano invisible' de la cual se mofan tantos enamorados de centralismos castrantes.

El mundo no se mueve ni prospera sin una cooperación voluntaria y desembarazada de estériles normativas; que no se diferencian mucho de esos absurdos retenes de tránsito que poco logran y mucho trancan; a la vez que nos acercan a la servidumbre de los uniformados y de sus capataces.

Sin cooperación no hay prosperidad. Pero esa cooperación no es ni puede ser dictaminada desde lo alto, igual que el intercambio en la rizósfera tampoco lo dictaminan arrogadas ‘autoridades'. El mundo humano lo mueve una compleja red de división del trabajo que no requiere sino un Gobierno concentrado en la defensa de la vida, libertad y las facultades dotes de la naturaleza que nos permiten sobrevivir y prosperar. Que sin producción no puede haber consumo. Y que es necesario combinar el trabajo con los recursos naturales de cognición y albedrío que no son delegables a sistema político alguno.

Igualmente, la naturaleza social de los humanos está asentada en la unión esencial entre el macho y la hembra, en fecunda coyunda; realidad que tampoco puede ser trastocada. A través de todo ese complejo mundo de intercambios voluntarios, muchos de los cuales actúan tal como los latidos de corazón y acción involuntaria de nuestros órganos, vemos cómo actúan igualmente complejos sistemas de comunicación involuntaria, a través de los mecanismos de los precios. Pero tienen que ser precios no intervenidos y desdibujados por la politiquería; ya que esto genera falsos mensajes que dan al traste con todo el sistema de intercambio natural y voluntario. El mercado falla a causa del intervencionismo.

Es en ese mundo de libre comercio en donde ganan ambos lados en las transacciones, lo mismo que ocurre con el abeto y el abedul. Cuando la demanda del ‘A' disminuye o si la oferta es muy elevada, los precios caen; lo cual obliga a los productores menos efectivos a buscar nuevas actividades, en busca de mejores oportunidades. Todo buen empresario sabe lo comunes que son los colapsos empresariales, pues ese es el riesgo y la aventura propia de la actividad; y no la fábula de un populismo que promete estabilidades irreales.

El éxito de la empresa no solo depende del respeto a un buen Estado de derecho, sino en tener lentes largos, que mal existen en la politiquería. ¿Quién mide en Panamá los costos de la burrocracia? ¿Acaso cada nueva ley que producimos en la fábrica legislativa de chorizos viene con un estudio de costo beneficio? No llamemos ‘Gobierno' al desgobierno.

EMPRESARIO