15 de Ago de 2022

  • Paulino Romero C.

Columnistas

La educación y la defensa nacional

‘Ni la escuela ni la universidad ni la empresa privada pueden ser indiferentes a la urgente llamada de la tierra en peligro'

No se puede ser indiferente a la educación cuanto afecte los intereses vitales de la nacionalidad, porque, en el estado actual del mundo y mientras el ideal de una humanidad nueva no vaya a convertir en un hecho social y jurídico la abolición de las fronteras de los Estados, el concepto de nación y de patria continuarán constituyendo uno de los más poderosos y sagrados resortes del engrandecimiento de los pueblos.

Aceptamos el principio de que la escuela debe participar intensamente en la gran obra del desarme de los espíritus, en que se hallan empeñados en el mundo entero generosos apóstoles y nobles pensadores; pero de ahí a renunciar al concepto de patria y con él a toda la grave serie de consecuencias que se deducen de la defensa nacional, existe un abismo inmenso.

No fundamos esta afirmación en lo que podría llamarse el hábito mental nacionalista transmitido por una especie de ‘consuetudine' a través de una larga serie de generaciones; la basamos, con tristeza, sobre un hecho histórico fundamental, en una ley inmanente del linaje humano: la guerra es el estado natural del hombre; la paz permanente es un fenómeno que no puede considerarse sino dentro del campo deontológico.

Sentado este principio, aceptemos sus consecuencias y, sin pretender precipitar o agravar los desastres de la pugna humana, no dirijamos nuestros actos como si dicha pugna no existiese.

Hay algo por lo menos tan peligroso para un pueblo como el deseo de agredir y es su falta de voluntad para defenderse; porque lo primero puede provocar el conflicto, pero lo segundo estimula necesariamente el apetito codicioso de los demás pueblos. La única garantía de la paz en el estado actual del mundo, es la certeza que debe tener cada pueblo de que cualquier acto de agresión contra otro encontrará una ineludible e inmediata represión. ‘Cuando el hombre fuerte, armado, guarda su casa, todo cuanto él posee está en paz'.

Nada más profundamente humano que esta sentencia evangélica que prescribe el estar siempre en actitud vigilante ante una posible agresión. Todo hombre y todo pueblo que quiera conservar la paz y el tranquilo goce de sus bienes, debe portarse como si estuviese ante una amenaza permanente.

El Gobierno panameño ha dictado las providencias necesarias para la adquisición de elementos materiales de defensa, sobre todo, en nuestras fronteras. Pero hay algo en que también debemos pensar sin dilación, en que deberíamos haber pensado hace tiempo; es la preparación del contingente humano.

Tampoco dentro del campo propiamente educacional, la angustia de la patria ha provocado una reacción enérgica. En ello quizá la culpa nos cobije a todos aquellos que dentro de este campo laboramos: a los unos por omisión de normas directivas, a los otros por haber callado demasiado tiempo en la expresión de nuestras inquietudes.

Ni la escuela ni la universidad ni la empresa privada pueden ser indiferentes a la urgente llamada de la tierra en peligro. Es preciso que una preocupación unánime recorra de uno a otro extremo del país todo el organismo educativo.

Se objeta, por ejemplo, que la guerra moderna no la hace el músculo sino la técnica de los elementos, pero es necesario no perder de vista que, dada la posición geográfica de nuestras fronteras disputadas, para ganar las batallas contra los hombres habría que ganarlas primero contra la naturaleza adversa. No es la juventud que en las ciudades envenena su sangre bajo la penumbra de las ‘discotecas' y en el campo vegeta inactiva ante los mostradores de las cantinas, la que va a afrontar sin languideces las largas pruebas de una lucha a fondo para mejorar la vida humana.

Todavía puede ser tiempo para intentar el gran empeño de dar vitalidad a nuestras gentes nuevas. Que voz enérgica provista de autoridad y de mando, se deje oír como un toque de clarín sobre el campo de la patria y haga que las legiones jóvenes abandonen el marasmo urbano y la torpe rutina de la aldea para lanzarse periódicamente al campo en busca del aire vivificador, del contacto rudo de la montaña y del adiestramiento de los músculos.

PEDAGOGO, ESCRITOR Y DIPLOMÁTICO.