La Estrella de Panamá
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22 de Oct de 2019

Álvaro Alvarado

Columnistas

Se fue Noriega y seguimos sin justicia, libertad y democracia

El pasado lunes 29 de mayo, a las 11:20 de la noche, dimos a conocer la noticia de la muerte del exgeneral Manuel Antonio Noriega

El pasado lunes 29 de mayo, a las 11:20 de la noche, dimos a conocer la noticia de la muerte del exgeneral Manuel Antonio Noriega, último dictador que tuvo Panamá en el período 1983—1989. No tuve la experiencia de conocer a Noriega durante su vida en la institución armada, pero sí recuerdo claramente cada uno de los momentos difíciles que vivió el país al final de esa época conocida como el Proceso Revolucionario que inició en 1968.

En dos ocasiones me fue asignada la tarea de darle cobertura a la situación de Noriega fuera de Panamá, la primera en Miami y la segunda en Francia. En esa segunda ocasión, al concluir la audiencia, me dirigí a donde estaba el acusado, quien, a pesar de no conocerme, me llamó por mi nombre, oportunidad que aproveché para intercambiar unas breves palabras con él. Vi en ese momento a un Noriega disminuido y atrapado por la justicia de Francia, país que lo había condecorado durante sus años de gloria.

Pasaron los meses y luego, producto de negociaciones, en diciembre de 2011, llega Noriega a Panamá y es recluido en el centro penitenciario El Renacer, en medio de una fuerte cobertura periodística que involucró medios nacionales e internacionales. Se especulaba mucho en ese entonces que con Noriega en Panamá los panameños al fin conoceríamos la verdad de todo lo sucedido durante la dictadura militar.

Para el año 2015 el destino me coloca una vez más frente a Manuel Antonio Noriega. Esta vez el propósito era muy diferente, ya que se trataba de la primera entrevista a un medio televisivo en la que el exgeneral pediría perdón al país por los errores cometidos durante su período como comandante de las Fuerzas de Defensa. Debo confesar que esta ha sido la entrevista más dura en mis 27 años de carrera periodística en la televisión. Yo como periodista, me había preparado para plantear a mi entrevistado algunos temas que serían de interés para los panameños; sin embargo, mi entrevistado en todo momento tuvo un solo objetivo y era no salirse del guión que había preparado. Intenté por distintas vías de sacarlo de su libreto; sin embargo, en todo momento fue cortante y evasivo, dejando entrever que seguía siendo el mismo hombre duro y frío que gobernó el país a finales de la década del 80. Esa frialdad en su rostro y voz fue quizá lo que generó que muchas personas no creyeran que ese pedido de perdón había sido genuino.

Meses después, en una conversación con un allegado a Noriega, se me plantea la posibilidad de una segunda entrevista con el exgeneral en la que se diría toda la verdad de la denominada Masacre de Albrook, ocurrida el 3 de octubre de 1989. En ese momento se me dijo que no solo hablaría Noriega, sino también algunas personas que fueron testigos de que Noriega no tuvo nada que ver con el asesinato de Moisés Giroldi ni de los otros soldados que fueron asesinados ese día. Al final, ya con el permiso del Ministerio de Gobierno en mis manos, la entrevista no se logró realizar, ya que los supuestos testigos se arrepintieron de salir en televisión apoyando la versión que supuestamente exculparía al ex hombre fuerte de este histórico hecho.

Hoy, Noriega ya no podrá responderme muchas de las interrogantes que aún guardo en mi libreta de apuntes, pero quizá la más importante para mí y que quisiera hacérsela a todos aquellos que salieron vestidos de blanco a las calles con pailas y pañuelos blancos sería: ¿dónde quedaron la justicia, democracia y libertad por las que tanto se luchó? Muchos de esos que dirigieron aquellas protestas en las calles han llegado a ocupar altos cargos en distintos momentos posinvasión y no han hecho nada por darnos justicia, democracia y libertad; al contrario, han decepcionado a todo un pueblo con sus actuaciones.

Es lamentable el rumbo que ha tomado el país en estos 27 años. Hoy vivimos en una situación política peor que la del 68, momento en que los militares se tomaron el Gobierno por la vía de un golpe de Estado. Corrupción a su más alto nivel, inseguridad, altos niveles de anarquía, una severa crisis política, ausencia de liderazgo... En fin, graves síntomas de una sociedad en estado de deterioro con el peligro de una explosión social que puede llevarnos a la situación que vivió el país en los años 80.

PERIODISTA