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18 de Oct de 2019

Olmedo Carrasquilla

Columnistas

La molienda: labor artesanal de tradición y conocimiento

Esta labor artesanal la empezó Justino Tejedor (q. e. p. d.), casi que con el nacimiento de la República, en 1917.

La molienda de Pastor Tejedor se encuentra en la Finca La Iguanilla, comunidad de Cañazas Arriba de Santiago de Veraguas. Esta labor artesanal la empezó Justino Tejedor (q. e. p. d.), casi que con el nacimiento de la República, en 1917. Es una empresa familiar que ha pasado de padre a hijos, y que ha servido como sustento a varias generaciones, ‘no ha sido fácil, pero tampoco imposible'. Señala Pastor, uno de los hijos que, por décadas, ha sido el sustento para que la empresa brinde el producto final a pueblos de Santiago y más allá.

Por costumbre, la siembra de la caña se inicia con los primeros aguaceros, de marzo y abril, las variedades más comunes son la Caña Central, la Romana 20-05 y la Aranda; durante esa época el productor debe estar al cuidado de mantener limpio el cañaveral y abonarlo, sin que le falte agua durante su crecimiento, para cosechar pasado los doce meses.

La faena inicia desde el día anterior con el corte de la caña que se ha de moler al siguiente día; movilizando la materia prima, en coche o carreta, tirado por caballo. Una vez que la caña llega del campo, se coloca en el trapiche, luego a las tres de la madrugada Pastor, el hijo, prepara el caballo e inicia el proceso de extraer el jugo a la caña, pasada por los bolos de hierro que hace girar el caballo, durante varias horas, por lo general, son de tres a cuatro horas. Seguidamente, el jugo de la caña pasa a una paila grande de acero inoxidable que es sometida al fuego, el bagazo se aprovecha para el ganado y para cocinar el guarapo. Todo está estrictamente calculado, siete (7) latas de jugo de caña, rinden ochenta y cinco (85) raspaduras, cuando la pureza de la caña es muy buena, sobre todo, en verano.

En la Iguanilla, los Tejedor muelen todos los día, obviamente que el producto final tiene mucha demanda, por su calidad de acabado, por el punto que le dan para su consumo, a pesar de que no existen fórmulas o medidas para mezclar la miel con otros subproductos adicionales; la costumbre, la experiencia y el conocimiento hacen de estos obreros toda una sabia enseñanza y aprendizaje que han sido transmitidos a sus generaciones, como efectivamente lo han hecho de padre a hijo, nietos, tataranietos y hasta bisnietos.

En este trabajo participan todos los integrantes de la familia, Pastor el viejo (de 82 años), la matrona María Pino, esposa de Pastor (quien es la que le da el punto, en el cocimiento de la miel), Pastor hijo, deposita la miel en los moldes de raspadura y sus hijos igualmente, nietos Pastor Alfredo y Belsy Jazmín, se encargan de otros oficios menores, entre esos los de empacar y comercializar el producto.

La venta incluye la miel, la famosa raspadura y sus variantes, como la raspadura con coco, con pepita de marañón, con leche, con tamarindo, con maní, la gustada melcocha con pepita de marañón, todos estos productos tienen gran demanda en Santiago, distritos y comunidades circunvecinas y hasta en otras provincias cercanas.

Después de cada faena, don Justino Tejedor (q. e. p. d.) el viejo, como cariñosamente le decían, se ponía a improvisar versos, como todo buen trovador, nacido en la campiña interiorana, ‘Canto como un ruiseñor/ En la América de España / Yo sé cultivar la caña/ Soy Justino Tejedor/'.

De esta manera, el hombre del campo, nuestro campesino, prepara con ahínco uno de los productos básicos para ser consumido, en dulces, refrescos, raspadura y otras viandas agradables al gusto, gracias al conocimiento que le impregna la familia Tejedor, en La Iguanilla de Cañazas de Santiago.

DOCENTE, PERIODISTA, GESTOR CULTURAL.