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14 de Aug de 2020

Berna D. Calvit

Columnistas

‘En este pueblo no hay ladrones'

En estos días se me ocurrió que, tal como van las cosas, podría decir que ‘En Panamá solo hay ladrones ‘chichipatis'

Hace muchos años me atrapó el título del cuento ‘En este pueblo no hay ladrones', de Gabriel García Márquez. ¿Un pueblo sin ladrones? Me reservo los detalles del cuento con la esperanza de despertar en algunos el deseo de leerlo. En estos días se me ocurrió que, tal como van las cosas, podría decir que ‘En Panamá solo hay ladrones ‘chichipatis'…', (‘Hombre o mujer de poco valer', Diccionario del Español en Panamá, de la académica Margarita Vásquez). Es decir, que ladrones de buen vestir y buen vivir, empresarios y políticos con gordas cuentas en bancos e importantes empresas útiles para robar al Estado, y defendidos por los mejores abogados, no entran en categoría de ladrones porque ¡todos se proclaman inocentes! Si estuviera dispuesta a creerles (que no lo estoy), solo daría categoría de ladrones a los que roban televisores, tanques de gas, autos, joyas, celulares o dinero; de estos ladrones están al reventar las cárceles de este pueblo grande llamado Panamá; y para nuestro sosiego, las autoridades aseguran que los que aún no están presos están dejando la mala vida, gracias a un programa llamado ‘Barrios seguros' que contempla ‘resocializar con educación, capacitación y desarrollo espiritual' a jóvenes delincuentes; que además reciben bonos de 50 dólares semanales. Los hechos parecen desmentir tan optimistas pronósticos. ¿Será que el mal ejemplo que dan los de arriba les sirve de excusa a los de abajo? Esa excusa la he oído más de una vez.

Un mapa que marca los países latinoamericanos con funcionarios de jerarquía y empresarios corruptos muestra que esta lacra, que también aparece en otros continentes, es pandemia en nuestra América Latina. Cito los casos del expresidente peruano Alejandro Toledo y su esposa, Eliane Karp; el expresidente peruano Ollanta Humala y su consorte, Nadine Heredia; el actual presidente brasileño, Michel Temer, enredado en líos ‘cárnicos' con la empresa IBS; Alberto Fujimori y su hombre de confianza, Vladimiro Montesinos; el expresidente Francisco Flores, de El Salvador, por apropiarse de fondos millonarios donados por Taiwán: Otto Pérez, expresidente de Guatemala y su vicepresidenta, Roxana Baldetti, ambos en prisión, pero clamando inocencia; el presidente actual de Honduras, Juan Hernández, que descarga sobre su vicepresidente la responsabilidad por las lempiras recibidas de empresarios para financiar la campaña (como lo ha hecho Ricardo Martinelli con Mimito Arias y la ‘donación' de Odebrecht); Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff, expresidentes de Brasil, acusados por ‘salpiques' recibidos de Odebrecht, Petrobras y J&F (otra vez cárnicos de por medio). Colombia, Ecuador, Argentina, Venezuela, República Dominicana, México, todos tienen casos de prominentes políticos y empresarios envueltos en hechos de corrupción de variada naturaleza. Hasta haber arrastrado a familiares en sus delitos, es otro detalle destacable.

Pero nuestros señores del buen vestir y buen vivir se autoeximen del denigrante adjetivo de ‘ladrones'; son ‘perseguidos políticos' y así lo declaran al entrar y salir de la Fiscalía Anticorrupción, rodeados de los mejores abogados que su mal ganado dinero puede pagar. Algunos ‘pusieron pies en polvorosa' desconfiando de doña Justicia, a la que acusan de haberse quitado la venda de los ojos para convertirse en una señora perseguidora, malvada y selectiva en sus juicios. Otros, confiados en históricos antecedentes de impunidad, se quedaron y a casi todos, hasta ahora, les ha resultado bien la jugada. Caso excepcional, el del expresidente Martinelli, quien confió en que su dorado refugio en Miami, con estatus de inversionista en tierras del Tío Sam, lo pondría a salvo. Al final le fallaron los cálculos, pero, como también es totalmente inocente (eso dice), espera salir triunfante de la reducida y espartana celda en que lo mantiene la justicia norteamericana para demostrar su total inocencia en la catarata de denuncias que tiene por cuanto delito le han endilgado sus enemigos políticos y personales. ¡Descaro mayúsculo!

Solo Rafael Guardia, a quien agradezco revelar la corrupción inimaginable que cobijaba el Programa de Ayuda Nacional (PAN), tuvo suficientes escrúpulos para aceptar sus delitos. Viendo lo que pasa aquí y en otras partes del mundo, puede uno pensar que el poder que da la política propicia el envilecimiento de la honestidad. Es como para preguntarse con toda seriedad si algunos llegan al poder con planes preconcebidos para robar o si es que el poder los corrompe. Con pesar confieso que me siento defraudada por una justicia que hasta ahora ha sido ‘mucho ruido y pocas nueces'. Mucha alharaca por el vandalaje en el PAN; puro triquitraque Financial Pacific (¿dónde está Vernon Ramos?); llamaradas de capullo los chanchullos de Cobranzas del Istmo; cero investigación de los 400 y tantos millones de dólares que manejaron a su antojo los diputados del Gobierno Martinelli; se volvió humo la investigación de los casi 15 millones de dólares en sucias triquiñuelas de varios diputados actuales. Y sigue cubierto por sospechosos silencios el mastodóntico caso de corrupción Odebrecht.

¿Tendremos la satisfacción de ver que la justicia trate por igual a los ladrones con dinero y ‘palanca', tan ladrones como los cacos ‘Pedro Navaja'? Por eso recordé estas líneas del escritor Sir Terry Pratchett (guardadas en mi cofre de ‘para algún día'): ‘Así que eso era todo, pensó. Jodida política otra vez. Siempre era la jodida política, o la jodida diplomacia. Jodidas mentiras en ropas elegantes. Una vez salías de las calles, los criminales simplemente se escurrían entre tus dedos'.

COMUNICADORA SOCIAL.