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18 de Oct de 2019

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Guillermo A. Cochez

Columnistas

Verdades del 20 de Diciembre de 1989

Sobre quienes pidieron la invasión norteamericana se han dicho muchas mentiras

Mucho se ha hablado de lo que ocurrió ese fatídico día de la innecesaria y destructora invasión de EE.UU. a Panamá, supuestamente para acabar con el poder de Noriega y las Fuerzas de Defensa (FF. DD.).

Participé directamente en las negociaciones que los norteamericanos hacían con Noriega para que, mediante un exilio dorado, saliera de la jefatura de las FF. DD. y diera espacio a un gobierno democrático. Michael Kosak era el enviado de ese país para concretar la salida del general, la cual era aceptada por él, pero no por su entorno, que prefería permaneciese en el poder, soñando que los gringos jamás le darían la espalda por los tantos servicios que le prestó a la CIA y al Pentágono. En EE.UU. ayudaban en este propósito Gabriel Lewis Galindo, antiguo aliado de los militares en tiempos del general Torrijos y José Isabel Blandón, cónsul de Panamá en Nueva York, que le había dado la espalda a los militares que tanto sirvió. Esta es la conclusión que corroboré en mis tantas conversaciones con el antiguo general antes de su muerte.

A nivel interno Noriega estaba cada vez más aislado. Desde el 16 de marzo de 1988, cuando un grupo de militares encabezado por el coronel Leónidas Macías lo había tratado de derrocar —donde participé apoyándolos— había dudas de la cohesión interna dentro de los cuarteles. Noriega no sabía en quién confiar. Igual ocurrió en octubre de 1989, cuando se da el golpe que dirige el mayor Moisés Giroldi —el mismo que abortó el golpe anterior—, que había muchísimos más oficiales involucrados de los que fueron asesinados por esa intentona. Era cuestión de meses la caída de Noriega de manos de los mismos militares, razón por la que la invasión hubiese podido ser evitada. Los norteamericanos pudieron haber arrestado solo a Noriega o simplemente apoyado algunos de los dos intentos de golpe que se dieron, y quizás no se hubiese derramado una sola gota de sangre, porque los que apoyaban a Noriega se hubiesen rendido.

Sobre quienes pidieron la invasión norteamericana se han dicho muchas mentiras. La decisión de invadir fue del presidente Bush y de más nadie. Aunque hubiese algún panameño que la hubiese pedido, los gringos hicieron lo que a ellos les vino en gana, sin tomar en consideración sugerencia alguna. De allí el desorden que se causó luego de la misma, con todos los saqueos que se dieron.

Esa noche, viviendo frente al aeropuerto de Paitilla, me percaté del bombardeo hacia los hangares donde había aviones militares. Lo primero que hice fue subir al apartamento de Billy Ford en el piso 6 del condominio Plazamar, donde yo vivía, para darme cuenta de que allí no había nadie. Arias Calderón no me contestaba el teléfono. A los dos días me enteré de que esa tarde, sin explicarles de qué se trataba, la Embajada de EE.UU. requirió de Guillermo Endara y sus compañeros de nómina para explicarles lo que horas después ocurriría. Ninguno se hubiese imaginado que ello pasaría.

Estando en la OEA en Washington meses antes, Ricardo Arias Calderón, delante de mí, se molestó con los diplomáticos norteamericanos Larry Eagleburger —posteriormente secretario de Estado— y Bernard Aronson, quienes sugirieron que, tras la caída de Noriega, debía instaurarse un Gobierno transitorio, encabezado por gente como el empresario J. J. Vallarino, presidente de la Coca Cola, a lo que Arias Calderón tajantemente dijo que no. Había que respetar la voluntad popular expresada en mayo de ese año, cuando abrumadoramente, 3 a 1, la oposición, encabezada por Endara, había barrido al PRD.

A veintiocho años de la invasión, lo peor que nos ha pasado, es que los gobernantes —me incluyo entre ellos— no supimos abonar el camino para profundizar la institucionalización democrática del país. Los pasos que hemos dado en esa dirección han sido corroidos por la excesiva corrupción que penosamente se ha ido entronizando en el país cada quinquenio presidencial.

Colapsado el sistema, nos corresponde ahora, con la mentalidad de estadista que nos ha faltado, emprender el camino hacia una nueva Constitución que nos dé las bases de la sólida democracia que hoy se requiere para evitar caer en los abismos de otros países, que se encuentra con tanta fragilidad.

ABOGADO Y POLÍTICO.