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22 de Oct de 2019

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Mireya Lasso

Columnistas

Que el nuevo año lectivo resulte productivo

Miles de estudiantes iniciarán el lunes un nuevo escaño en su preparación para enfrentar los retos de vida en su adultez.

Que el nuevo año lectivo resulte productivo

Miles de estudiantes iniciarán el lunes un nuevo escaño en su preparación para enfrentar los retos de vida en su adultez. Miles de docentes, nuevos y veteranos, se ubican esta semana en miles de centros educativos para organizar el material didáctico que desarrollarán en los próximos nueve meses. Miles de aulas, nuevas y reacondicionadas, estarán listas.

No todos los edificios escolares estarán listos para recibir a los estudiantes ni todos los docentes estarán en sus puestos. Falencias así son materia recurrente todos los años, pero lo importante es que este año se haya experimentado un notable esfuerzo por mejorar. Y que continúe sin pausa. No podemos, en justicia, culpar a las autoridades por retrasos, justificados o no, de las constructoras privadas encargadas de edificar las nuevas estructuras o reparar las derruidas; ni tampoco la posible falta de nombramientos debido a demoras burocráticas en la remisión oportuna de nombres de candidatos aprobados. Todo ello ha sido explicado por las autoridades educativas por respeto a la opinión pública, especialmente la de padres de familia afectados.

Pero, más que aspectos de infraestructura, corresponde resaltar la responsabilidad de los padres de familia en cuanto al aprovechamiento escolar de sus hijos: no es justo que los padres pretendan hacer descansar toda esa responsabilidad en los maestros. Hay quienes sin justificación así lo hacen, desvinculándose de su primordial deber como progenitores, ignorando que la crianza desde la cuna es fundamental para el desarrollo del carácter y personalidad del individuo. Sobre eso no hay duda alguna y es reprochable que padres que, pudiendo hacerlo, renuncien a esa obligación y culpen al sistema educativo por no llenar el espacio que abandonan. No es dado culpar a ningún docente por la violencia en las escuelas ni por el trato irrespetuoso a los maestros o a condiscípulos ni por los embarazos de niñas adolescentes. Los malos modales y falta de cortesía se aprenden desde el hogar.

No todos los padres se desvinculan por voluntad propia de este deber fundamental. Basta con pensar que hay madres y padres que sacrifican parte de sus limitados ingresos para costear una escuela privada que consideran mejor para sus hijos, o madres indígenas que se esfuerzan por enseñar a sus hijos la lengua heredada. O quienes se levantan a las tres o cuatro de la madrugada a preparar el desayuno y merienda de sus hijos y a alistarlos para la escuela; luego, todos a tomar un transporte público que los lleve a tiempo a sus escuelas y al trabajo. A media tarde los hijos regresan a sus casas, no ‘hogares', para permanecer horas a solas sin disciplina ni supervisión, mientras sus progenitores, sufriendo las vicisitudes de un infernal tráfico, solo pueden unírseles ya muy avanzada la noche. En esas circunstancias, ¿cómo puede un padre o madre, por mucho que así lo desease, complementar la tarea del docente, supervisando las asignaciones escolares?

Nos advierte el PNUD, desde hace buen tiempo, que ‘el crecimiento o el desarrollo de una sociedad no dependen de los recursos naturales, del tamaño del mercado, del ahorro, de la raza, de la geografía, de la religión ni de otros varios factores que se han propuesto como explicaciones más o menos categóricas. La verdadera riqueza de un país no se encuentra en las cosas materiales: la riqueza verdadera está en su gente'. Y el Cuarto Objetivo del Milenio señala que la educación es uno de los motores más poderosos y probados para garantizar el desarrollo sostenible.

Un año lectivo productivo es tarea conjunta de hogares y escuelas, porque formar personas es formar nuestro país.

EXDIPUTADA