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23 de Oct de 2019

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Ernesto A. Holder

Columnistas

‘Duelo. Memorias de una Invasión'

‘Un halo mordaz e incierto ha cubierto muchas verdades sobre la Invasión de 1989, sobre el patriotismo y la entrega de muchos [...]'

‘Duelo. Memorias de una Invasión'

Hay evidencias de que los primeros relatos sobre la vida y obra de un profeta identificado como Jesucristo, según los historiadores (no los religiosos), fueron escritos 40 o 50 años después de su crucifixión y ese periodo se extiende por aproximadamente 50 años; es decir, casi 90 años después del hecho. Sus seguidores fueron brutalmente perseguidos, por lo que debieron evitar ser visibles para sobrevivir. La semana pasada escuché una especie de burla irónica de un radiocomentarista sobre los relatos que se vienen recopilando sobre la Invasión del 20 de Diciembre de 1989. Cuidado con el irrespeto a la memoria de personas y al dolor de sus deudos. Las dudas con respeto.

Aplaudo la reciente publicación del colectivo de periodistas Concolón que, en alianza con la Comisión 20 de Diciembre de 1989, la Fundación Casa Santa Ana y el Centro Cultural de España, presentaron digitalmente la semana pasada: ‘Duelo. Memorias de una Invasión'. Hoy comparto algunos párrafos de mi experiencia, titulado: ‘Jack Shea y la Invasión de 1989', publicado anteriormente en este espacio.

Al mediodía del 19 de diciembre de 1989, salía de la sucursal del IRHE en Balboa, cuando sentí la necesidad de mirar hacia el cielo. Observé un avión militar Hércules C-141 que aterrizaba en dirección a la base área de Howard con un silencio anómalo.

Regresé a mi área de trabajo y me encontré con mi compañero y amigo ya fallecido, Jack Shea, un veterano camarógrafo de la guerra de Vietnam. Muchas personas no tomaban en serio a Jack. Era alcohólico, muchas veces impertinente y sufría internamente los dolores y desavenencias de la guerra que le tocó fotografiar y filmar. Había fotografiado los cadáveres de muchos de sus amigos que habían muerto en el campo de batalla.

Como siempre había ido a su casa a almorzar. Se asustó cuando, entre arbustos y matorrales alrededor de su casa, reconoció los cuerpos de soldados camuflados. Habían sido dispuestos para proteger a los americanos que vivían en el área.

Jack se acercó y se presentó como el sargento mayor retirado John Shea Jr., de la compañía tal más cual, del ejército de los Estados Unidos. Un teniente devolvió la presentación. Conversaron como camaradas de guerra y sentimientos y al despedirse le dijo a Jack que tuviera cuidado: ‘Tonight we are going to kick some ass' (‘Esta noche patearemos algunos culos').

Me dijo que no sabía qué iba a pasar, pero que también tuviera cuidado. Como a las 2:30 de la tarde, el supervisor gringo convocó una reunión urgente. Nos dijo en inglés: ‘Hagan lo que hagan hoy, no entren a la ciudad y no anden por la Central', y que nos retiráramos a nuestras casas.

Estos tres eventos (el H-C 141, el comentario de Jack y las indicaciones de mi supervisor norteamericano), más que cualquier otro evento, que había sucedido antes y que me permitió observar y analizar las reacciones de los gringos con los que trabajaba, me alertaron sobremanera de que en esta ocasión algo serio y muy grave estaba por ocurrir.

Sentí la urgente obligación de alertar a mis seres queridos. En un mundo sin correos electrónicos, computadoras ni celulares… hoy, parece una tarea verdaderamente difícil. Fui a la Universidad de Panamá y les compartí a apreciados amigos lo que había conocido minutos antes. Tres fueron receptivos, uno de ellos mostró escepticismo. Hice dos llamadas, una de las cuales tenía la intención de alertar a muchas personas, con el fin de evitar algún suceso inesperado. La otra tenía el potencial de expandir el mensaje por Santa Ana, lugar en donde pasé algunas épocas de mi vida.

Un halo mordaz e incierto ha cubierto muchas verdades sobre la Invasión de 1989, sobre el patriotismo y la entrega de muchos de los que lucharon y se expusieron por el país. Sobre los que perdieron seres queridos. Hay muchas historias muy dolorosas que no tienen nada que ver con Noriega. Aún persiste un desdén por los que vieron la Invasión como una ocupación extranjera a nuestro territorio.

Jack Shea quiso mucho a Panamá. Nunca hubiera querido que el dolor de la guerra, el sufrimiento y los fantasmas que él sufrió hasta su muerte, acecharan a la familia panameña. ‘Duelo. Memorias de una Invasión' es un paso importante para aplacar el dolor y evitar el olvido.

COMUNICADOR SOCIAL.