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17 de Oct de 2019

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Julio Yao Villalaz

Columnistas

Navidad: tregua, pundonor y cobardía

En la Navidad del 24 de diciembre de 1914 (I Guerra Mundial), tropas alemanas decoraron sus trincheras y empezaron a cantar ‘Stille Nacht

En la Navidad del 24 de diciembre de 1914 (I Guerra Mundial), tropas alemanas decoraron sus trincheras y empezaron a cantar ‘Stille Nacht, heilige Nacht' (‘Noche de paz, noche de amor'). En las trincheras contrarias, los ingleses respondieron con la misma melodía en inglés, ‘Silent Night, holy night'. Como si fueran viejos conocidos, las tropas enemigas abandonaron sus trincheras, se entrecruzaron saludos navideños, se abrazaron e intercambiaron regalos: cerillos, golosinas, cigarrillos y whiskey, en una imaginaria zona desmilitarizada. Hasta jugaron fútbol esa noche (ganaron los alemanes 3-2). Los altos mandos de Alemania y Gran Bretaña no estaban, por supuesto, de acuerdo con esta insólita conducta, escandalizados con una paz que ellos no habían autorizado.

Como si se hubiera pactado una tregua, se silenciaron los cañones y hablaron los corazones. Todos se fundieron en ese mágico instante en una sola hermandad. ¡Admirable gesto que pone de relieve cuán humanos podemos ser cuando nos ponemos por encima de las diferencias que artificialmente nos separan y contraponen!

Los combatientes atendieron a sus respectivos heridos y enterraron a sus muertos con iguales ritos, ya que todos eran cristianos.

Durante la invasión a Panamá del 20 de Diciembre de 1989, hubo actos heroicos por parte de panameños, según muchos testimonios que llegaron a mis manos (y que ya no están en mi poder) entre 1990 y 1994.

Algunas declaraciones del jefe de escolta del general Manuel Antonio Noriega, Asunción Eliécer Gaitán, dieron cuenta del escenario patético en que un puñado de militares y civiles valientemente lucharon contra el enemigo más poderoso de la Historia desde Vietnam.

La invasión a Panamá —que no tenía fuerza aérea, terrestre, naval o radares siquiera y estaba dividido y desarmado de antemano por la inteligencia del Pentágono— es el acto genocida más cobarde e injustificado de la historia contemporánea por parte de la única potencia que ha lanzado bombas atómicas genocidas (Hiroshima y Nagasaki).

En la noche del 19 de diciembre de 1989, cuando los invasores atacaron (11:50 p. m.) a la Infantería de Marina, en Coco Solo, Colón, se produjo un acto heroico sin precedentes en nuestra historia nacional.

Luego de iniciarse la refriega entre panameños (cuyas armas habían sido retiradas por saboteadores internos) y los invasores, el alférez Manuel de Jesús Castillo, teniente de Fragata de la Infantería de Marina, al mando de la patrullera P302 (‘Ligia Elena'), puso a salvo en varios viajes a un centenar de sus compañeros. El teniente Castillo estaba en el puesto más peligroso de la lancha, exponiéndose a una copiosa ráfaga de balas. Finalmente, a Manuel de Jesús (se puede decir que a Jesús) lo mataron por la espalda.

Los invasores, en reconocimiento del heroísmo del teniente Castillo, lo cubrieron con la bandera nacional de Panamá y le rindieron un homenaje dentro de la lancha. Pese a la inhumanidad de la invasión, al menos esta vez, hubo pundonor militar.

Donde no hubo pundonor militar alguno fue en otro incidente exactamente a las misma hora, el mismo día 19 y en parecidas circunstancias, en el cual participó también heroicamente otro teniente de las Fuerzas de Defensa.

La primera acción de la invasión consistía en apoderarse del Aeropuerto de Paitilla para evitar que el general Noriega huyese en su avión. EUA asignó a sus Operaciones Especiales, los Navy Seals. Con la ventaja de conservar aún sus bases en Panamá desde 1903, el Gobierno estadounidense había estudiado minuciosamente y con antelación durante dos años los objetivos de la invasión.

Sin embargo, tras una primera alerta de un guardia de seguridad, algunos militares, bajo el también teniente Octavio Rodríguez Garrido, de 28 años de edad, le infligieron la más ignominiosa derrota que han sufrido los Seals en toda su historia (tuvieron 18 bajas), como lo reconoció públicamente uno de los dos jefes de la invasión, el general Marc Cisneros.

Estando el teniente Rodríguez en tratativas (o tregua) con los sobrevivientes de los Seals para evitar un mayor derramamiento de sangre, los invasores le dieron unos veinte balazos aproximadamente, en un instante que les dio la espalda.

Por ello, sin excluir a otros candidatos, propongo que a los tenientes Manuel de Jesús Castillo y Octavio Rodríguez Garrido, asesinados cobardemente en imperdonable genocidio, sean reconocidos como auténticos Héroes de la Patria. Al primero, por combatir heroicamente y salvar de una muerte segura a sus compañeros indefensos. Al segundo, por derrotar a las fuerzas élites de Estados Unidos.

Necesitamos exaltar ante las presentes y futuras generaciones a quienes han sido y son ejemplos de sacrificio, solidaridad, dignidad y patriotismo.

Sobreabundan en Panamá calles, avenidas, bustos, estatuas y monumentos en honor de quienes no son sino delincuentes, traficantes, venales, corruptos y vendepatrias. ¡Basta ya de tanto engaño e hipocresía!

EL AUTOR ES ANALISTA INTERNACIONAL Y EX ASESOR DE POLÍTICA EXTERIOR.