Panamá,25º

20 de Nov de 2019

Avatar del Ramón Fonseca Mora

Ramón Fonseca Mora

Columnistas

Carta a Rosa María

En los últimos tiempos nos vimos poco, y lo lamento. Yo, enredado en mis rollos en los que siempre me apoyaste, y tú dedicada a tus mil faenas, cual hormiguita que trabajaba sin cesar

Querida amiga: Ya no estás… ¡La verdad es que es muy difícil aceptarlo! No puedo ya llamarte ni escribirte por WhatsApp sabiendo que me responderías al instante, como siempre hiciste. No podré felicitarte ya por tu cumpleaños, como lo hiciste tú con el mío en los días de tu muerte. En fin, tendré solo el recurso de comunicarme contigo a través de la oración, porque sé que estás allá arriba, conversando con PapaDios y con tus amigos que te antecedieron en ese salto monumental al otro lado que se llama muerte.

Me atrevo a llamarte ‘amiga', aunque la mayor parte de esa amistad fue de ti para mí. Tus valiosos consejos literarios guiaron mis pasos y me animaron a seguir adelante. Cuando regresé de mis siete largos años fuera de mi Panamá, te pedí que leyeras un mamotreto escrito en mis horas de soledad entre las montañas suizas de ochocientas páginas antes de lanzarlo al Miró. Lo primero que me dijiste fue: ‘¡Córtalo por la mitad!'. ‘¿Por qué?', protesté yo, indignado. ‘Porque ningún jurado va a leer 800 páginas…'. ¡Y tenías razón! Lo mandé con sus casi mil páginas, y me devolvieron los originales casi sin tocar. Al año siguiente lo corté por la mitad, como sugeriste, y gané el concurso. Como siempre, habías acertado.

En los últimos tiempos nos vimos poco, y lo lamento. Yo, enredado en mis rollos en los que siempre me apoyaste, y tú dedicada a tus mil faenas, cual hormiguita que trabajaba sin cesar. ¿Qué hubiera sido de nuestra Biblioteca Nacional sin tus esfuerzos? ¿Del Hospital Oncológico? ¿De tus pacientes mujeres, de las cuales, además de doctora, eras amiga y confidente? Y, lo más importante para mí, ¿de nuestra literatura sin ese fluir incesante de tus libros maravillosos? Escribiste de manera especial. Era fácil imaginar tus personajes, de todos los gustos y colores. Y tus tramas eran tan humanas y ciertas, que parecía que los habías vivido tú en carne propia. Quizás algunas de ellas sí; una novela o cuento es como un sancocho en el cual flotan pedazos de verdad y de ficción.

Atesoro en mis recuerdos nuestros almuerzos literarios, con nuestros compañeros de la pluma, en donde nos contabas mil anécdotas de tu vida, las que escuchábamos con atención, como niños al profesor. Recuerdo entre muchas aquella en que nos relataste que fuiste a darles una charla a los Bomberos sobre el cáncer y enfermedades en el aparato genital masculino, y que había que examinarse una vez al año el pene para ver si existía cualquier anormalidad. Alguien en la sala te preguntó si lo hacías y cuándo podrías, y tú, tan espontánea como eres, respondiste que después de la charla examinarías con gusto a quien quisiera. Consecuencia: ¡una larga fila al final de la conferencia con casi todos los bomberos presentes! Y cumpliste, haciendo que cada uno se bajara el pantalón para que lo examinaras.

Estoy triste porque te fuiste, Rosa María. Ya no podré hablarte ni consultarte sobre los mamotretos que estoy escribiendo ni sobre lo que sucede en mi vida. Pero, mi tristeza es por mí —egoísta—, y no por ti. Debes estar en ese lugar maravilloso a donde van las almas buenas; feliz y sin ya las complicaciones de una vida ajetreada. Gozando de la placidez y tranquilidad que se consigue con una vida de provecho y de dar a los demás. Te envidio… Nuestra tristeza es porque nos quedamos sin esa persona que nos escuchaba, atendía y entendía. Nos animabas a seguir adelante y nos criticabas directo, sin rodeos, cuando veías algo malo, ya sea en nuestros escritos o en nuestra vida.

Por favor, convoca en el cielo nuestros almuerzos de tertulia literaria. Algunos todavía no podremos asistir, pero ya hay alguno que sí te acompaña. La falta que haces no la llenará nadie. Pocas personas hay como tú. Y tuve la enorme suerte de encontrarte en mi caminar. Invita en el cielo a quienes quieran ser examinados, y ponlos en una fila —San Pedro de primero— y haz lo que siempre te ha gustado hacer: ayudar a los demás. Descansa en paz, hermana en letras.

Tu siempre amigo,

Yike

ESCRITOR