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20 de Nov de 2019

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Columnistas

El suicidio asedia

La activa tranquilidad del centro comercial fue rota por un grito: “¡Se va a tirar, agárrenla!”; e inmediatamente los ojos se volvieron hacia el lugar de la conmoción, en el segundo piso y cerca de las escaleras de cinta.

La activa tranquilidad del centro comercial fue rota por un grito: “¡Se va a tirar, agárrenla!”; e inmediatamente los ojos se volvieron hacia el lugar de la conmoción, en el segundo piso y cerca de las escaleras de cinta. Unos agentes locales de seguridad se abalanzaron hacia una persona que intentaba lanzarse por encima de la baranda y lograron en medio del griterío, impedir que cumpliera sus propósitos. La condujeron hacia un lado y trataron de calmarla.

Era una joven que estaba acompañada de otras. Fueron estas las que dieron la voz de alarma cuando notaron que ella había dejado sus paquetes en el piso y agarrado con fuerza el borde del balcón para impulsarse. Los uniformados pudieron dominarla mientras llegaba un vehículo policial que se la llevó. Este evento se produjo justamente el día que un hombre se precipitó desde alturas del metro en una concurrida vía y puso fin a su vida.

Algunos medios de comunicación y las redes sociales han generado gran conmoción morbosa con el caso del joven suicida del metro. Otros, han revisado las estadísticas de esta variable mortal y las han mencionado sin mayor profundidad.

Hay algo que llama la atención en estos indicadores estadísticos. En 2018 hubo 29 individuos que atentaron contra su vida con éxito; mientras que, al iniciar septiembre de 2019, dicho número ha aumentado casi un tercio, a 43.

Que alguien ponga fin a su existencia, es una decisión personal; pero impulsada por diferentes factores externos. Es una decisión que, a veces, supone una amplia y profunda cavilación. Diría Emile Durkheim, “el ser se ve continuamente desbordado, ahogado, agobiado por la realidad colectiva”. Es, según opinara el escritor francés Albert Camus, en “El mito de Sísifo”, la salida filosófica a cualquiera situación existencial.

Lo plantea así: “Uno hace la rutina de su vida diaria: despertarse, bañarse, ir a trabajar, comer, salir al tráfico, llegar a su casa, dormir, repetir. Hasta que un buen día “despierta” y se pregunta: ¿Es posible encontrarle un sentido al curso con el que llevamos nuestras vidas?, ¿por qué quiero ganar más dinero?, ¿por qué quiero enamorarme?, ¿por qué quiero ser feliz? Cualquiera de las respuestas va a ser en un momento de crisis, insatisfactoria”.

Y de allí viene la decisión. Acabar con el contexto de los problemas; la propia vida que debe terminar para detener la angustia. Al parecer, el hombre del metro en San Miguelito dejó una nota y en su lectura aparecen precisamente estos elementos que Camus menciona. Una profunda pena consigo, es el detonante que impulsa la acción fatal contra su naturaleza. “…Un problema filosófico verdaderamente serio”.

Esta compulsión de acometer contra sí no es actual. Sócrates la repudió y daba a la divinidad tal facultad y determinación. Platón y Aristóteles justificaron en ciertas circunstancias este impulso. Este último opinó que “tomando la vida propia para evitar la pobreza, el deseo o el dolor es inhumano… o muy cobarde…” Según Durkheim, “la sociedad desarrolla fuerzas reales que determinan la conducta del ser humano”.

En 2018 el Ministerio de Salud, pese a los bajos niveles de ocurrencia, llamó la atención y consideró que era un referente de salud pública; se hacía necesario establecer una estrategia institucional. La diferencia en cantidad de suicidios para 2019, demuestra la razón de este diagnóstico de amplia repercusión social. Es más preocupante cuando apreciamos que el rango de edades que va de 18 a 34, constituye el 44.2 % de estas muertes.

Sociólogos, trabajadores sociales y centros de salud deben reforzar sus planes frente a este mal que se cierne sobre la sociedad y que se acrecienta cuando ocurre en periodos de intranquilidad. Las alarmas están encendidas y se requieren compromisos serios contra esa enfermedad social.

Periodista