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12 de Dec de 2019

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Rafael Carlesrcarles@cableonda.net

Columnistas

VarelaLeaks y la verdad

“[...] cuando decimos la verdad, es bueno para nosotros y también para que el país sea exitoso y económicamente más desarrollado”

Mucho se ha escrito esta semana sobre los VarelaLeaks. En nuestra opinión, no se trata únicamente de unos meros mensajes telefónicos, sino de un hallazgo que reitera la crisis que existe en el país. Ya no es asunto de percepción, sino de una realidad. El mismo Varela ha validado la autenticidad de los mensajes y en el camino ha involucrado a un número plural de políticos, empresarios, diplomáticos, funcionarios y representantes de la sociedad. Y lo único que nos puede salvar de esta crisis es regresar a lo básico y comenzar a practicar valores y principios.

Hace unos días, luego de escribir sobre otra crisis, la que atraviesa la Comisión Nacional Pro Valores Cívicos y Morales, sostuvimos una acalorada conversación con miembros de un club cívico sobre cuál es el principal valor que necesitamos para adecentar al país, y con ligereza me decían que es el respeto. Pero les reiteramos que por experiencia propia y formación en la escuela y el hogar, el primero y más importante de todos los valores es la verdad, porque sin la verdad no hay confianza y mucho menos respeto.

Por consiguiente, los VarelaLeaks han puesto de manifiesto una cultura de la mentira que representa un grave peligro, porque no solo amenaza contra la institucionalidad, sino también contra la economía nacional y la confianza en el mercado. Hay evidencia sustancial de que si un Gobierno está lleno de mentiras y su accionar se extiende al resto de la sociedad, la espiral de deshonestidad reducirá el crecimiento económico y las posibilidades de desarrollo de un país. La razón central es básica: un entorno generado por un flujo constante de mentiras es como una nube oscura sobre la realidad, en la que las empresas no pueden planificar de manera efectiva cuando no saben en quién o en qué se puede confiar.

Como panameños nos debemos preguntar en qué medida este clima de mentira y desconfianza afecta a la economía nacional. No estamos seguros de que tengamos respuestas precisas, pero, en términos generales, sabemos que entre más honestidad tienen las autoridades en el manejo de la cosa pública, más certeza tienen los empresarios de invertir y hacer las cosas correctamente. Y viceversa.

“[...] los VarelaLeaks han puesto de manifiesto una cultura de la mentira que representa un grave peligro”

Lamentablemente, la honestidad en el círculo panameño no es precisamente uno de nuestros atributos, y eso hay que cambiarlo. Hubo tiempos en que había funcionarios decentes en que se podía confiar, presidentes como Harmodio Arias y Ernesto de la Guardia, y ministros como Rubén Darío Carles, cuyas acciones reflejaban un compromiso con la verdad y nada más. Decir la verdad siempre promueve la confianza y la confianza es la llave para abrir puertas, aclarar panoramas, permitir consensos y crear valor. En su libro “La confianza”, Francis Fukuyama explica claramente el papel de dicho capital social en la producción del éxito económico.

Reiteramos, los VarelaLeaks expresan un escenario de atrapados sin salida, porque vivimos en un país de mentiras. Argumentar que los mensajes fueron obtenidos de forma ilegal y que trastocan la intimidad de personas nos llevaría a una reflexión incompleta del problema. Porque si desde un inicio se hubiera dicho la verdad y el presidente Varela hubiera sido transparente en su gestión, ninguno de esos mensajes hubiera generado caudal noticioso ni causado impacto en la privacidad de los mencionados. Pero dado que los mismos se engendraron en un ambiente de oscurantismo y dentro de un dispositivo que pertenecía a una figura pública, no solo deben ser sujeto de publicación, sino que además sirven para recomendar que en el futuro todas las grabaciones telefónicas del presidente y sus ministros sean grabadas.

Vale la pena recordar cuando Chinchorro Carles en 1956, siendo ministro de Hacienda y Tesoro, publicó una lista de personas que no habían pagado impuestos y en la que se encontraba el nombre del presidente De la Guardia. Pero la diferencia está en que entonces, el presidente llamó a Carles y le dijo: “Buen trabajo, ministro, esta misma tarde envío a pagar mi parte y, por favor, siga con las publicaciones hasta que todos hayan pagado lo que deben”.

Esa narrativa de la honestidad panameña es fundamental para sugerir un cambio definitivo en el país, hacia una cultura que produzca transformaciones profundas a largo plazo. Recomendamos, aparte de leer a Fukuyama, que todos los panameños comencemos por decir la verdad. Y, aunque duela, digamos la verdad, porque, tarde o temprano, siempre se sabrá. Además, cuando decimos la verdad, es bueno para nosotros y también para que el país sea exitoso y económicamente más desarrollado.

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