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06 de Aug de 2020

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Mariela Sagel

Columnistas

En el mismo barco

“En [...] Guadalajara [...], se realizó un evento inédito: la presentación del libro del ex presidente de Colombia, Juan M. Santos [...], (en diálogo con Timochenko)”

Guadalajara, Jalisco, México.— En la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), que cierra hoy su versión 33 y que ha tenido de país invitado a India, se realizó un evento inédito: la presentación del libro del ex presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, titulado “La batalla por la paz ” en diálogo con Rodrigo Londoño, que en sus años de jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) llevó el alias de Timochenko, y moderado por las sagaz y aguda periodista mexicana Carmen Aristegui. La sala estaba a rebosar, hasta Mario Vargas Llosa se quedó a escucharla (el evento inmediatamente anterior había sido la conmemoración de los 50 años de la publicación de “Conversación en la catedral”) y estuvieron presentes las máximas autoridades de la FIL y de Jalisco. Incluso el senador colombiano Iván Zepeda estaba presente.

No hay duda de que Santos es un orador erudito y brillante, contrario a Timochenko, muy sincero y sencillo en su forma de expresarse. Parte de los asistentes, de todas las tendencias, explotó en aplausos cuando el ex jefe guerrillero inició dando las gracias a Hugo Chávez por ser el gestor de los diálogos de paz. La otra parte abucheó. Más adelante, en el desarrollo de la presentación, el mismo presidente Santos contó una anécdota muy simpática sobre su encuentro con Chávez una vez asumió la presidencia, habiendo sido enemigos acérrimos cuando éste era Ministro de Defensa de Colombia y las relaciones con la vecina Venezuela se fueron yendo por el despeñadero.

Bajo la hábil conducción de Carmen Aristegui ambos personajes, que jugaron un rol tan importante en los acuerdos de paz alcanzados en 2016, —que después fueron rechazados por estrecho margen en un referéndum—, relataron cómo llegaron a entenderse y lograr ponerse de acuerdo, si hasta entonces ambos querían acabar con la vida del otro, y así lo repitieron. Desgranaron las interminables reuniones en La Habana, el gran apoyo que prestó Noruega y la campaña que hicieron en contra de los acuerdos los pastores evangélicos y los curas católicos. Incluso Santos contó que, durante la modificación de los textos, que posterior a la derrota en el referéndum fueron al congreso, los altos jerarcas religiosos reconocieron que habían hecho una campaña en contra de la trillada “ideología de género” que no estaba contemplada y que ellos se dejaron llevar por la ceguera y venganza del expresidente Álvaro Uribe. Cuando los acuerdos fueron modificados, el 98 % de los cambios solicitados por quienes los adversaban fueron aceptados.

“[...] Santos es un orador erudito y brillante, contrario a Timochenko, muy sincero y sencillo [...]”

Entre uno y otro, enemigos y políticos antagónicos en el pasado y ahora aliados en busca de paz para un país que ha sufrido más de 50 años de violencia, se explicó en detalle la razón de lograr acuerdos que fueran garantía para todos. Timochenko relató cómo operaban ellos (estuvo 40 años en la guerrilla) y hasta los dispositivos que usaban, algunos que nunca fueron detectados por las fuerzas de seguridad o los gringos que apoyaban. De igual forma cómo fueron asesinados algunos de sus dirigentes, que pudieron detectarlos por “chips” que les colocaban en sus botas sus propios parientes.

En un momento de la presentación, que se extendió por más de la hora y media estipulada en el programa y enriquecida por preguntas de los asistentes, la mayoría de ellas relacionadas a cómo acabar con el tráfico de drogas, la relación de las FARC con los cárteles colombianos y temas vinculantes, Juan Manuel Santos dijo que cuando ya se habían dejado de odiar él y Timochenko le había dicho que ambos estaban “en el mismo barco” y que por tal razón ese día, en el pabellón infantil había comprado un libro con ese título y que se lo daba para su pequeño hijo (después de abandonar la guerrilla Londoño formó una pareja y tuvo un hijo). Se levantó y fue a entregárselo y al jefe guerrillero se le saltaron las lágrimas (y a algunos de los presentes también). Ya superada la emoción, Timochenko le entregó a Santos un pin con el logo del partido que formaron, que es una rosa roja, con la advertencia de que se la daba blanca por el significado que el color tiene para los propósitos de paz. El expresidente también se emocionó y le dijo que por obvias razones él no podría ponerse ese pin en la solapa pero que se aseguraría de que su nieta (la pareja Santos está estrenando nieta) lo llevaría algún día. De igual forma, ante la pregunta de Aristegui sobre conversar con Uribe, insistió que de todas las formas posibles le ha hecho saber al también expresidente sus intenciones de doblegar esfuerzos para conseguir que los acuerdos se cumplan. Abordó el asunto de las protestas que se están dando en Colombia como saludables, quizás las primeras que se dan por temas ajenos a la violencia que ensangrentó a ese país por más de medio siglo.

Fue un diálogo inolvidable, una presentación aleccionadora y una reiteración sobre cómo alcanzar la paz sin violencia.

Arquitecta