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15 de Jul de 2020

Fernando Pascual

Columnistas

Cuando empieza una epidemia

Cuando empieza una epidemia o una pandemia, las reacciones son muchas. Algunos se preguntan por sus causas. Otros miran hacia el futuro para intuir cuándo terminará.

Cuando empieza una epidemia o una pandemia, las reacciones son muchas. Algunos se preguntan por sus causas. Otros miran hacia el futuro para intuir cuándo terminará. Otros creen que no será para tanto. Otros viven en una alarma continua. No faltan los que aprovechan para criticar a los políticos, a los banqueros, o incluso a algunos grupos sociales.

La lista de reacciones manifiesta la diversidad de aspectos que rodean a ese hecho dramático cuando explota ante nuestros ojos: una nueva epidemia. También manifiesta los diferentes modos de pensar y de sentir de la gente.

Los datos están ahí, ante nuestros ojos: las estadísticas disparan las alarmas. Los hospitales no consiguen atender a todos. Los médicos y los enfermeros sucumben al estrés, incluso quedan contagiados.

Ante la epidemia, muchos perciben con especial fuerza el dramatismo de la existencia humana: nacemos frágiles, estamos sometidos a los elementos, podemos sucumbir ante un virus o una bacteria (del pasado o del presente), ante un terremoto o una sequía desastrosa.

Ese dramatismo no deja de ser verdad en los días “normales”. Sin epidemias, miles de seres humanos fallecen en accidentes, o por gripes recurrentes, o por hambres incomprensibles, o por guerras absurdas en un mundo que parecía haber aprendido algo de los terribles conflictos armados del pasado.

Pero las epidemias encienden los focos ante lo misterioso y frágil de nuestra existencia. A pesar de los avances científicos, a pesar de los millones destinados a la salud, a pesar de los hospitales dotados de aparatos ultramodernos, basta un nuevo virus para que el miedo paralice a los Gobiernos y a la gente de la calle, y para que miles de personas queden tocadas por la enfermedad y la muerte.

Al mismo tiempo, las epidemias ponen a la luz lo mejor y lo peor de nuestros corazones. Es cierto que algunos sucumben al egoísmo y hacen todo lo posible por salvarse, incluso a costa del bien común. Pero son muchos, más de los que imaginamos, que dedican su trabajo, sus manos, su mente, para buscar soluciones, para atender a los enfermos, para paliar los daños, para afrontar la emergencia con solidaridad y amor auténtico.

Cuando empieza una epidemia, hay regiones, Estados, incluso continentes, que ven de repente las consecuencias de la parálisis, los daños en las industrias, las insuficiencias de los sistemas de abastecimiento. Todo queda como colapsado, mientras el virus avanza y avanza de un modo sorprendentemente dañino, sin distinguir entre ricos y pobres, entre famosos y encarcelados, entre niños, jóvenes, adultos o ancianos.

Para tantas personas, la epidemia invita a renovar la confianza en Dios, a comprometerse en el servicio, incluso heroico, a los otros, a la espera auténtica en la vida eterna. Porque, entre otras cosas, una epidemia desvela radicalmente que no tenemos aquí ciudad permanente, sino que estamos en camino hacia la futura… (cf. Carta a los Hebreos 13,14).

Sacerdote y filósofo.