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02 de Jun de 2020

Víctor Paz

Columnistas

Por un pedazo de felicidad ajena y efímera

Hay un juego de palabras simples, que pueden complicarle la vida a cualquier persona: éxito, triunfo y felicidad. Nuestra sociedad se ha vuelto tan visceralmente competitiva que estas tres palabras se usan como sinónimos; y le enredan la vida a más de una persona.

Hay un juego de palabras simples, que pueden complicarle la vida a cualquier persona: éxito, triunfo y felicidad. Nuestra sociedad se ha vuelto tan visceralmente competitiva que estas tres palabras se usan como sinónimos; y le enredan la vida a más de una persona. Empezaré este análisis desde el más etéreo de estos conceptos: la felicidad. Nuestra sociedad suele ubicar a la “felicidad” en un punto indeterminado entre el vicio y la estupidez. Sin embargo, muy lejos de todo lo que aparenta, hay que tener un carácter muy fuerte para decidirse a vivir feliz.

Mucha gente considera que el éxito es la clave de la felicidad, porque así nos lo hicieron creer desde que éramos chicos. Sin embargo, he tratado individuos que se autoproclaman “exitosos”, pero no son felices. Personas que buscan “el éxito” solo para suplir la apreciación externa. Adquieren compromisos temerarios, apenas para mantener un estatus de vida que les genere aprobación social, o las felicitaciones de un jefe u organización.

Olvidan que el éxito es una percepción del individuo para consigo mismo, y lo reemplazan por la percepción del individuo para con lo que piensen los demás sobre sí mismo. Digamos pues, que usted puede considerar que ha tenido éxito, independientemente a lo que opinen sus vecinos, amigos o jefes. El éxito depende del individuo y de cómo se sienta. Conozco gente que se siente exitosa, y vive totalmente al margen de las portadas y normas. Estas personas triunfaron sobre sus propios complejos y temores sociales.

Otra cosa es el “triunfo”. Mucha gente lo suma a la ecuación como si fuera sinónimo, enredando aún más las cosas. Sin embargo, dado el alto carácter competitivo de nuestra sociedad, es imprescindible en su mecánica disfuncional. Desde chicos nos fomentan “la competencia” como un factor distintivo. Nos dicen que si triunfamos en la “competencia” tendremos éxito; y con el éxito seremos felices. Pero, como dije anteriormente, el éxito es un tema de percepción interior, el triunfo no. El triunfo depende de que usted supere algo (una situación) o a alguien (un contendor). Es decir, el éxito y la felicidad que provienen del triunfo están supeditados a un factor externo, y no necesariamente a su visión interior personal.

En consecuencia, usted podría triunfar sin sentirse exitoso ni feliz. Por eso, esta sociedad está llena de triunfadores pírricos; léase, ganadores que se sienten derrotados. El único consuelo para algo así es desarrollar adición a la competencia. Entonces la persona se vuelve tan infeliz como innecesariamente ambiciosa.

Usted puede considerarse una persona de éxito y ser feliz, sin necesidad de competir ni de triunfar sobre nadie aparte de sí mismo. Entendiendo que la felicidad real, es aquella que nace del conocimiento y la superación personal. Decidirse a ser verdaderamente feliz (más allá de lo esotérico y “new age” que parezca) es un acto de amor propio durante el ejercicio maduro y responsable del libre albedrío. Dicho de otra forma, es la persona empoderándose de su propia vida. Luego, como consecuencia de la aceptación personal en cascada, habrá de surgir naturalmente la tolerancia y el bien social que nos arrancarán de las fauces del tercer mundo. Mientras esto no ocurra, seguiremos teniendo una sociedad llena de gente frustrada, compitiendo adictiva, salvaje y compulsivamente por un pedazo de felicidad ajena y efímera.

Ingeniero en Sistemas.