17 de Sep de 2021

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Rafael Carles

Columnistas

Sabemos tanto, que sabemos nada

“[…] siempre habrá espacio para el conocimiento, algunos más que otros, incluyendo conceptos básicos de aritmética, resolución de problemas y sentido común”

La presión del hombre moderno de acumular cantidades aún mayores de conocimiento parece no tener límites. No importa cuál sea su valor, calidad o propósito, hace pensar que cualquier aumento en el conocimiento es, en sí mismo, algo bueno.

El consumo de conocimientos ha adquirido un carácter casi sagrado, aunque no siempre fue así. Un califa, obedeciendo lo que concibió la voluntad de Allah, quemó la biblioteca de Alejandría, y muchos pensadores cristianos compartieron la opinión de San Ambrosio de que “discutir la naturaleza y la posición de la Tierra no nos ayuda en nuestra vida por venir”. Pero en la sociedad moderna, el conocimiento es poder; connota seguridad además de prestigio, y el hombre que no sabe nada es verdaderamente un ilota.

Sin embargo, el conocimiento que se desea en estos tiempos tiende a ser muy diferente del buscado en épocas anteriores, especialmente si vemos que el aumento de conocimiento en algunos los ha llevado a una disminución de la racionalidad. Y usando un criterio elemental, podemos decir que existen cinco tipos de conocimiento: 1) conocimiento práctico; 2) conocimiento intelectual; 3) conocimiento que invoca curiosidad, entretenimiento o estimulación emocional; 4) conocimiento espiritual o religioso; y 5) conocimiento no deseado, adquirido accidentalmente.

Esta es una clasificación útil y puede ayudarnos a realizar una evaluación del conocimiento adquirido en torno a la calidad de nuestra cultura. Por ejemplo, un análisis del contenido de los siete periódicos locales del miércoles pasado refleja un conocimiento transmitido (sin incluir anuncios) en 15 % práctico, 20 % intelectual, 30 % entretenimiento y 35 % no deseado. Igualmente, una hora de transmisión televisiva de una serie de noticieros vespertinos locales del mismo día muestran que el 5 % se dedicó a conocimiento práctico, 10 % intelectual, 40 % entretenimiento y el 45 % no deseado. Pero por qué sorprendernos, si uno podría tener la tentación de escribir sobre la calidad de nuestra cultura y señalar que las ventas de tarjetas de celulares el año pasado representaron más del doble de las ventas de frutas y verduras, y seiscientas veces más el presupuesto asignado por el Estado para mantener y promover museos.

No obstante, si quisiéramos entender más a fondo sobre el impacto del conocimiento en nuestras vidas, estamos obligados a calcular su contribución en los diversos sectores de la actividad económica. Por ejemplo, las ocupaciones que producen conocimiento aumentaron mundialmente del 10 % de la población activa en 1900 al 30 % en 1960 y saltaron al 70 % en 2000. Igualmente, en 1920, el 60 % de la fuerza laboral panameña estaba empleada en la agricultura y para el 2000 esa proporción había caído a menos del 15 %.

También es importante conocer sobre la contribución del conocimiento al PIB. En el libro “La producción y distribución del conocimiento” de Fritz Machlup y publicado en 1963, se cuantificó por primera vez que el conocimiento en EE. UU., en 1958, representaba la asombrosa cifra de $136 436 millones, siendo el 44 % en educación, el 8 % en investigación y desarrollo, el 28 % en medios de comunicación y el 20 % en máquinas y servicios de información. Es decir, más de la mitad del PIB era producido por la industria del conocimiento.

Igualmente, si analizamos las cifras desde 1960 en adelante, vemos que la producción de conocimiento aumentó en un 9 % anual, mientras que la de otros bienes y servicios subió solo un 3 %. Incluso, algunas ramas del conocimiento crecieron mucho más rápido que el resto de la industria. Así, computadoras electrónicas y telefonía digital tuvieron tasas de crecimiento de dos y hasta tres dígitos durante varios años a lo largo del último medio siglo.

Pero este desbordamiento de conocimiento merece un examen más crítico por parte de todos. Debemos preguntarnos si el aumento de estos tipos variados de conocimiento nos ha hecho más felices o sabios, si ha enriquecido o empobrecido la calidad de nuestras vidas, si el aumento de conocimiento intelectual vino acompañado de un aumento de conocimiento práctico y si en el camino se ha ensanchado la brecha entre los que saben y no saben. Porque ahora que tenemos este aumento de conocimiento y sabemos sobre su calidad, sería bueno recordar el pensamiento de Freud: “la protección contra los estímulos es una función casi más importante para el organismo vivo que la recepción de estímulos”.

Nuestra predicción es que siempre habrá espacio para el conocimiento, algunos más que otros, incluyendo conceptos básicos de aritmética, resolución de problemas y sentido común. Pero esta predicción, no obstante, tiene una condición obvia y es que la capacidad de nuestro sistema educativo vaya de la mano con la disponibilidad de nuestra fuerza laboral para producir bienestar y calidad de vida. Porque de lo contrario, el conocimiento sería como un tren que pasa y nos saluda desde lejos, sin dejar mercancía ni recoger pasajeros.

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