15 de Oct de 2021

Columnistas

Sin oposición, solo nos queda una dictadura

“[…] acomodándose al que regala el plato de lentejas por vender su conciencia, […], terminarán unidos todos “esos” en el 2024, y cualquiera del PRD volverá a ganar, manteniendo el control del país, como ahora, sus “líderes” diputados”

En 1984, se dio la primera votación popular para elegir el Poder Legislativo, tras el golpe de 1968. Los militares, cumpliendo el compromiso del general Omar Torrijos con el presidente Jimmy Carter, para facilitar los votos necesarios en el Senado para aprobar los tratados canaleros, apuraron la apertura democrática en 1978. Se permitió la inscripción de partidos políticos, ilegales desde 1968, y el regreso de los opositores exilados, realizándose profundos cambios constitucionales en 1983 -en los que participó la oposición-, que incluían la primera elección presidencial en 1984. Junto a otros cuatro del PDC, fui electo legislador ese año: Carlos Arellano Lennox, Raúl Ossa, Bertilo Mejía y Jorge Montemayor. De 19 opositores (PDC-Molirena y Panameñismo), terminamos firmes a la causa solo 11, los demás se arrimaron a los militares. Nos hicimos sentir muchísimo.

La incipiente oposición se fortaleció en la Asamblea. Teníamos acceso a los medios, antes negados por temor a represalias. El pueblo estaba pendiente de Radio Nacional para escuchar los debates diarios. Podíamos desplazarnos por todo el país sin problemas. No podían censurar que criticáramos a los militares y denunciáramos la corrupción; necesitaban crear una atmosfera democrática. Irradiamos esperanza en que el cambio era posible. Tuvimos logros que parecían imposibles. Por ejemplo, que las Fuerzas de Defensa fuesen obligadas a presentar y defender su presupuesto en la Asamblea Legislativa.

Así, a finales de 1989, estábamos unidos, aunque pegados por cera de chicle: la alianza gubernamental solo duró 15 meses. Una vez eliminado el enemigo común, Noriega, los antiguos aliados sacaron las garras. La honestidad y verticalidad de aquellos “verdes” era un problema para muchos.

La oposición existente en el país, luego de 1994, se fue extinguiendo, cediendo su protagonismo hasta el estado catatónico y escandaloso en que está desde los tiempos de Martinelli. A todo se le puso precio: alquilaban o compraban diputados. Furibundos panameñistas o perredés vieron “la lu$” (sic) y saltaron a CD. Un diputado del PRD logró que Varela nombrara a su cónyuge como embajadora. Según la exdiputada del PRD, Rosa Canto, con Varela, a su partido le dieron la Caja de Seguro Social y la Contraloría. Fue común ver parientes de “diputados opositores” en puestos públicos. Era parte de la connivencia que se vivía, los tiempos del delictivo “pacto de gobernabilidad”.

La elección interna para escoger delegados del PRD fue financiada por Varela. El trabajo sucio en la Asamblea con las planillas brujas fue obra de su presidente Rubén de León, del PRD. Así fue como Pedro Miguel González derrotó a Pérez Balladares por la Secretaría General del PRD.

No ha habido oposición.

Como cuando le preguntaron a Nicolás Victoria Jaén, crítico periodista nombrado por el presidente Belisario Porras, sobre por qué ya no cuestionaba en sus escritos al mandatario, su lacónica respuesta fue: “Es mala educación hablar con la boca llena”. Así ocurre hoy. Perredés que, abiertamente, apoyan a Martinelli; “líderes opositores” que opinan, pero sin respaldo alguno de sus diputados. Siguen como Victoria Jaén. Lo confirmó Tito Rodríguez en su comentada entrevista semanas atrás: “Solo hay tres independientes que verdaderamente lo son: Vásquez, Broce y Silva. A los panameñistas y CD no hay ni que presionarlos para que voten con el Gobierno”.

La única oposición existente proviene del mismo PRD, que confunde al Gobierno con una agencia de empleos y un gran botín, donde todos se sienten con derecho a que les den su chamba. No piensan en los problemas nacionales, solo les interesa el control del partido y de cualquier contrato que aparezca por allí, calculando todo en función de 2024 y en llenar sus cuentas bancarias.

No hay que ir muy lejos para darse cuenta de que los partidos políticos, instituciones propias de una democracia sana, se están desintegrando. Ejemplos de los dos signos. En Brasil, con la extrema derecha de Bolsonaro, y en Venezuela con el seudorevolucionario de Chávez y el colombiano Nicolás Maduro.

Urge, en primer lugar, darse cuenta del dilema que vivimos. Sin oposición no puede haber democracia; ello propicia la dictadura. Urge entonces que todos los demócratas, que los hay en todos los partidos, propiciemos una unión fundamentada en principios éticos y morales, donde pongamos por delante el interés colectivo y nos olvidemos del tradicional “¿qué hay pa´ mí?”, que tanto daño nos ha hecho.

Sin oposición no hay contrapesos ni separación de poderes. No hay crítica ni balance. Nadie cuestiona a nadie y acomodándose al que regala el plato de lentejas por vender su conciencia, si es que alguna vez tuvieron, terminarán unidos todos “esos” en el 2024, y cualquiera del PRD volverá a ganar, manteniendo el control del país, como ahora, sus “líderes” diputados.

Analista político.

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