07 de Dic de 2021

Columnistas

La generación del 'baby boom'

“Fuimos formados con disciplina y valores familiares. El “respeto a los mayores” era uno de los principios de dicha formación”

Hubo tantos decesos durante la Segunda Guerra Mundial, que el mundo estuvo al borde de un colapso, en donde la misma existencia humana estuvo en vilo. Nuestro planeta fue testigo de horrores nunca imaginados y contempló con pavor el nivel de barbarie a que pueden llegar los “homo sapiens” a nombre de las ideologías y los liderazgos enfermizos. Millones de muertos y ciudades enteras arrasadas, producto del odio y de las incongruencias de sistemas que promueven la desigualdad entre las gentes, nos hicieron repensar en nuevos arquetipos de coexistencia.

Siguiendo la voz del instinto de supervivencia, la humanidad trató de olvidar el horror y, en una catarsis colectiva, se inventó nuevos modelos para apreciar la vida antes menospreciada. Entonces, se diseminó la música alegre, el cine de comedia y muchos Estados empezaron a incentivar la necesidad de repoblamiento con atractivos subsidios para recomponer los nuevos esquemas de una familia numerosa.

Es así como desde 1946 hasta 1964 nace una generación muy particular que es conocida como los “baby boomers” o generación de la posguerra. Mis amigos y yo nacimos dentro de esta camada. Recuerdo que, aún siendo niños, soñamos con sorprender a Santa Claus en el momento en que entraba a repartir los regalos de acuerdo con las peticiones de cada cual, pero nunca pudimos.

Una de las mayores incógnitas de nuestra infancia era averiguar la manera en que las cigüeñas podían transportar niños tan pesados y entregarlos justamente a las parejas que las requerían con notoria urgencia. Libramos verdaderas batallas épicas donde a veces nos tocaba ser indios y a veces vaqueros. Todo transcurrió con naturalidad, hasta que a nuestro pueblito del interior llegó la primera televisión en blanco y negro. Entonces postergamos muchos juegos y nos íbamos a ciertas horas del día a contemplar este maravilloso invento que fue desplazando poco a poco a la radio de la sala.

Había un horario en particular en la cual solíamos juntarnos en el portal de una casa vecina para quedar embelesados frente al aparatito que nos combinaba series familiares y películas de acción, donde la violencia está bien diluida con los efectos especiales que hoy vemos como rudimentarios. Era la maravillosa tanda de las seis de la tarde hasta las ocho de la noche. Una tanda que traía consigo disposiciones de inicio y final que nadie se atrevía a contradecir.

Un par de años más tarde, nos enteramos por las imágenes de esta televisión de dimensiones monumentales que el hombre había pisado la Luna. Ese día el pueblo, como nunca, se había paralizado, siguiendo minuto a minuto y hora tras hora el viaje del Apolo 11 rumbo a una superficie solitaria y polvorienta que por mucho tiempo pensábamos que estaba hecha de queso.

Mi generación no solo contempló cambios dramáticos en el mundo de la política, sino que también vivió la lucha por una igualdad racial y los derechos de la mujer. Fuimos formados con disciplina y valores familiares. El “respeto a los mayores” era uno de los principios de dicha formación. Recuerdo que nadie podía opinar o “meter la cuchara” en conversaciones de adultos, porque solo bastaba una mirada inquisidora para alejarse del lugar inmediatamente, so pena de caer bajo el azote de la correa o la rama de guayabo, que siempre aguardaban en los pilares y rincones de las casas como “psicólogos”.

No fuimos formados para ser conformistas, sino para luchar. Una calificación de 3.0, por ejemplo, era equivalente a un fracaso y se nos privaba de una cantidad de privilegios hasta tanto dicha nota fuera mejorada significativamente. Hoy día, esta misma nota es festejada por los alumnos con una conducta tan reprochable que incluso los padres se alegran de que por lo menos “no fracasaron”. Hasta el Estado premia esta mediocridad con un subsidio encarnado en una beca supuestamente para incentivar el estudio.

Sociólogo y docente panameño.

***