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20 de Ene de 2022

Columnistas

Amor materno

Cuando se tiene un hijo, no sé cómo.

Cuando se tiene un hijo, no sé cómo

decirlo, se abren las compuertas del

amor hecho sangre; todo se contamina

de una dulce ternura y el horizonte

claro se siente en las entrañas.

¿Por qué será que entonces todo se ve

distinto: la hormiga que murmura en su

débil corola, la blanca flor de armiño

que estremece la aurora y la pupila

abierta que arrulla nuestro espíritu?

Tener un hijo cambia la vida de las vidas,

es como renacer y sentirse de nuevo

como un capullo blanco, inocente y

eterno, tal como niño sano corriendo en

la llanura.

Y en esa idea fecunda de mareas y de

ensueños, en el alumbramiento de

años y de días, va la madre en silencio

cubriendo los altares de los nuevos

retoños abiertos a la vida.