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18 de Ene de 2022

Columnistas

La diferencia entre exactitud y verdad

“[…] ser veraces y exactos en la información que manejamos es una responsabilidad, sin la cual nadie puede exigir libertades ni derechos […]”

El otro día escuché decir a un amigo coclesano que Penonomé era la ciudad más antigua de Panamá. Obviamente, su declaración no es exacta. Pero, como él creía sinceramente en lo que estaba diciendo, no obstante, estaba siendo sincero. Estaba equivocado, pero no así mentiroso. Esta distinción entre verdad y exactitud es vital, y muy importante en los debates sobre las noticias falsas y coberturas periodísticas. La mayoría de nosotros, probablemente sin darnos cuenta, compartimos noticias falsas con bastante frecuencia.

Es importante que nos tomemos la molestia de verificar nuestros mensajes. Pero más importante es que los medios de comunicación, la academia, los funcionarios y demás sectores de la sociedad se esfuercen y traten de hacer bien las cosas. Muchos periodistas honestos y personas estudiosas a veces se equivocan. Todos cometemos errores honestos, pero la idea es que una vez sean identificados, se puedan corregir y reconocer inmediatamente. Una noticia falsa siempre será falsa, pero una inexactitud, aunque sea falsa, podría ser un error.

Esta diferenciación adquiere relevancia cuando la información de por medio es de salud pública. Durante los meses de cuarentena, todos queríamos consejos instantáneos y exactos sobre qué hacer y qué no hacer con el virus. Pero la COVID-19 era novedosa y los científicos luchaban por descubrir qué era, cómo se propagaba y cómo vencerla. La respuesta sincera a muchas de las preguntas fue incorrecta porque todavía no se sabía con exactitud la naturaleza del virus. Algunos de los primeros consejos estaban totalmente equivocados: resultó que las máscaras eran incluso más importantes que lavarse las manos, y que el exterior era muy diferente al interior, y así sucesivamente. Mucha información oficial que nos dieron la OMS, el Minsa y demás estamentos de salud era inexacta, pero no mentira. Cabría entonces averiguar si la estrategia utilizada por el Gobierno fue tratar de comunicar lo que el sociólogo Zeynep Tufekci llamó “la verdad dolorosa”, decir una inexactitud de manera honesta y bien intencionada. Aunque debemos advertir que al final la confianza en un Gobierno se basa más en la exactitud que en la sinceridad o las buenas intenciones de sus funcionarios.

Ante la necesidad urgente de información, la población quiere la verdad, pero, sobre todo, también necesita la exactitud. Es lo mismo que cuando queremos saber qué hacer para frenar la tendencia de la obesidad y lo que recibimos de vuelta son recomendaciones que ninguna funciona ni va a funcionar. Sin duda que sentimos de manera muy diferente cuando un funcionario o periodista comete un error honesto, quizás basado en información inexacta, y el que dice una mentira deliberada. Sabemos que nadie puede acertar al 100 % todo el tiempo y hay que perdonar los errores inadvertidos cometidos en el camino. El problema es cuando no tenemos la capacidad de distinguir lo que es verdadero de lo falso ni el poder de identificar con facilidad quiénes no están siendo precisos y exactos.

La verdad de una declaración se puede probar empíricamente: para eso están los verificadores de hechos. Varios medios clasifican las afirmaciones en términos de su veracidad. En los Estados Unidos, el Washington Post tiene un “Fact Checker” y el Instituto Poynter tiene el “Politic Fact”. Aquí en Panamá, TVN tiene, para su conveniencia, un segmento que revisa la veracidad de publicaciones y declaraciones. Pero hay que evaluar si fue una mentira descarada o un error honesto. Y una forma de saberlo es ver cómo reacciona una persona ante la evidencia de que su afirmación es falsa. Si continúan repitiéndola de todos modos, claramente no están siendo sinceros. Un error honesto cometido el lunes y corregido el martes se convierte en mentira si se repite el miércoles. Y para esos no existe tal cosa como libertad de expresión. Simplemente se han convertido en francotiradores de noticias falsas y en mercaderes de inexactitudes.

La verdad informativa es empírica, pero la exactitud noticiosa es ética. Lo cual significa que informar noticias inexactas es una crisis moral y requiere soluciones éticas. El problema aquí es que ya es una crisis generalizada que involucra políticos, académicos, periodistas, dueños de medios, funcionarios y, peor aún, personas que piensan que lo saben todo. También hay mucha culpa de las redes que nadie las regula ni fiscaliza, y terminan siendo un caño de porquerías. Con lo cual, la única salida es hacer mejor las cosas y ser mejores ciudadanos. Ciertamente, ser sincero es una tarea difícil, sin la cual las sociedades libres no podrían funcionar. Pero ser veraces y exactos en la información que manejamos es una responsabilidad, sin la cual nadie puede exigir libertades ni derechos, especialmente la libertad de expresión que esos inexactos la han convertido en madriguera perfecta para esconder sus falsedades.

Empresario

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