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18 de Ene de 2022

Columnistas

Hay que vivir la Navidad

“Que la Paz del Señor esté con todos ustedes. Les deseo un Feliz Año 2022, donde debemos lograr mayor igualdad para todos y ser más solidarios con los que nos rodean”

La época de diciembre nos hace reflexionar mucho. La llegada del Niño Jesús ha significado mucho para nuestros pueblos. Herencia de los españoles y de la colonización y evangelización de nuestras comunidades, es indudable que aún permanecen esas tradiciones. Ese arraigo persiste muy por encima de, quizás porque ayuda a comercializar más, todo lo referente al Santa Claus, el cual sirve más a sus propósitos de lucro, a pesar de que quienes lo impulsan con tanto afán ni siquiera profesen la fe cristiana.

En lo más remoto del país se celebran las fechas con las posadas navideñas y lo cánticos al Niño de Belén. Las personificaciones en vivo de la llegada de Cristo se repiten en todas partes y, en las ciudades, como Panamá, también eran asiduas esas prácticas. Las cartas de los infantes se dirigían al Niño Dios y no, como ahora, al barbiblanca de San Nicolás. Era una gran experiencia familiar el preparar esas misivas. Los que no podían, siempre encontraban a algún benefactor que, al menos, aseguraba un regalo por cada niño. Mi madre, Doris, durante más de 30 años, recolectó en la ciudad ayudas todo el año para lograr una linda Navidad a los niños de El Valle de Antón, bajo la tutela del inefable párroco italiano José Noto, en la Parroquia San José.

“Navidad es tiempo de dar sin esperar nada de vuelta, de compartir con todos, de sanar heridas, de ver cómo podemos ser mejores en nuestro diario vivir”

Navidad es tiempo de dar sin esperar nada de vuelta, de compartir con todos, de sanar heridas, de ver cómo podemos ser mejores en nuestro diario vivir. De buscar mayor acercamiento con nuestra familia, nuestros amigos y vecinos; con aquellos que no pueden disfrutar lo que, con el favor de Dios, tenemos nosotros, la mar de las veces en exceso. La Navidad es mucho más espiritual que aquello en que la hemos convertido: fiestas, comidonas, excesos, regalos.

De adolescente, tuve la oportunidad de vivir varias Navidades especiales, diferentes. Mi padre, que tocaba el violín con mucha destreza, fue convocado por otra familia, los Molino Mihalitsianos y armaron un grupo musical navideño. José Antonio Molino, prominente abogado y dirigente de la Democracia Cristiana, también tocaba el violín. Con su esposa, doña Sofía, ávida con el acordeón, al igual que mi hermano Ricardo, ya se tenían los instrumentos musicales. Faltaba el coro y para ello se les unió la profesora Amparo Torrente de Chapman, quien formó un grupo con los hijos de las tres familias: los Chapman, dirigidos por el patriarca Camilo, con la mayor, María Rosa, que también se aplicaba al piano, Pablo y Oswaldo. Los Molino con Marianela, Nacho, después tremendo organista, y Angelita. Y los Cochez Farrugia conmigo, Ricardo y Raúl Federico, siendo mi madre la encargada, en las prácticas, de preparar las boquitas y refrescos.

“Ojalá que esas tradiciones puedan retomarse, ya que ayudaban a formar a la juventud, proveyéndole de la espiritualidad de la que el mundo de hoy carece”

El ensamble se hizo por cuatro o cinco años. Estábamos finalizando la década del 50 y fueron experiencias inolvidables en nuestras vidas; lo disfrutábamos muchísimo. A finales de cada diciembre, nos invitaban a cantar a diferentes posadas navideñas barriales, inclusive en la famosa de Calle Belén en San Francisco. Terminábamos en la Nochebuena con un agotador programa. Desde muy temprano partíamos a cantar. Al Asilo de Ancianos, al Hospital Psiquiátrico, a la capilla del Hospital Santo Tomas, donde yo nací, concluyendo el periplo con la Misa de Gallo en la iglesia del Carmen en vía España, cuando aún se celebraban a medianoche. El último de esos peregrinajes fue en 1960, yo con 15 años, cuando me asignaron cantar en solo Adestes Fideles. Había adquirido algo de práctica en el Orfeón del colegio La Salle, bajo la batuta del inolvidable profesor Vergara.

Ojalá que esas tradiciones puedan retomarse, ya que ayudaban a formar a la juventud, proveyéndole de la espiritualidad de la que el mundo de hoy carece. Estoy seguro de que, hacerlo, sería ganancia por todos lados. Además de que al panameño le conviene retomar tan bellas prácticas, sería muy positivo que ese desprendimiento y esa solidaridad que demostramos durante las fiestas navideñas, la tengamos durante los 365 días del año con todos, incluyendo nuestros empleados y colaboradores, así como con los que más lo necesitan.

Que la Paz del Señor esté con todos ustedes. Les deseo un Feliz Año 2022, donde debemos lograr mayor igualdad para todos y ser más solidarios con los que nos rodean.

Católico panameño.

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