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23 de Ene de 2022

Columnistas

¿Qué estamos haciendo con la formación de nuestros jóvenes?

“[…] y, sobre todo, si demostramos amor a lo que realizamos, solo así garantizaremos una excelente formación de nuestros jóvenes, que la sociedad necesita”

La evaluación de los aprehendientes en el siglo XXI vas más lejos de acumulaciones de calificaciones, que, al final, manifiesten números de aceptación de lo ofertado como parte de los requisitos de los lineamientos educativos. Dado este escenario, se torna inaceptable el proceder de algunos docentes que prefieren encasillar su labor valorando solo la aprobación o desaprobación de las actividades de aprendizaje que desarrollan, todo producto de la formación que recibieron en su crecimiento profesional, la cual, a nuestro parecer, deja hoy muchas dudas relacionadas a la sostenibilidad del sistema educativo panameño.

El educador que no acepta que la actualización continua y permanente favorece sobremanera el trabajo que realiza, pierde las perspectivas de las exigencias de un mundo llamado globalizado. Este compromiso de superación converge en un panorama de intercambio e interacción con nuestro entorno, el cual incluye a nuestros aprehendientes y colaboradores inmediatos de la formación, los padres de familia, y como agente reforzador, nuestros propios colegas, los cuales, con sus críticas, abren la oportunidad para que detectemos cualquier falla y estemos en la capacidad de enmendarla.

Por años, se nos ha impulsado a obtener resultados, PERO ¿QUÉ SON LOS RESULTADOS? Estos van más allá del desarrollo de actividades sumativas que arrojen discentes con aceptables calificaciones, los que, por presiones numérica y memorísticas, son marginados de su crecimiento personal, emocional o intelectual. Esta numerología nos impide observar cualidades de crecimiento, intereses y habilidades; es más, nos ha llevado a desarrollar todas nuestras actividades, incluyendo la oportunidad de poder apreciar el rendimiento formativo de nuestros estudiantes, y hemos tergiversados los preceptos valiosos que permitían su desarrollo integral.

Es cierto, y sin darnos cuenta, hemos reemplazados aspectos valiosos de la educación por actividades meramente sumativas. Somos cómplices, porque seguimos con los cuestionarios, las investigaciones, los vocabularios, los planes resumidos en copias y sobre todo las largas explicaciones que rebotan solo en los propios docentes sin importarnos, en muchas ocasiones, si en realidad nuestros lineamientos fueron bien recibidos, si fuimos buen transmisor y si el receptor logró captar nuestros propósitos u objetivos. Hemos utilizados frases inadecuadas, “LO SIENTO, YA LA CLASE ESTÁ DADA”, o, si nos sentimos cansados e incapaces de resolver con estrategias formativas de aprendizaje, hacemos de nosotros y convertimos en himno nuestra expresión favorita: “SALGA DEL AULA”.

No queremos preocuparnos por saber cuáles han sido los elementos que han imposibilitado que un joven llegue, se conecte tarde, porque no cuenta con sus libros, o porque, entre tantas cosas, llama mucho la atención dentro del aula virtual de clases, sin embargo, mostramos debilidad de nuestro propósito, nos sentimos cansados y llevamos al deterioro paulatino, con nuestras acciones, a nuestros estudiantes.

Nuestra labor sería diferente si mostramos entereza y acogiéremos el verdadero rol del consejero, del docente, del formador, del amigo, del guía, del ejemplo; si empezáramos a considerar cualidades integras, mas no cantidades, si tuviéramos el tiempo para realizar actividades de aprendizaje que vayan más allá del cumplimiento numérico, los cuales solo son una parte de la formación del individuo, si apreciáramos verdaderamente a nuestros jóvenes, observando su conducta, puntualidad, capacidad, su adaptación al entorno y ganas de aprender bajo sus perspectivas, si permitiéramos el juego y absorbiéramos de esos juegos aprendizajes significativos, como el trabajar en equipo, el saber ganar y el saber perder, si adoptáramos el entorno natural como herramientas de trabajo y no mostráramos debilidades al quedarnos encasillados en el aula de clase, si sacáramos tiempo para compartir con los discentes y saquemos ventajas de las cosas negativas que ellos reflejan y, sobre todo, si demostramos amor a lo que realizamos, solo así garantizaremos una excelente formación de nuestros jóvenes, que la sociedad necesita.

Docente universitario.