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28 de Jun de 2022

Columnistas

Homo imperfectus

La obra aportar una visión diferente sobre el origen, adentrándose en una creativa manera de interpretar lo que hasta ahora se había considerado como imperfecciones

María Martinón-Torres combina a la perfección sus robustos conocimientos de medicina y paleantropología, plasmándolos de manera magistral en la obra Homo imperfectus, una lectura obligada para cualquier persona ávida de cultura, curiosidad académica e interés por la evolución de las enfermedades humanas. En una serie de entretenidos diálogos entre escritor y lector, la científica española, directora del Cenieh (Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana en Burgos), reflexiona sobre los rastros patológicos pretéritos de nuestra especie que la evolución nos ha ido dejando como demostración de su resiliencia y adaptación a la naturaleza cambiante del entorno, durante cientos de miles de años de existencia homínida.

¿Por qué seguimos enfermando a pesar de la evolución? ¿Por qué envejecemos? ¿Cuál es el propósito último de la muerte? ¿No deberían de triunfar los seres más aptos del reino animal? ¿Por qué una especie que suponíamos hiperadaptada convive a diario con el sufrimiento? ¿Por qué no somos capaces de repararlo todo? ¿Por qué a lo largo de nuestra historia no se han eliminado tantos defectos? ¿Es la selección natural una chapuza? La escritora, con sabiduría y sencillez, nos invita a disectar los temas más complejos y oscuros de nuestra biología: la senescencia, la ansiedad, los miedos, los trastornos alimentarios, el cáncer, las infecciones, las alergias, los accidentes cardiovasculares, los cuadros neurodegenerativos, la violencia, el temor a la desaparición, la vigilia y los sueños, la anarquía conductual de la adolescencia y la recurrencia de las pandemias, con la esperanza de que la teoría darwiniana introduzca un haz luminoso por esas intrincadas rendijas evolutivas.

Homo imperfectus  busca aportar una visión diferente sobre nuestro origen, adentrándose en una creativa manera de interpretar lo que hasta ahora se había considerado, superficialmente, como imperfecciones. En sus párrafos se describen muchas de los padecimientos que nos acorralan como consecuencia del desfase entre el mundo novedoso que nosotros mismos hemos ido rápidamente construyendo y una biología que debe ir acomodándose a un ritmo cada vez más trepidante, repleto de vertiginosos avances en ciencia y tecnología. Nuestro cuerpo vive ajustándose y reajustándose a los nuevos estilos de vida, pero todavía conserva vestigios adaptativos a varias amenazas que ya no existen y, simultáneamente, debe desarrollar defensas frente a los numerosos enemigos contemporáneos.

La prestigiosa investigadora intenta convencernos que, lejos de retratarnos como seres débiles, las enfermedades y sus cicatrices son los renglones torcidos en los que se lee la historia de la solidaridad y la resiliencia de la humanidad. El concepto de pleiotropía aparece varias veces en el texto, un fenómeno interesante por el cual algunos genes tienen efectos en más de un sistema de nuestro organismo, unos ventajosos y otros deletéreos, pero que la selección natural se encarga de que primen, al menor costo biológico posible, los beneficios sobre los daños colaterales menos apremiantes para la supervivencia. El genoma humano prefiere mantener algunas taras residuales para dedicarse primero a atender dolencias prioritarias que garanticen bienestar y expectativa de vida más prolongada.

El capítulo sobre el propósito evolutivo del período adolescente resulta tan clarificador como preocupante. La adolescencia parece haber perdido bastante de su esencia primitiva, quizás porque el contexto social cambió demasiado rápido, lo que se traduce en un desbalance entre las condiciones actuales y aquellas antiguas en las que se forjaron las capacidades físicas y emocionales para pasar exitosamente de la niñez a la adultez. Ese mismo cuerpo, optimizado por centurias para la vida al aire libre, para la caza y la recolección, para una actividad tosca y exigente, ha transitado raudamente hacia el sedentarismo, en el que ahora pasa mucho tiempo del día, sentado, acostado o realizando tareas fútiles sin provecho para el resto de la tribu.

Este libro tiene un contenido tan delicioso que se puede devorar en una sola sentada. Una narrativa literaria llena de curiosidades, anécdotas y referencias bien cimentadas que nos transporta a las épocas de nuestros ancestros mientras va desgranando el hilo conductor de nosotros mismos hacia el presente. Su final es exquisito. “El ser humano vive una vida entera, con sus noches y sus días, con sus hazañas y sus derrotas, con sus ilusiones y sus miedos, con sus rencores y sus afectos, y todos esos cientos de miles de horas vividas apenas contrarrestan en la balanza el peso, probablemente desorbitado, que le damos a la forma en que nos despediremos del planeta”. De allí que la autora esboza su íntimo deseo -un anhelo que según disímiles apreciaciones podría ser percibido como vanidoso o macabro- de que cuando llegue su momento de abandono terrenal, haya alguien a quien su recuerdo, forjado a través de las páginas de esta obra, le arranque un espontáneo brindis. Aunque reconoce que resulta difícil mitigar el dolor de una partida, sería grato que en esa futura despedida, algún sensible lector cambiara, en su honor, lágrimas por champán. Su continuo legado, aún muy distante de concluir, lo merecerá...

Médico e investigador