06 de Oct de 2022

Columnistas

Hay que reformar la Constitución

En algunas ocasiones hemos escrito sobre la necesidad de reformar el sistema político panameño, desde la forma para designar a los magistrados hasta el mecanismo para asignar las curules de los diputados.

En algunas ocasiones hemos escrito sobre la necesidad de reformar el sistema político panameño, desde la forma para designar a los magistrados hasta el mecanismo para asignar las curules de los diputados. Y usualmente los comentarios de los lectores es preguntar qué se podría esperar de una nueva constitución si el sistema que la puede reformar está podrido.

Casi no hay posibilidad de que la actual Asamblea ni el actual Gobierno decidan y voten para proponer que los diputados sean nacionales en lugar de circuitales, y evitar que diputados y magistrados se juzguen e investiguen entre ellos. Porque como está diseñado el sistema, da pie para que exista corrupción y contubernios entre los poderes del Estado.

Es también difícil, si no imposible, imaginar una reforma en aquellos aspectos que no están claramente descritos, pero que atañen al mismo corazón del orden político panameño. Por ejemplo, el poder que goza el Ejecutivo es prácticamente intocable. Además, con un sistema de partidos resistente al cambio, no vemos cómo un diputado en ejercicio tendría el interés de votar para transformar radicalmente el panorama en el que opera.

¡Sí!, un cambio constitucional de cualquier tipo es de suma importancia para el país. Debo advertir que no soy abogado, pero me inspiro en principios del ideal democrático, defiendo la libre empresa y promuevo un Estado de derecho. Pero pienso que las probabilidades de una reforma a la Constitución en estos momentos son muy bajas hasta el punto de que prácticamente no existen. Sin embargo, insisto que, a pesar de todo, valdría la pena hacer un ejercicio y pensar para atreverse a cambiarla.

La verdad es que la mayoría de los panameños no han leído y mucho menos comprenden la Constitución Política de la República de Panamá. Y como consecuencia, son pocos los que entienden sobre la necesidad de hacerle cambios fundamentales. Si bien nada está escrito en piedra, nuestra Constitución actual se remonta a los años de la dictadura, cuando militares antidemocráticos eran los que gobernaban, deseosos siempre de aferrarse al poder por la fuerza y la violencia, sin compromisos con valores ni principios democráticos.

No obstante, para pensar en cambiar esa Constitución debemos primero hacernos preguntas puntuales como, por ejemplo, ¿cumple con los estándares democráticos de la actualidad? ¿Ayuda a mantener el sistema democrático? ¿Sirve bien a su propósito? ¿Fomenta la formación de consensos democráticos? ¿Proporciona un gobierno democrático que sea eficaz en la solución de problemas? entre otras. Las respuestas a este tipo de preguntas nos llevan a pensar que Panamá es una república, pero no es una democracia. La república es un gobierno por representación, donde un pequeño número de personas refleja la mayoría de la gente. Pero para que Panamá sea una democracia supone, definitivamente, que exista la opción de una segunda vuelta electoral para garantizar y legitimar que el gobierno que se elija cuente con la mayoría de los votos. No por gusto en los Estados Unidos hay quienes buscan la forma de eliminar el sistema de votos electorales por el voto popular.

Aunque urge cambiar la actual Constitución, siento que esto no sucederá en un buen tiempo. Y tal vez por eso quisiera dejar constancia de nuestra forma de pensar sobre la aparente democracia que tenemos y la que debiéramos aspirar. Porque si hay algo que aclarar es la cantidad de obstáculos y diferencias políticas que siempre impiden que ni siquiera el tema llegue a una mesa de diálogo. No olvidemos que existen panameños que no creen en el ideal democrático, gente con ideologías extranjeras que quieren cambiar el modelo económico, docentes marxistas con una visión estrecha y circunscrita a su propia conveniencia e intereses, políticos que no pasan una mínima prueba de moralidad ni decencia, sindicalistas resentidos que se venden al mejor postor, y empresarios que se salivan como perros para comerse hasta las migajas. Por eso, un debate sobre una reforma constitucional puede, en el curso de estos tiempos, sacar estos puntos de vista de las sombras y ponerlos a la luz.

Por eso me identifico con los evangelios de que "el sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado". Pensamos firmemente que esta cita refleja un punto básico y es que nuestras leyes e instituciones existen para nosotros, no nosotros para ellas. Y si esas leyes e instituciones no funcionan, y limitan nuestras aspiraciones o violan nuestro sentido de la justicia, entonces es el papel de las personas, como nosotros y como ustedes, de estremecer los cimientos del país para por lo menos promover un pequeño cambio a la Constitución, y esperando que sea más pronto que tarde.

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