• 28/10/2022 00:00

Decodificando valores: reciprocidad

“No hay que ser rico para dar a los demás. Es más, muchas de las personas que trabajan como voluntarias o actúan de forma más beneficiosa, no lo son”

Recientemente las Naciones Unidas publicó su índice Mundial de Felicidad para 2022 con Finlandia y otros países nórdicos encabezando la lista. El índice, realizado por Gallup, se basa en una combinación de datos, entre ellos el PIB, salud, corrupción, generosidad y ciertas libertades. Así no nos sorprenderá que ningún país de América Latina aparece en los 20 primeros lugares: Costa Rica aparece en el 23 y Panamá en el 37. ¿Cuáles son las características de una población feliz: su educación, su clima, su cultura? He descubierto que, aunque la cuestión es algo complicada, una importante parte de lo que hace una sociedad feliz es la justificada confianza que se tienen entre los miembros de tal sociedad, entre sus ciudadanos y con sus gobernantes. Esta confianza se desarrolla con un acuerdo cultural basado en sus valores, en la ayuda mutua, la solidaridad y la simple decisión de no tratar de “jugar vivo”.

Una de las partes de esta solidaridad es la contribución incondicionada de los más afortunados de la sociedad. Pero ¿qué lleva a una persona a donar su tiempo o dinero? Podría ser un sentimiento negativo (como el de la culpabilidad de supervivencia) o quizás un positivo intento de compartir su buena fortuna. O, pudiera ser un sentimiento de reciprocidad: si han hecho bien por mí, debo hacerlo por los demás. Podría compararse a un trueque con la diferencia de que el “pago” es dado a otra persona en el estilo de “pay it forward”, en el que el beneficiado no es la misma persona. Pero la reciprocidad vale más que un simple intercambio, pues difiere en que carece de obligación y medida. Si la reciprocidad es la luz, la venganza es la oscuridad, la cual es también ilógica y desmedida.

Cuando hago un trabajo, deben pagarme adecuadamente o atenerse a las consecuencias legales. Cuando hacemos algo por los demás sin esperar algo en cambio, ocurren dos procesos paralelos, los cuales pueden ser positivos como negativos: el benefactor puede sentirse bien por contribuir o mal si su acción no es apreciada; el beneficiado puede sentirse bien por la acción recibida “gratis” o mal por verse tan pobre o débil que necesita ayuda. La reciprocidad deja lo positivo y anula lo negativo, pues conlleva al beneficiado a “regresar el favor”, mostrando su aprecio además de sentirse útil.

La reciprocidad es una expresión de amor en que se da “sin esperar” aprecio, pero en realidad sí lo esperamos. Así como damos regalos de cumpleaños, esperamos recibirlos cuando es el nuestro y eso está bien. La reciprocidad, en cierta forma, cultiva los mercados y permite el avance de la sociedad. El antropólogo francés Claude Levi Strauss llegó a postular en 1949 (y de forma algo chovinista) que la reciprocidad “es parte de la naturaleza del hombre al escoger su mujer de otro grupo social y no del suyo mismo (evitando el incesto) esperando que hombres de otro grupo hagan igual”.

El dar o recibir sin dar o recibir algo, no necesariamente material en cambio, no es justo ni efectivo, casi inhumano. Por eso decimos “gracias” y “por favor”, es por eso que nos apretamos las manos, sonreímos y nos abrazamos. ¡Qué desagradable es abrazar a alguien sin ser abrazado de vuelta!

Cuando una persona nos es amable, inmediatamente sentimos reciprocidad. Puede ser en el mismo momento, a veces después, muchas veces en menos medida al favor, a veces más. Lo importante no es la cantidad o calidad, sino el hecho. Lo interesante de la reciprocidad es que, como es inmedible, es posible que mientras más hacemos por otros, es posible recibir más.

¿Cómo entonces podemos promover más reciprocidad? Este valor, como muchos otros, debe ser inculcado desde la niñez. No podemos esperar de un adulto, que de pronto la fortuna ha favorecido, sentirse “en deuda” u obligado a contribuir a los demás. Así como existen ricos que donan más y otros menos, la diferencia está, en mi opinión, en la educación y normas que han recibido de sus padres y sociedad, especialmente con el ejemplo. Hijos de padres, ya sean ricos más o menos, quienes donan o contribuyen a la sociedad, son más susceptibles a imitarlos, así como aquellos criados en un ambiente de codicia.

No hay que ser rico para dar a los demás. Es más, muchas de las personas que trabajan como voluntarias o actúan de forma más beneficiosa, no lo son. Ellas donan de lo poco que tienen, pues saben, por experiencia propia, lo que es vivir con dificultades, mejor que alguien más afortunado. Hoy en día, se mide la prosperidad de un país según su PIB o ingreso neto promedio por ciudadano, asumiendo que mientras más plata mueve la economía, más prósperos (y felices) son sus ciudadanos.

Desgraciadamente, estos análisis económicos no reflejan una sociedad extremadamente desigual y tampoco miden el nivel del voluntariado, o la felicidad o la reciprocidad. Toda sociedad debe atender a sus más débiles y menos afortunados. Ya sea de forma “oficial”, con programas de bienestar social o facilitando a personas privadas a donar de su tiempo y dinero. Esta debería ser la mejor medida de una sociedad más justa, tolerante y orgullosa.

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