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- 27/05/2026 00:00
Panamá, del ideal anfictiónico a la oportunidad de reconstruir el sistema interamericano
200 años después del Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, América sigue oscilando entre la memoria de un proyecto inconcluso y una fragmentación que, lejos de disiparse, se ha profundizado.
Lo que en su momento fue concebido por Simón Bolívar como una arquitectura de cooperación política, defensa común y articulación económica, actualmente encuentra su reflejo en un entramado disperso de organismos regionales con mandatos superpuestos, eficacia limitada y escasa capacidad de acción.
El Congreso de Panamá fue, en su diseño, notablemente moderno. Bolívar imaginó una “sociedad de naciones hermanas” dotada de mecanismos de arbitraje, coordinación política y defensa colectiva: atributos que hoy asociamos al multilateralismo contemporáneo.
Sin embargo, la historia demostró que el problema no radicaba en el diseño, sino en las condiciones políticas que debían sostenerlo. Desde su origen, el proyecto estuvo atravesado por desconfianza entre gobiernos, mandatos diplomáticos restringidos y agendas nacionales difícilmente compatibles.
La América independiente carecía entonces de los canales de comunicación, los incentivos económicos y la cohesión política necesarios para sostener cualquier forma de confederación. El resultado fue un orden fragmentado cuya principal lección no pertenece solo al siglo XIX, sino en el presente.
200 años después, el continente se nombra a sí mismo en múltiples capas: Hispanoamérica, América Latina y el Caribe, Norteamérica, de igual manera, ha construido una arquitectura institucional dispersa en distintos niveles, donde múltiples organismos coinciden sin coordinación efectiva, replicando en otra escala las mismas tensiones que debilitaron el proyecto anfictiónico.
A la Organización de los Estados Americanos (OEA) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), se suman mecanismos subregionales como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), el Mercosur (Mercosur), la Comunidad Andina (CAN), el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y el Parlamento Centroamericano (Parlacen). Sus mandatos se solapan, pero rara vez convergen en acción concertada.
Incluso en los espacios donde la integración económica es más profunda, como América del Norte o el Caribe, persisten tensiones estructurales de carácter comercial, regulatorio y migratorio que evidencian los límites de la acción conjunta y la dificultad de traducir la interdependencia en coordinación efectiva.
Paradójicamente, el continente enfrenta actualmente desafíos que refuerzan la vigencia del ideario bolivariano: Injerencias, vulnerabilidad frente a shocks externos, dependencia económica, debilidad en cadenas de valor regionales y una limitada capacidad de negociación conjunta en el sistema internacional.
Esas realidades abren una ventana de oportunidad: Evidencian la necesidad de renovar la voluntad política y ofrecen una base concreta sobre la cual reconstruir convergencias. En ese contexto, el espíritu del Congreso de Panamá recobra vigencia como horizonte posible, invitándonos a optar por el camino de la unión, a revitalizar nuestra integración natural y a reafirmar una hermandad continental capaz de traducirse en acción colectiva efectiva.
Por lo cual, conmemorar el Congreso de Panamá debe ir más allá de lo simbólico y convertirse en un ejercicio de reflexión sobre nuestra cooperación efectiva. Constituye una oportunidad para rescatar su legado, aprender de sus limitantes y avanzar hacia una integración pragmática y orientada al bien común, basada en nuestra realidad compartida y no en privilegiar vínculos externos o divisiones ideológicas. Asimismo, invita a replantear el rol de los mecanismos regionales, no como instancias meramente declarativas, sino como instrumentos eficaces capaces de generar resultados tangibles y sostenidos.
El Congreso Anfictiónico de 1826 fue una visión adelantada a su tiempo. Colocó en el centro la coordinación política, la integración económica y el fortalecimiento institucional como condiciones de la independencia. 200 años después, esa visión conserva plena vigencia y nos interpela a transformar sus lecciones en una voluntad sostenida de integración continental.
Dos siglos después, Panamá vuelve a emerger como el puente llamado a ejercer su vocación articuladora, a servir de punto de convergencia de estos esfuerzos regionales, y a aproximarse al horizonte que ya vislumbraba el Libertador en la Carta de Jamaica: “Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios, a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra”.