• 26/07/2026 00:00

Alguien explique por favor qué estamos esperando

Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.

Agrega La Estrella en Google ↗️

He decidido llamar la atención sobre la definición de la palabra “crisis” y ponerla en contexto de cara a las innumerables crisis que tenemos por delante y nos acechan constantemente.

Por ejemplo, hace una semana cuando se informó sobre la situación de la incursión de partículas de polvo provenientes del Sahara como una “crisis de emergencia”, me impresionó la ligereza como se definió el problema y la rapidez con que se comunicó la solución: quedarse dentro de las casas y en el aire acondicionado.

Ahora bien, ¿qué es peor que una emergencia o una crisis? ¡Una crisis de emergencia! Y, eso es precisamente lo que tenemos con la crisis de salud causada por los productos ultraprocesados. La crisis de los alimentos ultraprocesados es una crisis real, aunque nadie la trata como tal. Hace varios años, Bill McKibben, una de las pocas personas imaginativas en este campo a las que a veces se escucha, sugirió que abordáramos las crisis como si fueran una gran guerra: prepararnos, movilizar a las tropas, atacar y derrotar. A muchos no les gusta esa metáfora, y lo entiendo, pero para mí tiene más sentido que la mentalidad de muchos políticos y empresarios que dicen: “Bueno, si hacemos pequeños cambios y pasamos algunas leyes gradualmente, no nos afectará a la mayoría”.

Al contrario, ignorar un peligro inminente y constante es arriesgado. No sé qué deberían hacer —al menos hacer ruido—, pero esto es muy serio. Tal vez van a esperar a que la población de niños y jóvenes sobrepase 60% de obesidad y sobrepeso (actualmente es 38%) y que el gasto público en salud por tratamientos de enfermedades crónicas sobrepase los $1,500 millones (actualmente es $1,100 millones). O tal vez quieren algo peor y que sus hijos no vivan para verlo.

De verdad no sé qué más se necesita para convertir este tema en una crisis. En una crisis de emergencia grave, terrible y real. Ya en Panamá, más de 8 mil a 9 mil personas fallecen cada año a causa de complicaciones asociadas con el sobrepeso y la obesidad. Esto representa aproximadamente entre el 40% y el 45% del total de muertes a nivel nacional. A veces parecemos capaces de afrontar crisis de enormes proporciones, de forma imperfecta pero responsable. Cuando algo casi impredecible aparece y empieza a matar gente, como el COVID en 2020, a eso sí podemos prestarle atención.

Pero cuando la situación se desarrolla gradualmente y el número de muertos parece manejable o aceptable, no le prestamos atención. Por supuesto, el precio de una vida siempre es alto y hay que prestar atención. Pero la realidad es que solamente cuando cuarenta personas son acribilladas a tiros de repente y algunos lloran durante 24 horas, es que entonces dicen que ojalá hubiera control de armas. O hasta que se fuguen doscientos presos de La Joyita, es que se decide prestar atención al sistema carcelario.

Con la alimentación tenemos una crisis muy grave desde hace años y es hora de actuar ya. La mayoría de las calorías provienen de comida basura; las enfermedades crónicas relacionadas son la principal causa de muerte; los monocultivos producen alimentos incomestibles y envenenan la tierra; etc., etc. Y las grandes empresas alimentarias y la industria, a todas les va bien. A nosotros no.

Los panameños nos enfrentamos a muchas crisis, grandes y pequeñas: la desigualdad, la salud pública, el acceso a los alimentos, el medio ambiente, la educación, etc. Para combatirlas, necesitamos gobiernos que las vean como enemigos, como si se tratara de un país extranjero que amenaza con tomar medidas drásticas. No es que necesitemos soluciones militares, pero sí soluciones a nivel militar; un gobierno que diga: “Reunamos a los expertos y elaboremos un plan para abordar de frente la crisis X y tratarla como una verdadera emergencia”.

¿Qué significa esto para mí? preguntarán más de uno. Por supuesto no significa comenzar a comer únicamente frutas y vegetales, y restringir el consumo de carnes procesadas y grasas saturadas, aunque eso sería un buen plan para mejorar la salud. Lo que sí significa es unirse y apoyar a quienes luchan y se organizan para combatir las causas de las verdaderas crisis, para que el acceso a la tierra esté a manos de quienes desean cultivar bien, para que quienes la necesitan tengan acceso a alimentos de calidad y, en general, para luchar contra la industrialización de nuestra comida. También significa encontrar políticos dispuestos a unirse o, al menos, apoyar esas luchas y llevarlos al poder. Sin duda, ese es el mayor desafío de todos los panameños.

Lo Nuevo