• 22/05/2026 00:00

Algunos gajes del oficio en creación literaria

La escritura no siempre busca dar respuestas: es más común que una buena novela, o un excelente cuento, por ejemplo, cumplan su misión artística planteando de forma oblicua, sugerente, las preguntas más pertinentes. Una manera de hacerlo en las obras de ficción literaria es creando -con talento por supuesto- situaciones, ambientes y personajes en los que encarnan esas dudas o contrasentidos en su manera de accionar, de tal manera que tanto el autor como sus lectores se vean confrontados por la incertidumbre que implica la complejidad de la experiencia humana y, en consecuencia, se sientan impelidos a pensar y a sentir como nunca antes lo habían hecho.

De situaciones como esas –a veces cotidianas, en otras ocasiones salidas de la imaginación–, están hechas las mejores obras, las que sobresalen y perduran en el imaginario colectivo, y son objeto de estudio y, a veces, de controversia. Las que no le dan todo resuelto al lector.

En ese sentido, en las obras en donde se da un cúmulo innecesario de explicaciones se sabe de antemano que el autor va por mal camino. Porque una novela o un cuento genuinamente artísticos sólo sugieren, y cuando explican lo hacen de forma solapada, como parte de una inevitable conversación reveladora entre personajes o en la mente monologante de un personaje.

Otra característica que suele ser indispensable al crear obras de ficción es la capacidad del autor de crear ambientes, atmósferas, situaciones que no solamente sirvan de contexto a la historia sino que, además las sitúe en la misma dimensión en que se dan las principales anécdotas de fondo que, realizándose, se sustentan. No de otro modo se rompen esquemas, se crean novedades tanto anecdóticas como formales.

Una de las principales diferencias de fondo entre una novela y un cuento es la posible multiplicidad de sucesos anecdóticos que la primera permite y alienta, frente a la usual unicidad de tema del segundo. Por supuesto, ambos géneros narrativos pueden ser de igual manera logros cabales de sus autores, siempre y cuando tengan claras las diferencias de forma y fondo que las caracterizan.

Hay quien se pregunta por qué es mucho más frecuente que existan buenos talleres literarios de cuento que de novela, por más que en ambas modalidades de la ficción los respectivos profesores sean excelentes en su especialidad.

En realidad la razón es relativamente sencilla, y puede deducirse de los planteamientos expresados anteriormente. En principio, una novela, aunque sea corta, es estructuralmente bastante más compleja que un cuento por la cantidad de ingredientes que caben en sus extensas dimensiones.

A mi juicio, y sintetizando mucho, me parece que esta es la razón a la hora de discutir y analizar seriamente ambos géneros en un posible taller: En la novela caben muchas más variantes estructurales y temáticas, y también más personajes que en el más experimental de los cuentos. Lo cual implica, en principio al menos, que tome mucho más tiempo entablar a fondo, en la clase (léase “taller”) una discusión sobre una novela, que sobre un cuento.

Además, tómese en cuenta que en un taller suele haber una pluralidad de participantes, por lo que el factor tiempo (su buen uso, con la participación de todos los miembros) es fundamental. Visto así, no conozco, ni en Panamá ni en México, ningún taller de novela, mientras que cada vez nacen más talleres de cuento, casi siempre con muy buenos resultados.

Grandes cuentistas mexicanos han sido, entre otros: Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Rosario Castellanos, José Emilo Pacheco, Elena Garro, Juan José Arreola, Inés Arredondo, José Revueltas, Edmundo Valadés, Amparo Davila, Guillermo Samperio, Mónica Lavín, Bernardo Esquinca, Alberto Chimal y Juan Villoro, entre otros.

Entre los norteamericanos, además del gran maestro Edgar Allan Poe, hay que mencionar a Ernest Hemingway, William Faulkner, John Steinbeck, Nathaniel Hawthorne, Flannery Oconnor, Raymond Carver, John Cheever, Ray Bradbury y Stephen King, así como a las canadienses: Alice Munro y Margaret Atwood. Cada quien dueño de su propio mundo imaginativo intransferible...

Y cómo no mencionar, entre los argentinos a Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y actualmente Mariana Enríquez, Ana María Shua y Samanta Schweblin. Entre los uruguayos: Horacio Quiroga, Felisberto Hernández, Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti,

En Panamá, excelentes cuentistas han sido: Darío Herrera, Ricardo Miró, Enrique Chuez, Rogelio Sinán, Justo Arroyo, Ernesto Endara, Moravia Ochoa, Pedro Rivera, Félix Amando Quirós Tejeira, Gonzalo Menéndez González, Giovanna Benedetti, Pedro Crenes Castro y Ela Urriola,

También: Beatriz Valdés, Carlos Wynter Melo, Eduardo Jaspe Lescure, Melanie Taylor Herrera, Claudio De Castro, Marco Ponce Adroher, Consuelo Tomás, Dimitrios Gianareas, José Luis Rodríguez Pití, Roberto Pérez-Franco, Danae Brugiati, Rogelio Guerra Ávila, Olga de Obaldía, Héctor Rodríguez Cedeño, Nicolle Alzamora Candanedo, Carlos Fong, Héctor Collado, Sonia Ehlers y este servidor, entre otros.

Muy diversos entre sí en su producción literaria, en todos ellos sobresalen sus logros tanto estilísticos como por la originalidad de sus variados contenidos. Cabe recordar que ya en mi artículo anterior mencioné a nuestros más destacados novelistas.

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor
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