• 24/03/2026 00:00

Breves reflexiones sobre nuestra identidad nacional

El concepto de identidad nacional es una construcción eminentemente cultural. ¿Qué significa ser panameño? Además de un gentilicio respetable -aunque denostado parcialmente en el exterior, al asociarlo con la corrupción impune-, resulta difícil ofrecer una definición completa y definitiva. Debemos primero apoyarnos en una interpretación histórica para imaginar el destino de una sociedad como nación. Desde Justo Arosemena, en su utopía geográfica y transitista de “El Estado Federal de Panamá”, de 1855, hasta hoy ha transcurrido más de siglo y medio de reflexión pertinente sobre la identidad panameña, con algunos aportes relevantes. En el concepto de la identidad nacional, los orígenes son importantes, y así lo comprendieron los intelectuales más destacados de las ciencias sociales, aunque también se hayan ocupado del asunto otros escritores desde la ficción literaria, con desigual calidad. En muy pocas líneas intentaré aproximarlo.

Panamá alberga una sociedad de orígenes geográficos, raciales y culturales muy variados y con una conciencia relativamente reciente y moderada de su unidad, con una población que hasta 1900 era pequeña, de apenas 315.000 habitantes aproximadamente, que vivían dispersos, aislados y en gran parte desconectados entre sí, con un 85% de analfabetismo. Gente mucho más numerosa hoy (4,5 millones de habitantes) que todavía parece dudar de un futuro conjunto, tal como se observa en reivindicaciones de identidad étnica mediante ideas de inspiración anglosajona de pequeñas y prósperas élites que reclaman mayor protagonismo y poder político-burocrático, aunque cada vez más fenómenos deportivos y festivos nos unan momentáneamente. Durante gran parte del siglo XX, quizás el elemento aglutinante de una forma de conciencia nacional fue la lucha por solucionar el defecto fundacional de la República como un protectorado estadounidense, con la Zona del Canal en el corazón del istmo, hecho que creaba otra realidad geográfica, cultural y anímica, que denunciaron de manera desgarradora las novelas de Joaquín Beleño. Situación que, resuelta gracias a los Tratados Torrijos-Carter de 1977, nos ha dejado huérfanos de motivación unitaria y abiertos a la disgregación.

En el siglo XX, el tema fue esencial; llegó hasta las ciencias sociales más respetables y se desbordó en la literatura algunos de cuyos críticos más activos sin razón ignoran las ciencias humanas. Octavio Méndez Pereira, en su novela sobre Vasco Núñez de Balboa, plantea varios mitos originarios del siglo XVI, mientras que Hernán Porras en su importante ensayo intenta una interpretación sociológica, y Ricaurte Soler, en sus libros, una más bien dialéctica de corte marxista sobre nuestra identidad; Diego Domínguez Caballero y Ricardo Arias Calderón lo hicieron desde la vertiente filosófica cristiana. Grandes historiadores como Alfredo Figueroa Navarro, Óscar Vargas Velarde y Mario Molina, entre otros, aportan luces brillantes. Ana Elena Porras, en su “Cultura de la Interoceanidad”, de 2005, y Patricia Pizzurno, en sus “Memorias e imaginarios de identidad y raza en Panamá, siglos XIX y XX”, de 2010, desde sus enfoques, antropológico la primera e histórico la segunda, ofrecen nuevos y valiosos elementos de reflexión al reducido mundo intelectual panameño. Sólo he mencionado algunos autores autóctonos más representativos de la evolución del pensamiento sobre la identidad, mientras que sobresalen extranjeros como la española Carmen Mena, el estadounidense Michael Conniff y el francés David Marcilhacy. En las cuatro ediciones (desde 1979 hasta 2013) de “La Población del Istmo de Panamá del siglo XVI al siglo XX”, he podido plantear, mediante un método de investigación geohistórico, elementos que podrían contribuir a comprender el tema de la identidad panameña.

En 1965, Rodrigo Miró Grimaldo, en su célebre ensayo titulado “Integración y Tolerancia, los Modos de Panamá”, trató de exponer la moderación panameña como nuestra singularidad. Existen dos grandes corrientes que resumen la dicotomía entre quienes fundamentaban la identidad panameña en la región de tránsito, su gente variopinta y su manera de ser, cosmopolita, tolerante, abierta al mundo y dedicada a los intercambios comerciales y humanos, y la región rural, el interior del país más agrario e hispánico (aunque mítico), de mayor dignidad y esfuerzo pretendidos, del mundo de ”El Orejano” de Belisario Porras, elevado, desde la década de 1930, por un panameñismo folclórico, xenófobo e inexplicablemente racista a la categoría ejemplar. Ahora se añade el “invisible”, que forma parte de estamentos históricamente subordinados, urbanos y rurales, de las etnias indígenas y de grupos de origen más marcadamente africano, no obstante que la inmensa mayoría de los panameños de todas las capas sociales tengan raíces amerindias, africanas y europeas. Habría, así, varias formas de intentar explicar la realidad de un pueblo y de una nación en construcción permanente de una identidad aún múltiple, que tiene dificultades para imaginarse más solidaria y con un destino común que trascienda la historia y la geografía, producto de tantos encuentros y desencuentros entre gentes diferentes que por razones variadas se hallaron, en diversos momentos del pasado, en el istmo agreste y tropical, puerta activa y solitaria entre los dos grandes océanos.

En algunos ensayos más recientes he profundizado en la tesis de las identidades múltiples de Panamá y de su pueblo, riqueza extraordinaria, aunque en el exterior se nos identifique principalmente por nuestra función de tránsito interoceánico y nuestra marca registrada desde hace más de un siglo, el Canal de Panamá, lo único que nos otorga reconocimiento universal. Los estudios genéticos sustentan, con los instrumentos de la ciencia más avanzada, otros hechos entre los cuales podemos contar la realidad y la diversidad culturales, el origen de nuestro pueblo y de la sociedad panameña actual. Es un hecho cada vez más reconocido y aceptado, y fuente de afirmación de nuestra identidad más profunda, la cual debe ser alentada y cultivada en todos los ámbitos de nuestra educación. Debe quedar inscrito entre las tareas fundamentales tanto del Ministerio de Educación como del reciente Ministerio de Cultura, creado en 2019, como un logro mayor en nuestra historia de fortalecimiento institucional.

*El autor es geógrafo, historiador y diplomático
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