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- 26/05/2026 00:00
Celebramos la reactivación de la Academia de la Historia de Panamá
“No hay mal que dure cien años” ... El refrán, esperanzador, nos alentaba para resolver el mayor problema en verdad existencial de nuestra República, porque también era a perpetuidad, causado por la existencia de la Convención del Canal Ístmico de 1903, lo que logramos en 1977 mediante los Tratados Torrijos-Carter.
En nuestro caso, el mal duraba ya más de cuarenta años cuando la Academia de la Historia de Panamá, institución centenaria creada en 1921, estuvo inactiva, con grave daño para el cultivo de las bases de nuestra identidad profunda inscrita en nuestro pasado, y para realzar la personalidad internacional de Panamá. Sucedió porque durante décadas la Junta Directiva de la Academia de la Historia de Panamá nunca convocó una reunión para considerar los nombramientos de nuevos académicos de número que sustituyeran a los que fallecían. Llegamos así a 2026 a contar solamente dos académicos numerarios sobrevivientes.
Gracias a la decisión del presidente José Raúl Mulino y de la ministra María Eugenia Herrera, manifestada en el Decreto Ejecutivo No. 3 de 6 de abril de este año se pudo, al fin, nombrar a ocho académicos de número nuevos, quienes se añaden a los dos sobrevivientes para completar una cifra suficiente para reactivar la Academia de la Historia de Panamá. Mediante la Resolución del Ministerio de Cultura del 15 de abril fui habilitado legalmente para cumplir, en calidad de académico numerario sobreviviente, con la misión de nombrar esa primera nómina de académicos de número. En cumplimiento de tal responsabilidad, tuve el honor de escoger a ocho historiadores con gran trayectoria atestada por su actividad investigativa, la importancia de sus obras publicadas y su docencia a nivel nacional.
Esos nuevos académicos de número son: Alfredo Figueroa Navarro, Mario Molina Castillo, Patricia Pizzurno Gelós, Oscar Vargas Velarde, Celestino Araúz Monfante, Stanley Heckadon Moreno, Ana Elena Porras Guizado y Carlos Cuestas Gómez. Todos, a mi juicio, debieron haber sido nombrados hace muchos años, situación que por fortuna resolvimos este 21 de mayo de 2026. A todos agradezco haber aceptado nuestra invitación y les deseo el mayor éxito en sus nuevas funciones que ejercerán con mucha competencia. Agradezco su entrega a una misión totalmente ad honorem, que solamente contará con la gratitud de la sociedad panameña y de las generaciones por venir, además del reconocimiento de los historiadores de las otras academias del continente y de España que todavía preguntan por nosotros.
Debo reconocer que el gobierno del presidente Mulino acompañado por la ministra Herrera ha sido el primero post invasión que ha demostrado un interés genuino por reactivar la Academia de la Historia de Panamá, tarea titánica en la que nos hemos comprometido varios ciudadanos desde la década de 1990, a pesar de los notables obstáculos que hemos encontrado, incluso inesperados. Recuerdo el interés del doctor José Ángel Noriega y del presidente Aristides Royo en apoyo de nuestros esfuerzos, y el de académicos de número ya fallecidos, encabezados por Jorge Conte Porras, hasta la acción más reciente del jurista Óscar Vargas Velarde y del asesor presidencial Julio Bermúdez Valdés, a quienes agradezco por su colaboración entusiasta y desinteresada.
La Academia de la Historia de Panamá tiene por delante una ingente labor. Después de elegir su Junta Directiva y ocupar cuando pueda la sede que con generosidad la señora ministra de Cultura ha puesto a su disposición de manera provisional en el Ministerio bajo su cargo, primero debe comunicar a las academias semejantes de América y España su reactivación y su reintegración a la familia de la que nunca debimos alejarnos. Lo hacemos en un momento de júbilo especial, cargado de simbolismos, a un mes de la conmemoración del bicentenario del Congreso Anfictiónico de 1826.
Luego, debemos tomar decisiones sobre la actualización de nuestros estatutos, potestad exclusiva de la Academia reactivada. Además, propondremos el nombramiento de “académicos correspondientes”, estudiosos de la historia con cierta trayectoria o con obra aún incipiente.
Tercero, propongo crear una categoría nueva de “miembros de honor”, tal como se estila en otras academias prestigiosas. En este caso, propondría que dichos cargos sean ocupados por historiadores extranjeros que tienen obras importantes de historia sobre Panamá. Pienso, al principio, en personalidades como la española doctora Carmen Mena García, la principal autoridad extranjera sobre la historia de nuestro país y sus obras monumentales, y el francés doctor David Marcilhacy ya con libros estimables sobre Panamá.
Mientras se reactiva la Academia de la Historia de Panamá, tiene lugar en nuestra capital el Congreso titulado “200 Años del Congreso Anfictiónico de Panamá, memoria bolivariana y geopolítica de las Américas”. Actividad promovida principalmente por el doctor David Marcilhacy, profesor de la Sorbona de París, con el apoyo de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Universidad de Panamá. Esta actividad académica es el faro intelectual del bicentenario de dicho Congreso convocado en nuestra capital por Simón Bolívar hace doscientos años. La coincidencia es afortunada porque una de las actividades cimeras de la Academia de la Historia de Panamá será promover investigaciones, reuniones nacionales e internacionales, publicaciones y otras actividades para impulsar el estudio de la historia patria y para su difusión interna e internacional. La historia de Panamá no es ficción, es una realidad cuyo conocimiento debemos profundizar de manera científica. Se dice que el hombre y la sociedad que desconocen su pasado no tienen un porvenir asegurado. Es una de las máximas que nos impulsan en esta Academia resucitada en el siglo XXI, para el servicio de Panamá y de nuestra imagen ante el mundo.