• 03/10/2026 02:03

Confianza bajo fianza

La revolución tecnológica es, como la hidra de Lerna, un monstruo de siete cabezas, cuando cortas una, sale una nueva.

Seguro son más de siete, pero hagamos una lista corta. Según nos informan los diarios: uno, las nuevas tecnologías menoscaban el desarrollo de aprendizajes de los niños; dos, reducen significativamente las fuentes de empleo juvenil y reemplazan a ciertos trabajadores asalariados con plataformas digitales; tres, rinden superfluas una serie de carreras profesionales; cuatro, promueven la construcción de centros de datos que intensifican la presión sobre la energía y los recursos naturales como el agua; cinco, elevan a la “n” potencia las capacidades de control y vigilancia de las personas, y sus pensamientos y opiniones, por parte de los aparatos de seguridad; seis, facilita el desplazamiento de la toma de decisiones políticas con la instalación de procesos tecnocráticos que ocurren al margen de toda deliberación ciudadana; y siete, obstruye y dificulta la formación de consensos políticos necesarios para habitar una comunidad política de tejido democrático.

No hay un Hércules tardo capitalista que pueda, de un tajo, cortar todas estas cabezas a la vez. Por eso nos ocupamos de ellas una a una, sabiendo que el monstruo sigue vive por más que alguien logre cortarle una cabeza. En esta ocasión nos enfocaremos en las dos últimas facetas de la lista, pues tienen una incidencia directa en el hacer político. Esto no quiere decir que las cinco primeramente mencionadas sean irrelevantes para la política. Eventualmente, todos estos cambios afectan las condiciones en que los seres humanos se relacionan, cooperan entre sí, y generan decisiones compartidas sobre el destino que desean tener.

Aunque mucho se habla del enorme poder que caracteriza a los entes públicos y privados que se especializan en el manejo de la información, no sería justo ni correcto reducir el papel político de la revolución tecnológica a su fase de facilitadora del ejercicio del poder administrativo del Estado, que Slavo Zizek denomina pospolitica. Es sabido que, gracias a las herramientas digitales ya existentes, los aparatos estatales de hoy podrían rastrear, perseguir, vigilar, mentir y engañar con mucho más efectividad y audacia de lo que lo hicieron los Estados totalitarios del siglo XX. Las máquinas que Zamyatin, Huxley y Orwell se imaginaron para escribir sus obras de ficción (Nosotros 1921; Mundo feliz 1931; Mil novecientos ochenta y cuatro 1949), están en buena medida superadas por el desarrollo de la inteligencia artificial de nuestros días, y aún así no vivimos en esas sociedades distópicas.

Quizás sea un limitado éxito del movimiento por la democracia alrededor del mundo. Pero antes de que celebremos en forma prematura, cabe analizar la propuesta de Pierre Rosanvallon (1948-), un catedrático del Collége de France, donde enseña Historia Moderna y Contemporánea desde el 2001. Junto a otras figuras como Marcel Gauchet (1946-), o Pierre Manent (1949-), sus contribuciones aportan una riqueza de análisis y enfoques, que, si bien se enfocan en la escena francesa y europea, tienen el atractivo de un ejercicio teórico que encuentra luces entre las grietas de teorías políticas gastadas que ya no forman ni reforman.

Rosanvallon tuvo también grandes maestros, intelectuales de la talla de Cornelius Castoriadis (1922-1997), Claude Lefort (1924-2010) y Francois Furet (1927-1997). Su obra es una invitación a leer la historia de la democracia como un proceso vivo de experimentación inacabada, en el que no hay un modelo original o correcto. La historia que enseña Rosanvallon es un laboratorio permanente, donde no hay verdades finales, pero sí muchos errores que corregir a medida que andamos. Su tesis doctoral fue El momento Guizot (1985), dirigida por Francois Furet, y su más reciente obra es El siglo del populismo (2020), una obra que amerita un comentario más largo en otra ocasión, pues allí expone cómo el populismo es una estrategia de simplificación, una deriva patológica de la democracia y un límite peligroso que aprovecha el desencanto ciudadano con las instituciones liberales tradicionales. Aquí nos enfocaremos en una obra publicada en el 2006 y traducida al español en el 2007, titulada La contrademocracia. La política en la era de la desconfianza.

Uno de los conceptos centrales de Rosanvallon en su interpretación histórica es el papel que juega la desconfianza hacia las instituciones. No se trata del ciudadano espectador o pasivo. Ese no es el problema de las democracias actuales. Se trata de una actitud formativa de la sociedad civil que, por principio, desconfía de todas las iniciativas de gobierno. No es tampoco una cuestión que privilegie una ideología. Basta con que el gobierno se apropie de un tema o concepto y recibirá el rechazo de todos los grupos que defienden las libertades democráticas. Esta indistinción discursiva constituye un problema, pues no permite la organización duradera sobre la base de objetivos estratégicos para la sociedad.

La desconfianza, ha dicho y repetido una y otra vez Rosanvallon, es “el veneno de la democracia”. Rosanvallon reconoce que en la matriz constitucional de los nuevos regímenes de finales del siglo XVIII se encuentra la “vigilancia” ciudadana, pero ello supone más la actitud del juez que analiza hechos que una predisposición hacia cualquier cosa que se genere en las oficinas del gobierno. De allí que la utilización del mecanismo de denuncia pública y la exigencia de competencias profesionales en el desempeño del gobierno se entienden en esta etapa como un valor que se comparte por todos los actores en la competencia política y dotan de contenido a la función de control. Rosanvallon plantea que los movimientos contestarios que emergieron en los años setenta del siglo pasado, no buscaban representar personas, propiamente, sino que su militancia estaba dirigida a velar por la observancia de las reglas del juego democrático.

A pesar de que La contrademocracia se publicó en el 2006, es decir, poco antes de que explotaran de las redes sociales, la obra incluye un apartado titulado “Internet, forma política”. Rosanvallon argumenta que internet no es solo un medio, sino que es una forma social y una verdadera forma política, pues contribuye a la creación de lazos comunitarios. Internet es la verdadera esfera pública, y “encarna... de forma casi material esta fuerza invasora en la que cada uno participa sin que nadie pueda adueñarse de ella, amplificando así a un mismo tiempo las patologías y las promesas atribuidas a esta “reina del mundo”. Rosanvallon toma distancia de los panegíricos que celebran el advenimiento de la “teledemocracia”. Internet no es un espacio de legitimación del poder, sino de su control, y por lo tanto el instrumento ideal para la denuncia y las exigencias ciudadanas.

El problema de la democracia en el capitalismo tardío no es entonces la despolitización de la esfera pública, como quiere Habermas, sino la omnipresencia de un nuevo actor “impolítico” por esencia. Rosanvallon, en cierta medida, previó que las redes sociales no están pensadas para formar consensos sociales, sin los cuales la democracia no es posible. La inmediatez de las conversaciones borra del discurso político la complejidad del conjunto y todo sentido de tiempo ligado a la construcción de un mundo común, que en la Ilustración siempre fue una dimensión de la conversación política. No hay plan ni estrategia de gobierno que resista la observación de que no ha logrado resolver el problema de la desigualdad social. Internet ha naturalizado las frivolidades de los vendedores de humo.

La contrademocracia es rigurosa en el análisis de las distintas figuras que comienzan a poblar lo que Rosanvallon llama la soberanía de la obstrucción y dedica varios apartados al análisis de la democracia electoral, pero el foco de su argumento es la distancia preocupante que ha emergido entre la sociedad civil y las instituciones. De allí el uso del término “impolítico” para referirse a la permanente actividad encaminada a menoscabar las acciones de gobierno. En un momento se refiere a la “contrapolítica”, término que me parece más apropiado para designar la actividad que ya no busca conquistar el poder, sino solo dejarlo disminuido.

Pospolítica y contrapolítica son una buena parte de las realidades a las que han de enfrentarse los actores políticos en nuestros días. Por eso tiene sentido cuidar las condiciones del debate, acercarlo al ciudadano y reconocer la responsabilidad en la toma de decisiones, así como buscar recuperar la confianza en el desempeño de las instituciones, con evidencias, con transparencia en los procedimientos y con integridad discursiva, en los mismos espacios en que estas se han deteriorado. Esto no es darles total libertad a los ciudadanos en funciones oficiales. Ante una historia larga de abuso y corrupción en las instituciones públicas, sería más bien libertad bajo fianza. Quizás, podríamos intentar confianza bajo fianza.

* El autor es miembro del Grupo de Investigación POLITAI e Investigador asociado del CIEPS
Lo Nuevo