• 04/08/2019 02:01

Días de infamia

‘[...] una nueva generación de científicos, físicos y químicos ve el uso de las bombas atómicas contra Japón como una decisión desacertada [...]'

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El próximo martes 6 de agosto se conmemoran setenta y cuatro años de aquel triunfo científico que luego se convirtió en pesadilla política por la inconveniencia de haber usado la bomba atómica sobre Hiroshima. Esa fecha produce vergüenza, pesar y miedo, aunque fue una decisión de las más trascendentales que en este mundo jamás se haya tomado. Sin embargo, en ese momento, cuando el trabajo febril en Los Álamos estaba llegando a una conclusión, no había ningún problema con la decisión. Para el general Leslie Groves, quien dirigió el Proyecto Manhattan, nunca hubo dudas en su mente de que la bomba debía ser usada tan pronto estuviera lista. Igual fue la opinión en los más altos niveles del Gobierno estadounidense expresada por el presidente Truman, cuando dijo que la bomba atómica es un arma militar y había que usarla como tal. Es cierto, nunca hubo dudas de que iban a usar la bomba, pero tampoco nunca hubo un debate del asunto, como lo escribió Churchill que la decisión nunca fue un problema, porque nunca se discutió.

Si no fue un problema en 1945, sí lo es ahora. ¿Por qué? Tal vez porque nuestras conciencias están conmovidas por la atrocidad de Hiroshima y Nagasaki. Quizás porque somos más escépticos sobre la retórica que usan las naciones para justificar las guerras. O simplemente porque ya no somos tan insensibles con respecto a la muerte de inocentes, ya sea en época de guerra como Hiroshima y Vietnam o en actos de agresión como Granada, Panamá, Irak o Afganistán. O tal vez porque hoy, a diferencia de 1945, sentimos el cálido aliento de la fisión nuclear sobre nuestros propios cuellos y sabemos que nuestro destino depende de una decisión similar a la que tomaron o asumieron los políticos estadounidenses en los últimos meses de la guerra contra Japón.

En el momento en que se probó la bomba en Nuevo México, parecía una extensión de las armas que ya estaban en uso, diferentes en grado pero no en su especie. Y siendo un arma de guerra, como aduce Truman, fue utilizada como tal. Hoy nos parece una atrocidad que se haya utilizado semejante artefacto de terror sin previo aviso a civiles desprotegidos. Pero la masacre de civiles no comenzó en Hiroshima. Solo hay que recordar los ataques aéreos a Londres, Rotterdam, Leningrado y Dresden. Y por supuesto los bombardeos contra ciudades japonesas donde los civiles eran el objetivo principal. En una sola redada a Tokio, 83 mil personas fueron quemadas vivas, una cifra mayor que la de cualquiera de las bombas atómicas. Sin embargo, pocos se han molestado en cuestionar semejante brutalidad, aunque entre los pocos encontramos al secretario de Guerra, Henry Stimson, quien en memorándum escrito al físico Robert Oppenheimer, le escribe ‘es aterrador que no haya protestas por los ataques aéreos que se realizan contra Japón y que causan cuantiosas pérdidas de vidas... Algo anda mal en un país donde nadie cuestiona eso'.

Aunque han pasado muchos años desde esos días de infamia, ahora y de manera tardía, una nueva generación de científicos, físicos y químicos ve el uso de las bombas atómicas contra Japón como una decisión desacertada que pesa sobre toda la humanidad y nuestros descendientes. Irónicamente, el legado de Hiroshima se celebra en Panamá todos los años con el Día del Químico. Y aunque la bomba atómica trajo un nuevo nivel de horror al mundo y también una nueva comprensión de nuestras limitaciones y poderes, también ha matizado en parte la petulancia de la diplomacia y ha hecho más evidente las responsabilidades que conllevan el poder, la falta de respeto y la pequeñez del hombre ante las fuerzas de la naturaleza.

La madurez es un proceso lento, tanto para los países como para sus poblaciones. Con el uso de la bomba atómica tenemos un punto de referencia desde donde podemos reflexionar acerca de cómo y dónde comenzó todo, y por obligación tenemos que remontarnos a esa terrible y asombrosa mañana en que el sol salió dos veces sobre el desierto de Nuevo México. Porque fue una mañana donde el mundo cambió para siempre. Esa mañana del 16 de julio de 1945, decenas de científicos, físicos y químicos dedicados y frenéticos celebraron un poder más allá de la comprensión y quizás más allá de nuestro control. Tal vez, Kenneth Bainbridge, uno de esos científicos, lo expresó de manera memorable cuando se dirigió a los demás, al momento en que la nube de fuego en forma de hongo ascendió hacia el cielo y dijo suavemente: ‘Ahora sí todos somos unos infelices desgraciados'.

QUÍMICO

‘[...] uno de esos científicos, lo expresó de manera memorable [...]: ‘Ahora sí todos somos unos infelices desgraciados'.'

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