Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
Alguien manifestó en una ocasión, palabras más, palabras menos: “De soberanía no se come, ni de patriotismos se vive”, un axioma que pareciera ser cierto, pero en la praxis no resulta ser tan verdadero. Allí está el ejemplo del Canal de Panamá, puertos, empresas nacionales administradas por panameños destacados y muchos otros ejemplos para citar.
El tema viene al caso, pues este mes, y en las circunstancias actuales que estamos viviendo, está dedicado a exaltar aspectos patrióticos de nuestra nacionalidad, mas no así el “patrioterismo” exhibicionista que raya en la vulgaridad; ese alarde excesivo y enfermizo de un supuesto fervor y amor a los símbolos patrios. Estas fechas deben ser acciones sobrias para impulsar el verdadero conocimiento, el sentimiento de arraigo al terruño y exaltar las entrañas profundas de lo vernacular. Todo lo anterior está íntimamente vinculado con el sector agropecuario y, como lo han manifestado algunas voces (Ecos del Agro, Reportero del Agro y tantos otros panameños conscientes de lo que realmente representan estas fiestas), no debemos tergiversarlas convirtiéndolas solo en días de asueto. Simplemente irse de paseo a la playa, inundar con los tres colores o el escudo ventanas, puertas, instituciones públicas y privadas, y colocar banderitas tricolores en los vehículos, mientras suenan los ruidos estridentes de cornetas y tambores de nuestras bandas escolares.
Coincidimos plenamente con esas posiciones serias y objetivas, ya que el verdadero patriotismo se practica todos los días del año, sin el comportamiento ostentoso de estos momentos. No confundamos el auténtico fervor nacionalista, como homenaje real y sobrio, con deleznables acciones que desnaturalizan el verdadero contenido de las fechas del calendario de la panameñidad. De lo que se trata es de que, a pesar de la tragedia local que todavía nos asola, tras eliminar posteriormente toda la fanfarria de las efemérides patrias, debemos continuar produciendo comida y redoblar esfuerzos en los campos de producción para que no exista desabastecimiento de alimentos a la población, a pesar de las numerosas limitantes que atraviesa el productor panameño.
Sin embargo, es importante destacar lo que representan las fiestas patrias y brindar un homenaje “realmente” con los honores correspondientes a estas fechas. En estos días las labores agrícolas no se detienen, a pesar de las penurias y desgracias por las cuales atraviesa el país. Pero suelen ocurrir interrupciones en las jornadas laborables pues, aparte de la disponibilidad y ausencia de mano de obra (desruralización), pueden presentarse variaciones en la demanda de productos frescos y un impacto en el transporte de alimentos hacia los centros de consumo.
Existen factores internos y externos incontrolables, como el acontecimiento que nos ocupa que ha continuado con las réplicas y los efectos causados: pérdida de cosechas, maduración extemporánea (nadie estaba preparado para esta situación), especulación de precios y productos altamente perecederos sin cadena de frío. Al señalar todas estas apreciaciones, podríamos caer en críticas insulsas y en la emisión de juicios infundados, dado que aún no concluye el mes de la patria y ya se está preparando el arbolito de Navidad y al hombre bonachón de vestido rojo y barba blanca, que viene en su trineo desde el Polo Norte con su característica carcajada y cargado de juguetes.
No podemos detenernos en estos días intensos, al son de redobles, liras y trompetas, ante la presencia de banderitas y celebrando a la nación inmensa, para luego, al finalizar los actos y guardar el pabellón, impregnarnos de amnesia general y abstraernos de la realidad por la euforia de la fiebre colectiva, descartando cualquier vestigio de auténtico amor al solar. Jamás debemos olvidar, ni hay que impedir reconocer, a quienes producen los alimentos y los colocan en nuestras mesas, por encima del jolgorio popular. Mientras unos desfilan —lo cual no es malo—, otros “parrandean” con la botella semiescondida en la mano o el vestido, o se van de “pindines” en la noche, mientras muchos panameños continúan todavía en albergues, esperando la evaluación de sus hogares o removiendo los escombros esparcidos en el suelo.
Pero no se percatan de aquellos que hacen producir la tierra, de verificar el estado de los campos y cultivos sembrados, a pesar de las múltiples contradicciones actuales en que se debate el ser social en nuestro istmo. Esas manos no descansan: evalúan las siembras, aplican el abono correspondiente, eliminan las malas hierbas, realizan controles fitosanitarios y aspiran, sin sobresaltos, a una cosecha que no presagie mayores contratiempos, con el derecho a precios justos y razonables para no afectar en desmedro del consumidor final, que en última instancia somos todos los habitantes.
En el otro lado de la esquina, esperemos que al culminar el mes de nuestros símbolos, cuando guardemos las banderas, la parafernalia de los desfiles, los vestuarios y demás arandelas —si es que no se han deteriorado—, los productores, en medio de las calamidades, prosigan produciendo comida. Igualmente, desde otras orillas opuestas, proclives a recibir comentarios de toda naturaleza, las diversas actividades propenden a reactivar la economía informal con la venta de productos y distintas expresiones culinarias a transeúntes, algunos turistas y al público en general. Es la dialéctica y las relaciones sociales de producción en las sociedades. También es importante destacar la simbiosis de la cadena productiva, en la que productores, transportistas, empresarios, industriales, procesadores e incluso intermediarios y especuladores hacen posible llevar la cuchara con alimentos a la boca, por encima de las distorsiones patrióticas de estos días.