Llega noviembre y a pesar de todos los eventos vividos y sufridos por un pueblo flaco, enfermo y con sed, ese sentimiento que nos hace ver significados alternos a simples colores y formas de estrella emana entre la gente. Recordamos gestas y logros de gente anterior a nosotros.

Fechas de eventos que dieron los primeros pasos hacia lo que hoy somos como país son recordadas y sentimos una ilusión de equidad entre ciudadanos. Todos queremos vestir los colores patrios, demostrando que somos orgullosamente nacionales.

Música de nuestros más famosos artistas resuena en autos y portales. La emoción de portar el estandarte en un desfile causa escalofríos en la espalda de un estudiante. Queremos enaltecer la patria, cada uno desde su actividad personal. Suena conciliador y bonito pero, realmente, ¿loor a qué le estamos rindiendo?

No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que si nuestros padres fundadores pudieran ver los rumbos que le estamos dando a nuestra nación se revolcarían de espanto. Y es que lo primero que verían es que, en una copia barata de democracia, nos hemos especializado en empoderar a los peores, no a los más inteligentes ni capaces.

De la mano de un tribunal que debería estar al servicio de la democracia y la transparencia, connotados truhanes han accedido al más alto hemiciclo de poder del país. Ese tribunal, lejos de hacer su trabajo, se inclina hacia el poder constituido o emergente, doblando normas y normalizando excentricidades hechas a la medida del que consideren el “caballo ganador” de los comicios.

Ningún país puede surgir cuando los que llevan las riendas estatales no son otra cosa que el resultado de las malas elecciones de un pueblo hambriento y enfermo, apoyados por el filtro partidista que, en un efecto inverso a la depuración de los contaminantes, o en este caso la depuración de la corrupción, atrapa en el tamizaje de sus apetitos e intereses cualquier intento de honestidad y capacidad de liderar que se atreva a aspirar a llegar a un puesto del hemiciclo.

Es el perfecto sistema para perpetuar las malas prácticas y el malestar ciudadano, con todas las aristas que conocen aquellos que padecen la realidad de estar lejos del alcance presupuestario nacional. A los políticos tradicionales solo les interesa seguir llenando sus bolsillos, en contra de lo que les decían sus profesores y maestros, quienes en su momento los reconocieron como pícaros, indisciplinados, o simplemente incapaces de aportar algo positivo. De manera paradójica, ese accionar que desde su juventud los caracterizó como maleantes es precisamente lo que les permite aferrarse al poder y sus mieles, siempre apoyados por un sistema de instituciones corruptas.

Mientras cada 5 años la decisión de la mayor minoría le entrega el poder a gente que desde la escuela se veía que “no daba bola”, una mayoría ciudadana tiene que sufrir los páramos de tener amantes de la corrupción y del pillaje tomando las decisiones que afectan a todo el país. Si no eran capaces de aprenderse una poesía para la clase de Español, tanto menos van a entender de economía. Pero sí saben sumar “cashbacks”.

Imagine usted, amigo lector, a un “vinicius” o a un “perro fiel” tratando de plantar debate ante un Justo Arosemena, sobre por qué el hemiciclo debe mantener planillas millonarias sin rendir cuenta alguna. Así de absurda es la realidad de aquellos que hoy deciden en qué se invierte la plata de todos.

Mientras haya gente que defienda a los enemigos de la patria, yo me pregunto ¿loor a qué? No podemos decir que amamos nuestra nación con palabras, mientras con nuestros hechos demostramos de manera sobrada que no amamos nada, ni a nadie.

No sirve de nada vestirte de bandera, mientras tiras la basura que generas en ríos, quebradas y calles. No es coherente salir a desfilar y tocar un instrumento musical para homenajear la bandera, mientras al conducir no respetas las normas del tránsito y te estacionas donde no te corresponde, porque “eres más vivo” que los demás.

Apoyar a la selección no te hace amar más a la patria, que saber elegir a quienes luego les entregaremos el timón de la nave país. No denunciar la corrupción te hace tan culpable como aquel que perpetra el delito. ¿A qué le rendimos honores vestidos de bandera y coimeando?

No podemos seguir poniendo ejemplos del efecto Dunning-Kruger en curules. Gente con una incapacidad metacognitiva de reconocer su falta de conocimiento, y mucho menos, sus errores. Defienden sus ideas con la certeza del que cree saberlo todo, pero que no sabe nada en realidad.

Salir en un video haciendo tonterías que den risa es un “red flag” clarísimo de a quien no debemos elegir. Videos de frases motivacionales que no son propias, o en escasos y sugerentes ropajes no deberían ser las características que generan simpatías electorales. El pueblo tiene que entender que los que se apoyan en estas prácticas no están actuando: es lo único que saben hacer, payasadas y vulgaridad. Tenemos que aspirar a más en nuestros políticos, si queremos tener una patria a la que homenajear. Metámosle mente.

¡Viva Panamá!

Dios nos guíe.

* El autor es ingeniero civil y escritor
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