José Javier Rivera, vicepresidente del centro de conciliación y arbitraje de la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá, habló en exclusiva...
- 21/03/2026 00:00
El cambio climático deja de ser proyección, es una realidad presente con impactos sistémicos crecientes
El reloj climático no se detiene y las alarmas ya no suenan en el futuro, sino en nuestro presente. Según el reciente informe del Servicio de Cambio Climático de Copernicus, la media térmica global del trienio 2023-2025 superó por primera vez el temido umbral de 1,5 grados centígrados. Este hito histórico no es una mera curiosidad estadística, sino una severa advertencia sobre la extrema fragilidad del Acuerdo de París. Además, 2025 se consolidó claramente como el tercer año más cálido jamás registrado, lo que confirma una innegable y continua tendencia al alza de las temperaturas globales.
Esta fiebre planetaria también se refleja dramáticamente en los océanos. Las temperaturas globales de la superficie del mar se mantuvieron en niveles extremadamente altos durante el año 2025, situándose como las terceras más altas de la historia documentada. Esto ocurrió incluso con la presencia de un evento La Niña débil entre septiembre y diciembre, un fenómeno que habitualmente enfría las aguas superficiales. Sin embargo, el panorama exige mucha más preparación. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) pronostica para este 2026 una probabilidad del sesenta y ocho por ciento de enfrentar un evento El Niño fuerte durante el trimestre de junio a agosto que se extendería hasta diciembre. Dicho escenario incrementará las precipitaciones en el litoral atlántico y disminuirán en el litoral pacifico, obligándonos a actuar de inmediato. Es vital articular robustos planes de prevención y contingencia que unan decididamente al sector gubernamental y privado.
Infraestructuras críticas como el Canal de Panamá, la salud pública, el abastecimiento de agua para la población y para los sistemas productivos, y las hidroeléctricas necesitan preparar sus planes de prevención y contingencia que defina acciones de preparación, respuesta y rehabilitación ante incremento de temperatura, inundaciones y sequias extremas. Asimismo, garantizar nuestra seguridad alimentaria debe ser prioridad. La producción agropecuaria, la agroindustria y sus múltiples cadenas de valor enfrentan enormes retos. El cambio climático ya transforma la forma en que vivimos y alimentamos nuestras vidas diarias sin ningún tipo de excepción.
Esta crisis planetaria también amenaza directamente nuestra infraestructura energética global. Un detallado análisis de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA) muestra cómo las temperaturas récord de 2024, bajo un El Niño fuerte, afectaron gravemente los recursos energéticos renovables. Las variaciones en las condiciones climáticas influyeron profundamente en el rendimiento de la energía eólica, solar e hídrica de diferentes maneras según las diversas regiones. Mientras tanto, el incesante aumento de las temperaturas impulsó una mayor demanda eléctrica, especialmente en aquellos lugares con calor extremo y crecientes necesidades de continua refrigeración comercial y residencial.
A medida que los riesgos climáticos se intensifican, la necesidad de alinear la planificación meteorológica, climática y energética nunca ha sido más urgente para las personas, las economías y un futuro energético sostenido. Como advierte el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), cada fracción de grado importa enormemente. No podemos permitirnos ser meros espectadores pasivos ante esta coyuntura. Debemos convertir la sólida evidencia científica en decisiones estratégicas audaces. Ha llegado el momento decisivo de rediseñar nuestras sociedades para garantizar prosperidad, proteger los ecosistemas vulnerables y forjar hoy mismo nuestra resiliencia climática.