• 23/10/2026 00:00

El Canal de Panamá y la prueba de fuego de su blindaje sismo-resistente

El Canal de Panamá continuó operando solo dos horas después del terrible terremoto del pasado 9 de octubre de 2026, el cual causó graves destrozos en la península de Azuero y las provincias de Coclé y Veraguas. Esta rápida capacidad de respuesta se debió a su blindaje sismo-resistente, un criterio aplicado por la Autoridad del Canal de Panamá (ACP) durante la ampliación de la vía acuática con las nuevas esclusas para buques neopanamax.

Al revisar los hallazgos del geólogo Thomas Rockwell, de la Universidad Estatal de San Diego, que confirmaban el paso de la falla de Pedro Miguel y Limón justo debajo de la vía, la ACP actualizó radicalmente sus criterios de diseño estructural. Esta decisión tecnológica demostró haber pasado su prueba de fuego, a pesar de las objeciones que en su momento presentaron los grupos opuestos al proyecto de ampliación.

Esta visión preventiva ha estado presente desde el inicio de la construcción de la vía acuática por parte de los Estados Unidos en mayo de 1904. En aquella época, la ingeniería norteamericana —liderada en sus etapas clave por John F. Stevens y George W. Goethals— contrató al geólogo Donald MacDonald para estudiar los riesgos del terreno. McDonald sostuvo en un informe que un gran sismo no causaría catástrofes estructurales significativas en el Canal debido a la flexibilidad inherente del canal de esclusas y a la masiva estabilidad de sus componentes de tierra y agua. A pesar de sus conclusiones optimistas, agregó una advertencia profética: “un sismo destructivo no es imposible”.

Décadas más tarde, de cara a la ampliación moderna, los estudios paleosísmicos y neotectónicos cruciales liderados por Rockwell, en colaboración con el Instituto Smithsonian y universidades internacionales, identificaron con precisión el comportamiento de la falla de Pedro Miguel y la de Limón. Estos análisis demostraron que dicha estructura tectónica ha sufrido tres grandes rupturas en los últimos 1,600 años.

La historia sísmica de Panamá registra tres eventos desastrosos que validan estas alertas científicas. El primero de ellos ocurrió el 2 de mayo de 1621, afectando severamente a Panamá Viejo y al Camino de Cruces, lo que generó reportes manuscritos oficiales y crónicas coloniales enviadas a la Corona española. Este evento sísmico está asociado -según estudios de Rockwell- a las estructuras tectónicas de Pedro Miguel. El segundo ocurrió en 1882, dejando un saldo trágico de más de 700 indígenas de Guna Yala muertos, la caída de la catedral en Colón y el descarrilamiento del ferrocarril. El tercero es el reciente sismo del 9 de octubre, de magnitud 7.5.

Ahora bien, es crucial señalar que este evento no fue un simple temblor de baja o mediana intensidad, sino un terremoto catalogado como muy fuerte. Sus efectos se tradujeron en daños considerables a edificios residenciales, carreteras e infraestructuras clave, además de saldarse con una víctima mortal, decenas de heridos y graves pérdidas económicas.

Esta dura experiencia demuestra que Panamá no es una tierra inmune a los sismos, tanto en la capital como en el interior del país. La naturaleza deja una enseñanza que no debe recibirse con paranoia, sino con madurez civil y académica. Es el momento de educarnos, atender los adelantos científicos y aplicar con rigor los criterios sismo-resistentes que hacen posible una convivencia segura con el entorno.

Ante una actividad tectónica latente, los destrozos recientes obligan a que las normas de edificación a nivel nacional sean estrictamente rigurosas en cada nueva construcción. Salir de esta catástrofe exige unidad, porque -- solos no podemos - pero, sobre todo, el compromiso de diseñar planes y simulacros permanentes; no para ponernos a prueba de improviso, sino para estar verdaderamente preparados.

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