• 12/03/2026 00:00

El ‘Escudo de las Américas’ y el interés estratégico de Panamá

La reciente reunión convocada por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, con varios mandatarios de América Latina ha introducido un concepto que marcará una nueva etapa en la política hemisférica: el llamado “Escudo de las Américas”.

La iniciativa, presentada como una coalición regional para combatir los carteles del narcotráfico y otras organizaciones criminales transnacionales, refleja una realidad que ningún país del continente puede ignorar. El crimen organizado ha evolucionado hacia estructuras complejas, altamente sofisticadas y profundamente transnacionales. Hoy no se trata únicamente de narcotráfico. Se trata de redes que combinan tráfico de drogas, lavado de dinero, contrabando, minería ilegal, tráfico de personas y operaciones financieras y tecnológicas que cruzan múltiples jurisdicciones.

Pero hay una dimensión adicional que merece especial atención: el impacto del crimen organizado sobre las instituciones democráticas. Estas organizaciones han demostrado una capacidad creciente para penetrar sistemas políticos, financiar campañas, capturar instituciones públicas o influir en decisiones gubernamentales. La narcopolítica es una realidad que erosiona el estado de derecho, debilita la legitimidad de las instituciones y pone en riesgo la estabilidad democrática.

Frente a esta realidad, las respuestas exclusivamente nacionales resultan cada vez más insuficientes. Las organizaciones criminales operan sin fronteras; la cooperación entre los Estados continúa siendo fragmentada y desigual. El crimen organizado se mueve con una rapidez extraordinaria. Aprovecha tecnologías emergentes, redes financieras internacionales y estructuras logísticas globalizadas con una agilidad que muchas veces supera la capacidad de reacción de los Estados.

La cooperación internacional contra estas redes debe ser aún más rápida, más coordinada y sofisticada. En términos figurativos, si el crimen organizado se mueve con una velocidad vertiginosa, la cooperación hemisférica destinada a enfrentarlo debe ser capaz de adelantarse incluso al vuelo del halcón peregrino, el animal más veloz del planeta.

El planteamiento de una mayor coordinación regional, incluyendo cooperación en inteligencia, vigilancia marítima y acciones conjuntas contra redes criminales, responde a una preocupación legítima de seguridad hemisférica.

El llamado “Escudo de las Américas” no debe interpretarse únicamente en términos policiales o militares. También debe entenderse dentro de un contexto estratégico más amplio.

El hemisferio occidental atraviesa un momento de reconfiguración geopolítica. Estados Unidos busca reforzar la estabilidad regional, asegurar las cadenas de suministro del continente y limitar la penetración de actores externos en infraestructuras críticas. En ese escenario, ciertos países adquieren una relevancia estratégica particular por su geografía y su papel en el sistema económico internacional. Panamá es uno de ellos.

La presencia del Canal de Panamá convierte al istmo en uno de los principales nodos del comercio marítimo mundial y en un punto clave para la conectividad entre el Atlántico y el Pacífico. La seguridad del Canal y de las rutas marítimas que lo rodean forma parte de una ecuación más amplia de estabilidad regional. La vigilancia de estos corredores marítimos y la lucha contra el tráfico ilícito en los espacios logísticos del hemisferio conectan directamente la seguridad de Panamá con la seguridad continental. En este terreno, Panamá ha venido dando pasos importantes en la dirección correcta. En los últimos meses, bajo el liderazgo del presidente José Raúl Mulino, el país ha reforzado su cooperación internacional en materia de seguridad, ha intensificado la lucha contra el narcotráfico y ha fortalecido su papel como socio confiable dentro de la arquitectura de seguridad regional.

El desafío consiste ahora en consolidar esos esfuerzos dentro de una cooperación hemisférica más amplia, capaz de responder con rapidez, inteligencia y coordinación a las amenazas transnacionales que enfrenta la región. Panamá puede contribuir de manera significativa a esa agenda sin renunciar a su carácter de país de encuentro y cooperación. Puede hacerlo fortaleciendo la cooperación marítima regional, impulsando mecanismos más eficaces de inteligencia financiera contra el lavado de dinero y consolidando su papel como plataforma logística confiable para el comercio internacional. Esa posición de equilibrio no es nueva. Forma parte de la historia misma del istmo. En 1826, Simón Bolívar convocó en la ciudad de Panamá el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826 con la aspiración de crear un mecanismo de concertación entre las nuevas repúblicas americanas. Aquella iniciativa reconocía ya el valor geopolítico del istmo como punto natural de encuentro entre las Américas. Dos siglos después, esa intuición histórica vuelve a adquirir vigencia.

El mundo enfrenta nuevas amenazas transnacionales y una creciente importancia de las rutas marítimas y de las infraestructuras críticas que sostienen el comercio global. En ese contexto, Panamá no puede limitarse a ser simplemente un punto de tránsito del comercio mundial. Debe aspirar también a ser un actor responsable en la estabilidad y la cooperación del hemisferio. El llamado “Escudo de las Américas” plantea desafíos, pero también oportunidades. Para Panamá, la clave estará en participar desde una perspectiva clara de su propio interés nacional: contribuir a la seguridad regional, fortalecer su papel como plataforma logística global y preservar su vocación histórica como puente de cooperación, estabilidad y entendimiento entre las naciones de las Américas.

* El autor es expresidente de la APEDE y del Consejo Empresarial Estados Unidos-Panamá
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